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¿Por qué veo “La jueza”?
La
razón principal es que me permite conocer la idiosincrasia del chileno a través
de los problemas planteados. Me impresiona (ingratamente, por supuesto) la
liviandad con que las personas, en ocasiones, exponen sus miserias. La pérdida
de pudor no es exclusiva de las capas más populares, como se podría creer a
primera vista, sino se ha generalizado, producto de la influencia de la TV. Si
fuera cierta la presunción, los participantes de realitys, por ejemplo, serían
solo personas del pueblo. Hay dos tendencias claves en el ser humano, que
explican la afición a seguir los realitys y a contar intimidades: el voyerismo,
u observar aspectos privados de las personas, y el exhibicionismo, o afán de
mostrar aspectos íntimos de las mismas, respectivamente.
Agrego
un factor muy común en todos los estratos: la tentación a interrumpir, no saber
escuchar ni respetar el turno de habla, tratando de imponer por la sola voz la
exposición del otro. El yoísmo es frecuente, no solo en las conversaciones
triviales (recuerdo el caso de una persona que cuando alguien le decía: “-Estoy
haciendo esto” o “-Compré tal objeto”, de inmediato interrumpía diciendo que
había hecho lo mismo), sino también en la alabanza personal: “Yo soy honesto,
transparente, intelectual y un largo etcétera.” Lo curioso, volviendo al tema, es
que la abogada los deja hablar (desplumarse, diría), presumo con el ánimo de
que se cansen o digan algún desatino), pero luego– cuando ha escuchado
demasiado-- los llama al orden.
Lo
rescatable es que se ha constituido en un aporte cultural indesmentible para
todos, sea en relaciones laborales, familiares y comerciales. Será, pienso,
porque en esto el chileno ha evolucionado, ya que está adquiriendo conciencia
de sus derechos. Lo que falta es que haga lo mismo respecto de sus deberes.
Nota del redactor: Hoy puede seguir a la abogada Carmen Gloria Arroyo, personaje motivador de este artículo, en Carmen Gloria a tu servicio, por la señal de TVN.
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