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Cinco Microcuentos escogidos



Extraído de Google: Twitter


‘El callejón de los meados’

Apenas llegó a la Plaza Echaurren recordó los consejos de su abuelita:

- Jamás, niño mío, ande por allí. Ladrones, prostitutas, cafiches, traficantes y borrachos viven, duermen y hacen sus necesidades allí. Por eso le llaman el Callejón de los meados.

-      Bueno, abuelita – fue lo único que atinó a decir.

Lo olvidó rápido. Una figura minúscula, con vestido tornasolado, de anchos pliegues, calcetas blancas y zapatos de charol, ocupó sus pensamientos. Valía la pena correr el riesgo de tanto vagabundo solo por verla.

Así es el amor: inexplicable.


Extraído de Google: Mercado Libre Chile


'El remolino'

Mientras su hijo de cinco años deambulaba por los sepulcros del cementerio, ella cargaba a su bebé de pocos meses: ‘amononó’ la tumba de su hermano muerto, puso flores, limpió la lápida y arrancó minuciosamente la hierba de los bordes.

Cuando regresaban, no vio el multicolor remolino de papel que su hijo llevaba en la mano.

Al llegar a su casa, acostó a su guagua. Estaba algo inquieta.

En la mañana, intentó despertarla. Fue inútil. No respiraba.

Sobre la frazada de la cuna descansaba un remolino.

Recordó a la vecina del negocio: ‘Nunca te lleves cosas del cementerio’.


Extraído de Google: Marca


‘Game over’


Siempre fue fanático de los juegos en línea.

Soñaba con ser héroe. Justo lo que no era.

Demolió StarCraft, mientras imaginaba ser compañero de la hermosa teniente Kerrigan. Por sus manos pasaron Gears of War y Bannerlord sin pena ni gloria.

Cuando llegó Mortal Combat 11 le aseguraron que era vívido, que se sentiría como en la vida real.

Inició la sesión. Con rueda de cuchillas en su mano, se desplazó por los sombríos pasillos. 

No vio el halo de fuego que se dirigía a su cabeza. Recordó fugazmente La pradera, de Bradbury, y se desplomó. 


Extraído de Google: Folclore de Chile


‘Maruyo’

Había ‘pedido prestadas’ las bolitas a su hermano mayor.

El ‘Rony’, el más fiero y desagradable del grupo, lo había desafiado a un ‘mata mata’.

Apuntó con un ojo a la Troya, repleta de bolitas; rebrillaban las codiciadas ‘ojos de gato’.

Todos estaban expectantes.

Era su única oportunidad. Si perdía,  la zurra que le daría su hermano sería descomunal.

      -  ¡Maruyo, maruyo! – musitaba su oponente, en una letanía monstruosa y malhadada.

¡Zaz! Su bolón acerado golpeó en el centro y las desperdigó fuera del círculo. Eran todas suyas. Había ganado.   

Agradeció a los dioses de las bolitas. 



Extraído de Google: La Nación


‘La Niña Hermosa’

Se jactaba de ser ‘choro’, no le temía a nada.

¿Almas en pena?

¡Puf! Ridiculeces.

Por ello, cuando supo la cantidad de peluches que había en la animita, allá en la ruta 78, consiguió un carro de supermercado y se fue, solo para robarlos y venderlos.

No bien llegó, comenzó a apilarlos. No vio el camión con acoplado que venía raudo por la autopista, ni sus bamboleos ni frenadas.

No alcanzó a evitarlo. El acoplado lo pasó a llevar y voló hasta caer en el capó de un automóvil.

-        Ástrid - fue lo último que dijo.

Comentarios

Miguelángel Díaz ha dicho que…
Enhorabuena por esos relatos, Héctor. En pocas líneas condensas toda una historia con unos finales que se mueven entre lo lógico y lo humano .
Un fuerte abrazo :-)
Héctor Herrera Neira ha dicho que…
Prefiero las historias más extensas, estimado, pero hago el intento en microcuentos. Un abrazo, muchas gracias por tu comentario, y saludos.