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Este trabajo tiene licencia bajo CC BY-NC-ND 4.0
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Extraído de Google: Twitter |
‘El
callejón de los meados’
Apenas
llegó a la Plaza Echaurren recordó los consejos de su abuelita:
-
Jamás, niño mío, ande por allí. Ladrones, prostitutas, cafiches, traficantes y
borrachos viven, duermen y hacen sus necesidades allí. Por eso le llaman el
Callejón de los meados.
- Bueno,
abuelita – fue lo único que atinó a decir.
Lo
olvidó rápido. Una figura minúscula, con vestido tornasolado, de anchos
pliegues, calcetas blancas y zapatos de charol, ocupó sus pensamientos. Valía
la pena correr el riesgo de tanto vagabundo solo por verla.
Así es
el amor: inexplicable.
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Extraído de Google: Mercado Libre Chile |
'El
remolino'
Mientras
su hijo de cinco años deambulaba por los sepulcros del cementerio, ella cargaba
a su bebé de pocos meses: ‘amononó’ la tumba de su hermano muerto, puso flores,
limpió la lápida y arrancó minuciosamente la hierba de los bordes.
Cuando
regresaban, no vio el multicolor remolino de papel que su hijo llevaba en la
mano.
Al
llegar a su casa, acostó a su guagua. Estaba algo inquieta.
En la
mañana, intentó despertarla. Fue inútil. No respiraba.
Sobre
la frazada de la cuna descansaba un remolino.
Recordó
a la vecina del negocio: ‘Nunca te lleves cosas del cementerio’.
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Extraído de Google: Marca |
‘Game
over’
Siempre
fue fanático de los juegos en línea.
Soñaba
con ser héroe. Justo lo que no era.
Demolió
StarCraft, mientras imaginaba ser
compañero de la hermosa teniente Kerrigan. Por sus manos pasaron Gears of War y Bannerlord sin pena ni gloria.
Cuando
llegó Mortal Combat 11 le aseguraron
que era vívido, que se sentiría como en la vida real.
Inició
la sesión. Con rueda de cuchillas en su mano, se desplazó por los sombríos pasillos.
No vio el halo de fuego que se dirigía a su cabeza. Recordó fugazmente La pradera, de Bradbury, y se desplomó.
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Extraído de Google: Folclore de Chile |
‘Maruyo’
Había
‘pedido prestadas’ las bolitas a su hermano mayor.
El
‘Rony’, el más fiero y desagradable del grupo, lo había desafiado a un ‘mata
mata’.
Apuntó
con un ojo a la Troya, repleta de bolitas; rebrillaban las codiciadas ‘ojos de
gato’.
Todos estaban expectantes.
Era su
única oportunidad. Si perdía, la zurra
que le daría su hermano sería descomunal.
- ¡Maruyo, maruyo! – musitaba su oponente, en una
letanía monstruosa y malhadada.
¡Zaz!
Su bolón acerado golpeó en el centro y las desperdigó fuera del círculo. Eran
todas suyas. Había ganado.
Agradeció
a los dioses de las bolitas.
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Extraído de Google: La Nación |
‘La
Niña Hermosa’
Se
jactaba de ser ‘choro’, no le temía a nada.
¿Almas
en pena?
¡Puf!
Ridiculeces.
Por
ello, cuando supo la cantidad de peluches que había en la animita, allá en la ruta 78, consiguió un carro de supermercado y
se fue, solo para robarlos y venderlos.
No
bien llegó, comenzó a apilarlos. No vio el camión con acoplado que venía raudo
por la autopista, ni sus bamboleos ni frenadas.
No
alcanzó a evitarlo. El acoplado lo pasó a llevar y voló hasta caer en el capó
de un automóvil.
-
Ástrid - fue lo último que dijo.
Comentarios
Un fuerte abrazo :-)