domingo, 4 de junio de 2017

‘Peluche’





Mi perro se llama ‘Peluche’. Mi papá le puso ese nombre, porque cuando llegó a la casa, cachorro, le puso un collar rojo y lo dejó sobre un sillón. Ahí se quedó apoyado en su trasero, quieto, quizá asustado, quizá reconociendo la que sería su nueva familia.

Llegó una tía y al verlo exclamó: - ¡Qué lindo el peluche!

Mi papá le explicó que era real, que se lo había regalado a mi hermana chica y que se había sentado allí, quietecito, como al acecho, con sus ojos grandotes, fijos en quienes entraban, como queriendo pasar inadvertido o jugando ‘a la momia un, dos tres’. No sé.

‘Peluche’ creció en medio de nuestra familia,  que lo colmó de besos, caricias, calor y comida.

Travieso, hacía hoyos donde no los había y tapaba los que había. Debíamos ser equilibristas y aguzar los sentidos para no pisarlo o apretarlo con las puertas. Cuando llegaba mi hermana, sus piques eran propios de los mejores autódromos, mientras nosotros reíamos con sus volteretas.

Cierta noche, debía preparar una exposición oral, por lo que me puse en busca de mi ropa. Encontré unos pantalones negros, una camisa blanca y una corbata azul. Era lo único que tenía, pues cuando se es estudiante, las propiedades más preciadas son unos jeans, unas cuantas poleras y zapatillas.

Días atrás, había gastado buena parte de mi escuálido sueldo en un par de zapatos negros. Cuando vi el precio, me dije: - Me compraré algo bueno, para que me dure. Cincuenta ‘lucas’ se me fueron en la adquisición, pero mi alegría sería inmensa  cuando mis compañeros me vieran con los flamantes zapatos. Cada noche los sacaba, miraba, remiraba, olía, me los probaba, anudaba y desanudaba los cordones, pasaba las manos por el lustroso cuero, legítimo, no plástico ni imitación como los que había tenido, casi como en un gesto de adoración.

Previendo cualquier cosa, qué sé yo, los había dejado en su caja, envueltos en ese papel que es casi de seda, debajo de mi cama, en espera de la ocasión de estrenarlos.

Esa noche los busqué. Ceremoniosamente, casi con suavidad, tanteé bajo la cama en espera de encontrar la dura superficie de la caja. No la hallé. Seguí tanteando, quizá se había corrido al centro. No estaba.

Temiendo lo peor, me erguí rápidamente y comencé a tirar las cosas del clóset. Nada.

Fui al patio, no sé por qué. Creí escuchar los sermones de mi mamá -¡Te he dicho que ordenes tu ropa! Nunca le hice caso, de lo que me arrepiento: mis zapatos estaban destrozados por ‘Peluche’. Los talones estaban arrancados a mordiscos, sin cordones, las plantillas afuera y rotas. Un desastre. Irrecuperables.

-¡Peluche! – grité en el colmo de la ira. Verlo y seguirlo fue un solo acto. El cachorro, intuyendo que se le venía algo grande, huyó a cien, mientras gemía.

Estaba a punto de alcanzarlo,  preparando la pierna derecha para darle una buena ‘chuleta’ en el trasero o donde lo pillara, cuando mi hermana se cruzó, lo agarró y se encerró con él en el baño.

Media hora los dos adentro. Yo, afuera, resoplando, enardecido, reclamando contra el perro huevón que me había comido los zapatos nuevos.

Hoy, años después, miro a ‘Peluche’ y no echo de menos a mis zapatos. A él sí lo hubiese extrañado.

Gracias a Dios, no lo alcancé.

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