Este es el artículo que prometí,
fundado, esta vez, en otro episodio de Ahora caigo, programa de juegos
exhibido por TVN. El hecho que motiva esta reflexión corresponde al capítulo
emitido el viernes 7 de agosto de 2026, cuya grabación puede revisar en
el siguiente enlace (a partir de 1:15:18, dos personas):
https://www.youtube.com/watch?v=nalunAwfTkY
¿Por qué vuelvo a este programa? Porque,
como he comentado en otras oportunidades, ver televisión también puede
convertirse en una interesante forma de observar el lenguaje en uso.
Basta prestar atención a las palabras, expresiones y formas de construir
nuestros mensajes para descubrir fenómenos que, muchas veces, pasan
inadvertidos.
Esta vez, mi atención se detuvo en una
palabra muy breve:
Nada.
¿Por qué «nada»?
«Nada» es, naturalmente, un pronombre
indefinido que utilizamos para referirnos a la ausencia de algo. Sin embargo,
en determinados contextos conversacionales, esta palabra está adquiriendo otra
función: aparece de manera reiterada como una especie de relleno discursivo,
especialmente al iniciar o cerrar una intervención.
En otras palabras, deja de aportar un
significado relevante al mensaje y comienza a funcionar como una muletilla.
Y aquí aparece un fenómeno que me
resulta particularmente interesante.
Por lo que he podido observar en los
últimos años, esta forma de utilizar «nada» se ha hecho especialmente frecuente
en el habla de algunos futbolistas y personajes vinculados al mundo
deportivo. Es común escuchar respuestas que comienzan o se enlazan con un «nada» antes
de entregar realmente la información que se quiere comunicar:
—«Nada, que estamos muy contentos con el
resultado…»
—«Nada, ahora hay que seguir
trabajando…»
—«Nada, agradecer a la gente…»
El problema no está, por supuesto, en la
palabra «nada». Es perfectamente válida en
nuestra lengua. Lo que merece nuestra atención es su repetición automática,
cuando aparece sin una función comunicativa clara.
Lo más llamativo del episodio de Ahora caigo es que esta forma de hablar no aparece asociada exclusivamente a un grupo etario. La utilizan, en el programa, tanto una joven como una adulta. Esto permite advertir que no estamos necesariamente frente a una característica propia de los adolescentes, de los jóvenes o de las personas mayores.
Podríamos hablar, entonces, de un
fenómeno transversal desde el punto de vista etario y social, al menos a
partir de las situaciones que he podido observar.
Y esto es precisamente lo interesante de
las muletillas: se contagian.
Escuchamos reiteradamente una
determinada expresión en nuestro entorno —en la televisión, en las redes
sociales, en entrevistas, en conversaciones y terminamos incorporándola a nuestra propia manera de hablar,
muchas veces sin darnos cuenta.
¿Por qué utilizamos muletillas?
Las muletillas cumplen, en algunos
casos, una función comunicativa. Pueden ayudarnos a ganar tiempo para
organizar una respuesta, disminuir la sensación de silencio o mantener el
turno de habla mientras pensamos qué queremos decir.
El problema aparece cuando su
utilización se vuelve excesiva y automática.
Entonces, la muletilla deja de ser un
recurso ocasional y se transforma en un hábito.
Y el oyente lo advierte.
Quizá quien habla no se dé cuenta de que
ha pronunciado cinco, diez o quince veces la misma expresión durante una
conversación, pero quien escucha sí la percibe. Y, cuando una palabra o
expresión se repite demasiado, termina adquiriendo un protagonismo que probablemente
el hablante nunca quiso darle.
Por eso, cuando mis estudiantes realizan
presentaciones orales, suelo insistir en algo muy sencillo:
Tengan conciencia de las palabras que utilizan.
Hay, además, un recurso comunicativo que
solemos subestimar: el silencio.
Cuando necesitamos pensar qué decir, no
siempre tenemos que llenar inmediatamente ese espacio con un «nada», un «ehhh»,
un «o sea» u otra expresión que hayamos
convertido en hábito.
Podemos simplemente hacer una pausa.
Un breve silencio no significa que no
sepamos qué decir. Muchas veces, por el contrario, demuestra que estamos
organizando nuestro pensamiento antes de expresarlo.
En una presentación oral, una entrevista
de trabajo, una exposición académica o una conversación formal, una pausa bien
utilizada puede ser mucho más efectiva que una sucesión de muletillas.
Como siempre les recomiendo a mis
estudiantes:
Hablen, pero escúchense mientras hablan.
Tengan conciencia de las palabras que
dicen, de las expresiones que repiten y de los hábitos lingüísticos que han
incorporado sin advertirlo.
Porque el lenguaje no solo comunica lo
que queremos decir. También revela cómo estamos acostumbrados a decirlo.
Y, en ocasiones, basta prestar un poco
de atención para descubrir que esa pequeña palabra que repetimos casi sin
pensar —esta vez, «nada»— está diciendo mucho más sobre nuestra forma de hablar
de lo que imaginábamos.
¿Quiere saber más sobre las muletillas?
Si desea profundizar en este tema, lo
invito a revisar mi publicación anterior:
https://electivolit.blogspot.com/2026/03/muletillas-que-son-ejemplos-y-como.html
Y, como siempre, quedo atento a sus comentarios.

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