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Me senté en el asiento del
pasillo del bus que comenzaba a llenarse. Suerte la mía que puedo tomarlo en
calle Quillota, allá por 11 Norte, pues a veces quedan asientos desocupados. En
todo caso, si no quedan disponibles, no me complica ya que aún queda algo de
juventud para soportar un viaje de 25 minutos sin cansarme. Y lo refrendo,
porque nadie me ofrece el asiento, por lo que presumo que los estudiantes dirán
para sí - Ah, este tipo no es viejo, así que se vaya parado.
Me senté, como dije, y me
puse los audífonos para escuchar mi radio predilecta, la que me informa lo que
todos deben saber y lo que muchos no quieren que se sepa, a este paso, la ADN
Radio Chile deberá pagarme una comisión, muchos de mis amigos y alumnos saben
mi gusto radial y se encantaron con la radioemisora.
Decía que me senté, ya me he
detenido un par de veces, esta costumbre de hablar y hablar hasta a mí me
cansa. Iba un tipo joven a mi lado que, a juzgar por los cabeceos continuos,
concorde el bus frenaba o aceleraba, debe haber tenido una jornada de duro
trabajo – no era estudiante – o “carrete”. Iba premunido de auriculares, por lo
que podía ser alguna música cadenciosa que lo dejaba en estado somnoliento,
algún reggaetón o cumbia pop.
Se comienza a llenar el bus;
dos jóvenes, aparentemente universitarios, aunque algo coprolálicos en sus
expresiones, se paran a mi lado, y comienzan a hablar tópicos estudiantiles
superiores, que tal ramo, la malla, los prerrequisitos, estuve tentado de
decirles que esta palabrita es redundante, pues no hay requisitos de los
requisitos, pero seguí atento.
Repentinamente, una frenada
más brusca; mi compañero de asiento, ya en los brazos de Morfeo, es decir, casi
roncando, se va hacia adelante y ¡zaz!, un
sonoro frentazo de antología con el pasamanos del asiento delantero, que lo
hace despertar bruscamente y mirar desconcertado hacia todos lados.
Los dos jóvenes hacen
esfuerzos estériles por no reírse, tanto que el varón se cambia de lado,
mientras se tapaba con la capucha para disimular; su compañera, cada vez más
frecuentemente, hacía lo propio y retaba a su compañero por incitarla a la
risa. El del golpe hacía como que no entendía, aunque de vez en cuando dirigía
miradas de molestia a los risueños. Pensé, este se para y le tapa la boca de un combo al molesto
de la risa indisimulada.
Se desocupa un poco el bus y
los dos molestos burlones se sientan algo más lejos, donde prosiguen con sus risas,
ya distantes del afectado. Dos paraderos más allá, por fin, se baja el que
timbró el pasamanos y yo descanso. No hubo “mocha”.
Debe haber aprendido que no debe
dormir en el bus y, si lo hace, tienda la mano hacia adelante y afírmese.
Fácil, ¿cierto?
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