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“Por un plato de comida” (o cómo llegar a ser un buen escritor)

Actualizado el 3/1/2021


Extraído de Google: Facebook

En el (escaso) rigor de la juventud, acostumbrábamos a “mochilear”; nuestra vida era relajada, buscábamos la libertad y viajábamos por todo Chile o donde nuestras polvorientas zapatillas nos llevaran. Sin responsabilidades ni preocupaciones por el futuro, nuestro futuro (ya tendríamos tiempo para pensar en ello, “enseriarnos”, formar familias, tener hijos y trabajar, odiosa palabra, por lo menos en esa época), nos procurábamos algunos pesos, un saco de dormir, unos escasos útiles de aseo y un hambre de aventuras que, cual Quijote, nos llevara por sitios desconocidos de nuestra tierra.

Ya llevábamos en el norte varios días; a puros “sánguches” de mortadela, la más baratita, y jugos “Yupi”, de los de en polvo, que hacíamos rendir con harto más que el recomendado litro de agua,  distraíamos las tripas. Soñábamos con una comida de esas de casa, humilde pero enjundiosa, una cazuela de vacuno, arroz con dos enormes y orondos huevos fritos, que incitaban a nuestras narices y desesperaban a nuestros estómagos, aunque fuera para untar el batido en el caldo o en la amarilla yema. ¡Dios, qué hambre!

Nos allegamos a una de las playas de Arica y nos dispusimos a devorar nuestra sobria merienda (¡Oh, los eufemismos, si se pudiera llamar así a lo que comíamos!).

Mi amigo (siempre dije que “acostumbrábamos” pero nunca dije que iba con un amigo de juventud, así que va el dato), algo aburrido, encendió un radio que había birlado en el Persa; no tenía pilas. Espera, me dijo, y fue y volvió, ahora con dos gruesas pilas robadas en el mismo local de donde había pedido “prestado” el equipo, las puso y lo encendió. Sonidos tropicales inundaron nuestro espacio y así nomás, las emprendimos contra los “sanguchitos”  de fiambre.

El locutor, con voz gangosa,  anuncia un certamen de poesía, auspiciado por la radioemisora y un hotel, de los más famosos y reputados. Lo dejamos pasar, lo reconozco, pues nunca he tenido talento para escribir. Ni siquiera recordaba los poemas del colegio, a no ser que fuera “En el fondo de la mar/ suspiraba un poroto/ y el suspiro decía/…”, que cantábamos en los paseos vecinales o de curso. O “una viejecita debajo de un puente/ pelaba pollitos con gran disimulo/…”, ambos con finales nada refinados y, por lo mismo, irreproducibles para mis oídos y ojos castizos.

Mi amigo, cargante en estas lides, pues cuando le entra algo entre ceja y ceja no para hasta conseguir su propósito (detesto a la gente impositiva, es cierto, que no es capaz de entender que cuando es no, es no nomás).

En una hoja que encontramos garrapateé unos cuantos versos, no me pregunten qué decía ni cuál era el objeto lírico, ni la actitud lírica, pues lo olvidé. Lo fuimos a llevar a la radio y asunto resuelto, me dije, nunca más sabré de ello.

Decidimos quedarnos unos días más en la ciudad nortina, acompañados por nuestro menú diario y del equipito propiedad de las manos ligeras de mi amigo. Cierta noche, el locutor dio a conocer los resultados de su concursillo. Yo era el ganador.  Nunca dije cuál era el premio: una cena para dos en el hotel auspiciador.

Ya el sábado, en un ambiente de lujo, con nuestras ropas raídas, veíamos cómo los mozos nos traían una sucesión de platos que colaboraron para que esa fuera la primera comida caliente en mucho tiempo. Comimos hasta que nos hartamos, mientras mi amigo me insistía con por qué no te dedicas a escribir.

Esa noche, al igual que el protagonista de “El vaso de leche”, de Manuel Rojas, me dormí con las estrellas en mi cabeza, satisfecho,  con la seguridad de “guatita llena, corazón contento”.

Y así comencé a escribir, ni más ni menos, por hambre.

Esta historia es real. La escuché de labios de Hernán Rivera Letelier, datos más, datos menos, en una premiación del “Concurso de cuentos” de la UNAB, hace algunos años. Autor de “Santa María de las flores negras”, “Los trenes se van al Purgatorio”, entre otras novelas ambientadas en la pampa salitrera, es un connotado escritor al que tuve el privilegio de conocer. Admiro su creación.

Comentarios

Nuria de Espinosa ha dicho que…
Una historia interesante, una aventura en toda regla, el recuerdo de los versos "una viejecita debajo de un puente/ pelaba pollitos con gran disimulo/…" me pareció muy emotivo. Abrazos
Héctor Herrera Neira ha dicho que…
Maravilloso que te haya gustado, estimada Nuria.

Que estés superbién. Saludos.