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Actualizado el 3/1/2021
En
el (escaso) rigor de la juventud, acostumbrábamos a “mochilear”; nuestra vida
era relajada, buscábamos la libertad y viajábamos por todo Chile o donde nuestras
polvorientas zapatillas nos llevaran. Sin responsabilidades ni preocupaciones
por el futuro, nuestro futuro (ya tendríamos tiempo para pensar en ello, “enseriarnos”,
formar familias, tener hijos y trabajar, odiosa palabra, por lo menos en esa
época), nos procurábamos algunos pesos, un saco de dormir, unos escasos útiles
de aseo y un hambre de aventuras que, cual Quijote, nos llevara por sitios
desconocidos de nuestra tierra.
Ya llevábamos
en el norte varios días; a puros “sánguches” de mortadela, la más baratita, y
jugos “Yupi”, de los de en polvo, que hacíamos rendir con harto más que el
recomendado litro de agua, distraíamos
las tripas. Soñábamos con una comida de esas de casa, humilde pero enjundiosa,
una cazuela de vacuno, arroz con dos enormes y orondos huevos fritos, que
incitaban a nuestras narices y desesperaban a nuestros estómagos, aunque fuera
para untar el batido en el caldo o en la amarilla yema. ¡Dios, qué hambre!
Nos
allegamos a una de las playas de Arica y nos dispusimos a devorar nuestra
sobria merienda (¡Oh, los eufemismos, si se pudiera llamar así a lo que
comíamos!).
Mi
amigo (siempre dije que “acostumbrábamos” pero nunca dije que iba con un amigo
de juventud, así que va el dato), algo aburrido, encendió un radio que había
birlado en el Persa; no tenía pilas. Espera, me dijo, y fue y volvió, ahora con
dos gruesas pilas robadas en el mismo local de donde había pedido “prestado” el
equipo, las puso y lo encendió. Sonidos tropicales inundaron nuestro espacio y
así nomás, las emprendimos contra los “sanguchitos” de fiambre.
El
locutor, con voz gangosa, anuncia un
certamen de poesía, auspiciado por la radioemisora y un hotel, de los más famosos
y reputados. Lo dejamos pasar, lo reconozco, pues nunca he tenido talento para
escribir. Ni siquiera recordaba los poemas del colegio, a no ser que fuera “En
el fondo de la mar/ suspiraba un poroto/ y el suspiro decía/…”, que cantábamos
en los paseos vecinales o de curso. O “una viejecita debajo de un puente/
pelaba pollitos con gran disimulo/…”, ambos con finales nada refinados y, por
lo mismo, irreproducibles para mis oídos y ojos castizos.
Mi
amigo, cargante en estas lides, pues cuando le entra algo entre ceja y ceja no
para hasta conseguir su propósito (detesto a la gente impositiva, es cierto,
que no es capaz de entender que cuando es no, es no nomás).
En
una hoja que encontramos garrapateé unos cuantos versos, no me pregunten qué
decía ni cuál era el objeto lírico, ni la actitud lírica, pues lo olvidé. Lo
fuimos a llevar a la radio y asunto resuelto, me dije, nunca más sabré de ello.
Decidimos
quedarnos unos días más en la ciudad nortina, acompañados por nuestro menú
diario y del equipito propiedad de las manos ligeras de mi amigo. Cierta noche,
el locutor dio a conocer los resultados de su concursillo. Yo era el ganador. Nunca dije cuál era el premio: una cena para
dos en el hotel auspiciador.
Ya
el sábado, en un ambiente de lujo, con nuestras ropas raídas, veíamos cómo los
mozos nos traían una sucesión de platos que colaboraron para que esa fuera la
primera comida caliente en mucho tiempo. Comimos hasta que nos hartamos,
mientras mi amigo me insistía con por qué no te dedicas a escribir.
Esa
noche, al igual que el protagonista de “El vaso de leche”, de Manuel Rojas, me
dormí con las estrellas en mi cabeza, satisfecho, con la seguridad de “guatita llena, corazón
contento”.
Y
así comencé a escribir, ni más ni menos, por hambre.
Esta
historia es real. La escuché de labios de Hernán Rivera Letelier, datos más,
datos menos, en una premiación del “Concurso de cuentos” de la UNAB, hace algunos años. Autor de “Santa
María de las flores negras”, “Los trenes se van al Purgatorio”, entre otras
novelas ambientadas en la pampa salitrera, es un connotado escritor al que tuve
el privilegio de conocer. Admiro su creación.
Comentarios
Que estés superbién. Saludos.