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Diálogo y no monólogo


Extraída de Google: Alamy

Me disponía a leer las páginas que me quedan de ‘Detrás del Muro’, de Roberto Ampuero, el mismo de las historias detectivescas de Cayetano Brulé, ambientadas en Valparaíso.  Un relato testimonial y cargado de reflexiones sinceras y que anhelo terminar para iniciar la apasionante ‘Caballo de Troya III’, de Juan José Benítez.

Me arrellané en mi asiento de Pullman Bus, previamente ajustado el cinturón de seguridad. Saqué el grueso volumen, mis lentes y lo abrí donde estaba el marcador de páginas. Hice un recuento de lo leído y me dispuse a solazarme en su lectura. Recordé alguna crítica por allí a la postura política del autor, luego de ver las atrocidades de sus ‘paraísos’. Olvidan los mismos que critican su abjuración de todas las dictaduras, las de izquierda y las de derecha. Pero, me dije, la gente ve lo que quiere. La vida es así. Y la gente también.

Abrí, como dije, el libro. Un monólogo femenino me distrajo. Una voz fuerte y que contaminaba el silencio del vehículo me hizo volver la cabeza para saber su origen. A mi izquierda, separado por el pasillo, una pareja, ella embutida en unas patas fucsias, con mini de jeans –arrepollada, pude ver después-, él, con ‘Bermudas, ‘chascón’.

Puse atención, solo para saber de qué hablaba: - Te acordai de ese juego, cómo se llamaba, ¡ah!, ese, el ‘Mortal Kombat’, X me dijo te gano, empezamos a jugar y le saqué la cresta, le pegué combos por todos lados…

Traté de concentrarme en la novela, pero la mujer seguía con su cantilena (puede ser ‘cantinela’, por si acaso): … y después… Miré de reojo a su acompañante, quien solo la miraba y asentía. El monólogo se hacía insoportable. ¡Pobre tipo!, pensé. Quizá le guste y haya apostado algunos bonos, de allí que soporte no hablar, solo oír. El fin justifica los medios, me dije.

Los garabatos llovían, literalmente, salpicaban su retórica. Pasaba de este tema al otro, del otro a este. La voz de su amigo no recuerdo haberla escuchado. Le envié recados mentales: ¡Baja el volumen, por favor! Ahí me di cuenta de cuánto ansié ser un superhéroe. La habría transportado al desierto, a la selva, a la pradera. La habría mandado a la Luna, pero nada. Ser un hombre común tiene sus bemoles.

Y así siguió por larguísimos veinte minutos. Ya llegábamos a Casablanca y la fémina insaciable e incontenible no paraba. Agitaba su lengua con una fuerza descomunal e inagotable. Hizo una pausa. Miré de reojo y vi que ahora hablaba por teléfono, con una amiga, supongo, pues el tema era una junta ese sábado: ¿va a ir el h…?

Abandoné la incipiente lectura, que ya llevaba media hora frustrada, y como vi que esto no tenía final, me puse los audífonos e hice lo que hago cuando me quiero ausentar del mundo: oír música. Cada tanto, solo por curiosidad, miraba hacia el lado disimuladamente y la veía hablando.

¡Dios mío, cómo tanto!


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