- Obtener enlace
- X
- Correo electrónico
- Otras aplicaciones
Vistas de página en total
2,339,502
Tus comentarios
Licencia Creative Commons
Este trabajo tiene licencia bajo CC BY-NC-ND 4.0
La última publicada
- Obtener enlace
- X
- Correo electrónico
- Otras aplicaciones
Viaje
de vuelta de la capital, luego de un fin
de semana gratísimo. Como era de esperar, el Terminal “Pajaritos” estaba repleto. Buses en diversas
direcciones apuraban sus salidas, los pequeños y más antiguos a Curacaví, los
de dos pisos a ciudades más lejanas, apremiados por los llamados de la señorita
que, cómoda en alguna oficina, se ceñía a la rigurosa planificación:
“Vehículo de Cóndor Bus, con salida programada
para las 16.00 hrs., con dirección a
Valparaíso, debe abandonar el Terminal. “
Reservamos
y, contra nuestro deseo, debimos aceptar
los asientos uno al lado del otro, pero separados por el pasillo, pues ya
estaba casi completo.
Luego
de esperar 15 minutos, apareció el nuestro, un flamante Pullman Bus, al que
subimos luego de entregar nuestros pasajes. Nos sentamos, cerramos los
cinturones de seguridad (recuerdo, tiempo atrás, una ocasión en que debí viajar
solo y lo hice en Tur Bus; quise ponerme el cinturón, pero estaba roto y debí
anudarlo), busqué mi “Caballo de Troya 1” y me preparé para proseguir la
lectura.
Íbamos
en la tercera fila de asientos, por lo que veíamos cómo se llenaba el bus; al
lado de mi señora se sentó una viejecita; detrás, una señora mayor y un chico
de no más de 7 años, probablemente su nieto; a mi lado ya estaba un señor que
tenía su mochila sobre mi sitio, al que pedí la sacara (me molesta esta
actitud, sea en los buses urbanos o en los otros, suena como es mío y yo veo a
quién le dejo el espacio).
Ya
en el primer túnel, dejé de leer y fijé mi vista en un pequeño televisor que
daba “Alicia en el País de las Maravillas”, una versión de hace muchos años,
hasta con escenas en blanco y negro. Los trajes eran toscos y poco originales y
convincentes, en particular de los que acompañan habitualmente a Alicia.
Entre
el televisor y la lectura, en ocasiones veía movimientos bruscos de la
compañera de asiento de mi señora. La miré, pero iba escuchando música con los
ojos semicerrados, por lo que no la desperté y me decidí a observar de reojo
(con la vista periférica activada, como siempre digo). No habían pasado dos o
tres minutos, cuando vi nuevamente el brusco moverse de un brazo mientras la
señora se daba vuelta al asiento trasero y formulaba algunas recriminaciones.
Me
saqué un audífono y atendí. Mientras el pequeño se desplazaba de un respaldo a
otro, usando su cuerpo como ariete, la pobre mujercita seguía la cadencia que
le imprimía su vecino. La mujer esperaba unos segundos y nuevamente se daba
vueltas, lanzando en conjunto con su brazo un llamado de atención
ininteligible, ante la indiferencia de la abuela del chico.
Tras
cartón, luego de despacharse la frase repleta de sentido filosófico, y ante una
petición del nietecillo, le responde:
- ¡Haz lo que querai! ¡Ya me teni guatona con la cortina!
Luego
de tantos zarandeos de la viejecilla y de sus reclamos ignorados por la
veterana “deseducadora”, el chicuelo (¡Dios libre a sus Profesores futuros con
este “modelito” de niño!) fijó su atención en la escena de la película: el león
hablaba con Alicia, mientras la bruja volaba en su escoba.
- El
Rey de la Selva – apuntó su pariente – fíjate en la melena.
Mientras
seguía el insulso diálogo, pensé en que el león no vive en la selva, sino en
las praderas africanas. Para confirmarlo – y no apresurar juicios – busqué en
cuanto sitio serio conozco: todos coincidían en que el felino no tiene por
hábitat la selva. ¿De quién será la culpa de esta equivocación?
Esta
señora tuvo una sabrosa conversación por teléfono – hay gente a la que le gusta
compartir todo, hasta sus asuntos más privados - con una amiga que había
quedado de juntarse con ella antes, pero se había retrasado y le decía: “- Pero
te dije que nos íbamos a juntarnos po’. –Sí, po’, pero ahora estoy en el
Terminal y nos vamos a irnos. – No, nos vemos en Villa Alemana. Allá te voy a esperarte.“
Antes
de bajar, me fijé en dos aspectos: uno, que el lector de velocidad estuvo
desconectado – o descompuesto - durante gran parte del paso por la Ruta 68,
retornando cuando ingresamos a Lo Orozco; otro, que hay dos parejas iluminadas
para indicar el baño: una en color verde y otra en rojo. Si hay dos y un
solo baño, ¿para qué la segunda?
A
la bajada, compartimos con mi señora, entre risas, la inquietud del “mocoso” y la indiferencia
de su abuela. Esos – le dije – son los alumnos del mañana. Son los que le dirán
al Profesor: ¡Para eso le pago!
Comentarios