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Discurso del ascensor: La clave para presentar tus ideas con impacto

‘La merienda’




El microbús se desplazaba vertiginosamente por las anchas calles del Troncal. Antiguamente, era conocido como ‘el camino de la muerte’ por las frecuentes colisiones entre vehículos que iban y venían por este cordón umbilical que une Viña del Mar y el interior, hasta que pusieron barreras divisorias entre ambas direcciones. 

El conductor, macizo, perdía gran parte de su humanidad en los bordes de su movedizo asiento, la que tendía a irse al abismo por efectos de la gravedad. Joven, no más de 35 años, con un frondoso bigote y una barba incipiente, dejaba entrever la generosidad de sus carnes por los pliegues de su camisa y del abdomen prominente que pugnaba por abrazar el volante. 

A su lado derecho, en ese pequeño asiento destinado para los ‘amigotes’, cuyo único atributo es no pagar el pasaje y su talento, ‘meterle conversa’,  las ancianitas o algún viejito que va ‘aquí nomás, a dos cuadras’, una jovencita, niña diría yo, pues no aparentaba más allá de dieciséis o diecisiete años,  iba con la mirada perdida. Cada tanto sonreía a las palabras que le dirigía el voluminoso chofer, pero volvía instantáneamente a su mutismo y a la mirada errabunda. 

Su cabello liso, castaño, se descolgaba por la chaqueta de jeans que cubría su torso; cada tanto, se lo tomaba y liaba un moño que rápidamente se desarmaba. Pantalones negros y botines cafés de  caña alta completaban su vestimenta, a la que añadía unas cuantas baratijas femeninas que completaban el cuadro. Pudo ver su perfil, casi difuminado por la penumbra en que iban: su nariz respingada, rasgos suaves, bonita la ‘mocosa’, qué andará haciendo con este fulano, más de alguna vez pensó. Le intrigaba tanto que de reojo fijaba su vista en la muchacha tratando de adivinar por sus gestos la relación que había entre ambos: sería su polola, su nueva conquista o solo una acompañante más, usual entre los choferes de buses. 

Por el casi desocupado ‘micro’ se desperdigaban los aires ‘reggaetoneros’, pero del ‘duro’, del violento, del que habla de sometimiento, de sexo, de infidelidades, de locura.  Ritmo frenético, la clásica percusión y las palabras pronunciadas sin la ‘r’ golpeaban inmisericorde ventanas y metal, bombardeando dolorosamente los oídos de los pasajeros. Añoraba las letras de Nicky Jam (Es que yo sin ti, tú sin mí/dime quién puede ser feliz/esto no me gusta, esto no me gusta) o de J. Balvin (Cuando no la llamo/siempre me hace reclamos/discutimos, peleamos/pero llego a casa en la noche/la molesto y arreglamos); abandonaba rápidamente estos pensamientos, pues el bullicio no lo dejaba concentrarse y trataba de continuar fijando disimuladamente la atención en la niña-joven. 

Luego de los consabidos ‘tacos’ en la Plaza Miraflores, el bus aceleró hasta llegar rápidamente a la Avenida Libertad. El chofer se detuvo frente al quiosco. Un breve diálogo con el quiosquero y este apareció con una bolsa de papas fritas y una Coca Cola mediana.

El voluminoso conductor le pasó primero la bolsa a la chica; esta sonrió gozosa, la abrió con presteza y comió, una a una, con la misma fruición con que el protagonista de ‘El vaso de leche’, de Manuel Rojas, devoraba las vainillas en el negocio porteño. Él le tendió la botella con la tapa medio abierta y ella la cogió con brusquedad, casi con ademanes varoniles.

El gordito le dijo algo y ella rio. Fue la primera vez que abrió la boca para decir algo. Duró escasos instantes, pues prosiguió con su tarea. 

En un momento ella volteó la cabeza y lo miró con curiosidad; creyó adivinar la pregunta en sus ojos ¿por qué me miras tanto?

Debió bajarse al paradero siguiente. Se paró y caminó dos pasos, quedando a centímetros de la jovencita. No quiso mirarla, pero sintió sus ojos escrutadores y temió que le dijera a su amigo que él la estaba mirando. Se maldijo en silencio por su sempiterna curiosidad, su vista es potente, ya se lo habían dicho más de alguna vez, pero la escena era irresistible como para ignorarla. Sin embargo,  hubo solo silencio. 

Azorado, se bajó y no volvió la vista ninguna vez. Nunca más la vería, estaba seguro.

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