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¿Puede transformarnos la envidia? Extraída de Google: The New York Times

La envidia es un sentimiento (o pasión si es muy intensa) de carácter displacentero que surge al considerar lo que se posee o ha conseguido otra persona. Etimológicamente procede de invidere, que significa «ver con malos ojos». El envidioso «mira con malos ojos» las cualidades, éxitos o posesiones de los demás, que constituyen para él una fuente de sentimientos displacenteros y de profunda insatisfacción.

La envidia se divide en “sana”, cuando valoras los talentos de otros y aspiras, de una forma legítima, a cultivarlos o, en su defecto, a equipararlos con tus propios talentos, que bien pueden ser distintos. Es decir, YO no tendré esos, pero tengo otros, igualmente valorables. En “insana”, por otro lado, cuando reconoces que no tienes talentos y te desagrada que otros los posean, aunque, a decir verdad, es imposible que alguno no los tenga. Todos, más o menos, somos talentosos; perdemos el tiempo, sin embargo, en quitar valor a los de otros en lugar de cultivar los propios.

Un amigo fue al casino y ganó una altísima suma de dinero en las “tragamonedas”; insano seré cuando secretamente diga: -$#&%$, este fulano suertudo; sano, cuando lo felicite y me proponga ir a tentar suerte.

La envidia se concreta cuando nadie habla de mí y yo lo hago por ellos: publicito mis logros y los de mi familia, en lugar de dejar que los hechos hablen por sí mismos. Hago el bien con una mano y se lo cuento a la otra para que lo divulgue. Refleja, dicho de otro modo, mi propia mediocridad y las ansias de decirle al resto: -Ven, esto es lo mío.


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