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Isabel Allende versus Hernán Rivera Letelier

Actualizado el 31/12/2020


Extraída de Google: Universidad Católica del Norte

En vacaciones terminé de leer “Cuentos de Eva Luna”, siguiendo los consejos de una amiga; pueden preguntarme qué cuento recuerdo y la respuesta será una sola: ninguno. Me pueden consultar si me gustaron y la respuesta seguirá siendo no. Aún más, recordé uno a propósito del comentario de un alumno; su nombre debí buscarlo en Internet y se llama “Boca de sapo”. No hay sensualidad, sino historias abruptamente cortadas, sosas, casi pornográficas, que no eróticas, en suma, para el olvido, que es justamente lo que hice, sin quererlo. Y si creen que es por una razón política, se equivocan rotundamente (no soy prejuicioso, tanto es así que me emociono con “La Cantata de Santa María de Iquique, de Quilapayún y leo producciones de la “Generación del exilio”); la verdad es que no me gusta la pluma de Isabel Allende, es simplista, gusta de lo sexual sin motivos y lo trata burdamente.

Por el contrario, el sábado terminé “Tengo miedo torero”, de Pedro Lemebel, a quien conocía solo por algunos poemas. Un excelente libro, descarnado, brusco, hasta doloroso, pero bien tratado, con un lenguaje exquisito, usando la riqueza del español de manera formidable. Me declaro admirador del extravagante novelista.

Esta mañana, en Biblioteca (hoy llamada CRA), fui en busca de otro libro, y aproveché de compartir con el encargado vivencias de Lemebel: cuenta que es tan singular que acude a charlas con atuendos chocantes y, en una oportunidad, pidió una botella de whisky, la que fue vaciando a medida de su intervención, terminando absolutamente borracho e incoherente. Una pena por él, pues es muy talentoso.

Aproveché de comentarle mi único encuentro con Hernán Rivera Letelier: fue en una premiación del Interescolar de Cuentos de la UNAB (alumnos míos obtuvieron menciones Honrosas, 3º, 2º y hasta el 1er. Lugar). Contó en esa oportunidad que se hizo escritor por hambre. Andaba de “mochileo” con un amigo, en el norte, sin dinero y muertos de hambre. Su amigo robó un radio en un persa y se fueron a la playa a comer unos sándwiches de mortadela con jugo de esos en polvo. Encendieron el radio, pero estaba sin pilas, así que su amigo fue nuevamente al mismo lugar donde birló el radio y se trajo pilas. Lo encendieron y escucharon un llamado a un concurso de poesía, cuyo premio era una cena para dos en un lujoso hotel de la ciudad. Garrapateó unos cuantos versos y lo envió. El fin de semana se enteró de que había ganado, por lo que – narra – fue la primera comida decente en mucho tiempo. Se dio cuenta, además, de que allí estaba su oficio: escribir.

¿Y por qué la historia? Sencillo, muy sencillo. Ya leí “Los trenes se van al Purgatorio”, “Santa María de las flores negras” y “la Reina Isabel cantaba rancheras”. El mejor, sin duda, el segundo, pues enlaza con la tragedia de la escuela Santa María de Iquique, de comienzos de siglo XX.  Le pedí datos – al señor del CRA - sobre otros libros, de cualquier autor, pues leo en todos lados, y me ofreció “Mi nombre es Malarrosa”, que comencé a leer y se advierte entretenido.

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