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Hoy
la recordé. Pensé que la había olvidado, pero no es así. Hay imágenes que se
adormilan, se anestesian, y ante un estímulo, despiertan y se asoman a tus
recuerdos, golpeándote con ira, desafiándote,
diciéndote no me olvidarás, nunca.
Era
una mujer de mediana edad, parecía de mediana edad, pero a juzgar por sus
hijos, no debía empinarse por sobre los 35 años.
Desaliñada,
vestía siempre la misma falda hasta las rodillas, una blusa multicolor y un
chaleco café. Se movía por el barrio con
una rapidez pasmosa, cabeza gacha, primero estaba en esta esquina y cerrabas los
ojos y ya estaba en la otra.
Vivía
sola con sus tres hijos, el mayor de los cuales debía tener 8 años, un mocoso
calvo, de esos de corte regular corto, tan típico de los papás ochenteros, que
parecía que el peluquero ponía una bacinica en la cabeza y rapaba todo el
contorno. Unas prominentes orejas y unos ojos desmesuradamente abiertos, vaya a
saber por qué, hizo que lo apodaran ‘Marciano’.
Tenía
dos hermanas: una chicuela de no más de seis años, quien lo acompañaba para
todas partes, y la menor, que apenas caminaba a bamboleos por el patio
irregular de su casa.
Cada
niño venía de un papá distinto, según decían las vecinas, aquellas que lo saben
todo, hasta tus historias más ocultas: que la esposa del marino le da la pasada
a cuanto vendedor golpea la puerta de su casa, que la mujer del practicante,
golosa y de formas protuberantes, gusta
de los compañeros de colegio de su hijo mayor, que la solterona se mete con el
que venga, que esta y la de más allá, en un sinfín de cahuines entre los cuales
más de alguna mentira había, por cierto, pero que todos tragaban sin digerir,
sumiendo en la deshonra hasta al más discreto.
Se
escuchaban sus gritos desde que rompía el amanecer, que levántate, que vístete,
que ándate al colegio, que esto y lo otro.
Rato después, se veía al ‘Marciano’ de la mano de su hermana,
encaminándose a la escuela básica que quedaba a tres cuadras, cabeza gacha, con
sus grandes orejas y su peinado a lo
regular corto brillando en las mañanas, como diciendo acá voy yo.
Los
golpes a diario abundaban por parte de la mujerona. Se sentían los
‘cachuchazos’ y los ayes de dolor de la
prole maldita. Dicen que su castigo predilecto era dejarlos en paños menores en
medio del patio, mejor si hacía frío o llovía. Más de alguien los vio parados,
en medio de la oscuridad, cuando el aguacero arreciaba, silenciosos, estoicos,
esperando que la furia materna amainara. Más de alguien los vio arriba de una
mesa patichueca, los tres juntitos, mientras la loca Sara los golpeaba en sus tiernos muslos, culpándolos de haber nacido.
A
veces los correazos a cachete pelado restallaban en el silencio nocturno, que
rompiste la taza, huevón, que cabros de mierda hacen puras huevás, que tengo
que estar lavando sus cagás de ropa, que me tienen cansada, que váyanse a la
chucha.
Lo
recuerdo y me duele el alma.
Les
perdí la pista. ¿Qué será del ‘Marciano’? ¿De sus hermanas? ¿Cuántas locas Sara
habrá, que castigan a sus hijos por sus propios dolores?
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