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Nuestro
bus circula por la Avenida Santos Ossa, arteria que une Valparaíso con la Ruta
68. Es una ruta complicada, pues muchos vehículos pesados han cortado sus
frenos y han terminado estrellándose contra las defensas de la Avenida Argentina,
incluso con víctimas fatales entre peatones que
circulan por allí.
No
lo he dicho, pero pertenezco a Carabineros de Chile, institución de la que me
siento orgulloso. El momento no es el mejor, pues han pasado 11 años del golpe
militar que sacó al Presidente Allende del poder, debido a una grave crisis
institucional. En esa época era muy
joven, y recuerdo el odio que nadie - o todos - había sembrado en el país, mi
amado país.
Mientras
el bus, de un inconfundible color verde,
sube raudamente, mi pensamiento va hacia mi familia, mi señora y mis dos hijos
amados. He escuchado informaciones de muertos y desaparecidos, pero no doy
crédito todavía, me cuesta pensar que es verdad.
Miro
a mi lado y veo a mis compañeros: destacan Patricio, un cabo muy simpático,
soltero, oriundo de Melipilla, a quien los avatares del servicio han trasladado
a esta zona; el suboficial Uldaricio, santiaguino, a quien molestamos por su nombre,
pero que lo toma con alegría, pues señala que su padre lo bautizó así por un rector
del famoso Instituto Nacional, donde estudió. Suerte, me digo, que me llamo
Hugo y mi papá nunca pensó en Temístocles, Menelao o París.
Es
ingrata mi tarea, reflexiono, somos odiados por muchos, injustamente, y no ven
que soy como ellos; para más remate, la situación está difícil. La democracia
pugna por salir y la presión se hace insostenible para el gobierno. ¿Por qué no
lo entrega, digo? ¿Por qué no llama a elecciones y lo deja a los civiles?
Sumido
en sus pensamientos, Hugo no advierte la fuerte explosión que prácticamente
levantó al bus y lo deja semitumbado a
un costado de la carretera. Se desangra en la escalera, mientras trata de
afirmarse del pasamanos. Su vista se nubla y su último pensamiento va hacia su
familia.
En
una modesta vivienda, Isabel, su mujer, ignorante de la tragedia, prepara la
mesa. Enciende el televisor y debe afirmarse: en un despacho en directo, un
periodista informa que un bus de la policía sufrió un atentado con una bomba
sepultada en el pavimento, de las llamadas “cazabobos”. Hasta el momento, se
han contabilizado cuatro muertos y 12
heridos. No saben sus identidades aún. “En algunos momentos más volveremos a
Valparaíso para dar a conocer la nómina de fallecidos”.
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