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Discurso del ascensor: La clave para presentar tus ideas con impacto

“El Rey de la Selva y Pullman Bus”




Viaje de vuelta de la capital,  luego de un fin de semana gratísimo. Como era de esperar, el Terminal  “Pajaritos” estaba repleto. Buses en diversas direcciones apuraban sus salidas, los pequeños y más antiguos a Curacaví, los de dos pisos a ciudades más lejanas, apremiados por los llamados de la señorita que, cómoda en alguna oficina, se ceñía a la rigurosa planificación: 


 “Vehículo de Cóndor Bus, con salida programada para las 16.00 hrs.,  con dirección a Valparaíso,  debe abandonar el Terminal. “


Reservamos  y, contra nuestro deseo, debimos aceptar los asientos uno al lado del otro, pero separados por el pasillo, pues ya estaba casi completo. 


Luego de esperar 15 minutos, apareció el nuestro, un flamante Pullman Bus, al que subimos luego de entregar nuestros pasajes. Nos sentamos, cerramos los cinturones de seguridad (recuerdo, tiempo atrás, una ocasión en que debí viajar solo y lo hice en Tur Bus; quise ponerme el cinturón, pero estaba roto y debí anudarlo), busqué mi “Caballo de Troya 1” y me preparé para proseguir la lectura.


Íbamos en la tercera fila de asientos, por lo que veíamos cómo se llenaba el bus; al lado de mi señora se sentó una viejecita; detrás, una señora mayor y un chico de no más de 7 años, probablemente su nieto; a mi lado ya estaba un señor que tenía su mochila sobre mi sitio, al que pedí la sacara (me molesta esta actitud, sea en los buses urbanos o en los otros, suena como es mío y yo veo a quién le dejo el espacio).


Ya en el primer túnel, dejé de leer y fijé mi vista en un pequeño televisor que daba “Alicia en el País de las Maravillas”, una versión de hace muchos años, hasta con escenas en blanco y negro. Los trajes eran toscos y poco originales y convincentes, en particular de los que acompañan habitualmente a Alicia. 


Entre el televisor y la lectura, en ocasiones veía movimientos bruscos de la compañera de asiento de mi señora. La miré, pero iba escuchando música con los ojos semicerrados, por lo que no la desperté y me decidí a observar de reojo (con la vista periférica activada, como siempre digo). No habían pasado dos o tres minutos, cuando vi nuevamente el brusco moverse de un brazo mientras la señora se daba vuelta al asiento trasero y formulaba algunas recriminaciones. 


Me saqué un audífono y atendí. Mientras el pequeño se desplazaba de un respaldo a otro, usando su cuerpo como ariete, la pobre mujercita seguía la cadencia que le imprimía su vecino. La mujer esperaba unos segundos y nuevamente se daba vueltas, lanzando en conjunto con su brazo un llamado de atención ininteligible, ante la indiferencia de la abuela del chico.

- ¡No seai mal genio – le dijo la mujerona ante un reclamo del niño – te vai a poner viejo! (lo entendí como una clara alusión a la viejecita zarandeada del asiento delantero).



Tras cartón, luego de despacharse la frase repleta de sentido filosófico, y ante una petición del nietecillo, le responde:

¡Haz lo que querai! ¡Ya me teni guatona con la cortina!


Luego de tantos zarandeos de la viejecilla y de sus reclamos ignorados por la veterana “deseducadora”, el chicuelo (¡Dios libre a sus Profesores futuros con este “modelito” de niño!) fijó su atención en la escena de la película: el león hablaba con Alicia, mientras la bruja volaba en su escoba.

- ¡Mira el león! – exclamó el dulce niño.


-       El Rey de la Selva – apuntó su pariente – fíjate en la melena. 


Mientras seguía el insulso diálogo, pensé en que el león no vive en la selva, sino en las praderas africanas. Para confirmarlo – y no apresurar juicios – busqué en cuanto sitio serio conozco: todos coincidían en que el felino no tiene por hábitat la selva. ¿De quién será la culpa de esta equivocación?

- Allá ella – me dije – con su afirmación. 


Esta señora tuvo una sabrosa conversación por teléfono – hay gente a la que le gusta compartir todo, hasta sus asuntos más privados - con una amiga que había quedado de juntarse con ella antes, pero se había retrasado y le decía: “- Pero te dije que nos íbamos a juntarnos po’. –Sí, po’, pero ahora estoy en el Terminal y nos vamos a irnos. – No, nos vemos en  Villa Alemana. Allá te voy a esperarte.“


Antes de bajar, me fijé en dos aspectos: uno, que el lector de velocidad estuvo desconectado – o descompuesto - durante gran parte del paso por la Ruta 68, retornando cuando ingresamos a Lo Orozco; otro, que hay dos parejas iluminadas para indicar el baño: una en color verde y otra en rojo. Si hay dos y un solo baño, ¿para qué la segunda?


A la bajada, compartimos con mi señora, entre risas,  la inquietud del “mocoso” y la indiferencia de su abuela. Esos – le dije – son los alumnos del mañana. Son los que le dirán al Profesor: ¡Para eso le pago!

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