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Este trabajo tiene licencia bajo CC BY-NC-ND 4.0
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Es
una historia triste que nos enfrenta a misterios insondables. Como no me
ocurrió a mí, seré el narrador por esta vez nomás:
“Su
familia era dueña de uno de los palacios más distinguidos de la ciudad. Ante su
apellido, todos respiraban hondo, con una mezcla de admiración y temor. Sus
corazones titubeaban entre la sana (e insana) envidia del que quiere tener más
o, simplemente, no tiene, y el jamás cruzarse en su camino.
El
protagonista estudió en uno de los liceos más tradicionales de la zona, cuando
la única diferencia era entre públicos y particulares pagados, los primeros con
una calidad que hacía enrojecer de resentimiento a los segundos; allí se codeaban el
hijo del industrial más rico con cualquier hijo de vecino, sin aspavientos ni
complejos. Fue acá donde lo conocí, pues
fue mi alumno durante muchos años.
Era
un chico común; si uno dedujese cuánto dinero se tiene por la vestimenta o los
modales, pasaría por el hijo de cualquiera. Nada en él hacía presumir, por
tanto, la riqueza de sus padres ni la holganza en que vivía. Dicen, solo dicen,
que tenía más personal a su servicio que Profesores había en el liceo. Pero
nunca creí en ello, pues muchas cosas pierden valor de tanto reproducirlas.
¿Han repetido una palabra tantas veces hasta que pierde sentido?
Durante
su enseñanza secundaria intimó con una compañera, con la que pololeó hasta que
salieron del liceo, momento en el que enfilaron
hacia rumbos distintos, cumpliendo el designio que la vida tiene para cada
cual. Los dejé de ver.
Pasaron
los años, pero lo volví a encontrar años después. Se había casado con la misma
compañera, pero su historia fue curiosa:
Ella,
una vez que salió del liceo, se puso a trabajar; allí conoció a un buen hombre
con el que entabló una relación y al poco tiempo se casó. A los pocos años, y
sin tener hijos, su marido murió, por lo que la viudez se le vino encima, joven y todavía atractiva.
Cierta
vez, alguien de su excurso organizó una junta, después de 15 años de haber
egresado. Asistió, más por obligación que por entusiasmo, pues su pérdida aún estaba fresca, pese a que
ya habían transcurrido diez años. Se imaginaba el escenario: sus compañeros irían
con sus parejas; le preguntarían acerca de su vida y reavivarían el dolor que
punzaba cada vez menos. No, no quería hacerlo.
No
faltó, sin embargo, la amiga que la pasó a buscar, la presionó dulce y
amistosamente para buscar distracción: - Vamos, te servirá. Además, tienes que
empezar a salir. Si… te viera, desearía eso, que te diviertas y rehagas tu
vida. Por último, veremos cómo están todos.
La
verdad no sabía quiénes irían, pero accedió. Cual no fue su sorpresa cuando al
primero a quien vio fue a él, a su amor de secundaria (-No está mal – se dijo –
capaz que esté casado y me dolerá saberlo porque yo estoy sola). Se abrazaron
cálidamente y comenzaron a hablar. No se veían desde el día de la graduación,
la misma que se hizo en el pequeñito cine de la galería, en plena plaza, donde
dan películas escogidas.
En
medio de las bromas de sus excompañeros, siguieron conversando. Hicieron
recuerdos juntos (igual que “Making memories of us”, de Keith Urban, una hermosa
e inolvidable canción, que también me trae el pasado al presente en forma de un
cálido y sensible corazón; prometo que jamás la olvidaré, menos “Y yo voy a hacer una promesa/Si hay vida
después de esta/ Voy a estar allí para reunirme con un beso cálido y húmedo”),
supo que él no se había casado, pues se enfrascó en los negocios de su familia,
aunque candidatas no le faltaron.
A
los pocos meses, con el corazón henchido, ella aceptaba la propuesta
matrimonial de su pololo de liceo. Supo que el amor golpea tu puerta no una
sino dos. Y quién sabe si más.
Cierto
día, viajaban a la capital por la antigua subida de Agua Santa, cuando no
existía la variante Las Palmas. Si hubiese ocurrido hoy, no habría pasado, pues
vivían en Chorrillos. Siete de la tarde
veraniega, aún el sol golpeaba las fachadas tradicionales de ese sector; ven un
local, de los que están al lado derecho, que era asaltado. Sin pensarlo, ni
siquiera ella alcanzó a reaccionar para impedírselo, él se baja del auto y va
en auxilio del dueño del negocio. No alcanza a interpelar a los dos delincuentes
cuando uno de ellos le apunta y, sin mediar palabra, le descerraja un disparo a boca
de jarro. Huyen, dejándolo tendido en el suelo, mientras su mujer, sin tiempo
para sollozar, trataba de infundirle el soplo de vida que se escapaba de su
corazón mortalmente herido.
Dicen
que los capturaron; dicen que los juzgaron; dicen que los castigaron. Incluso,
dicen que aún purgan su delito en la cárcel. Todo lo que dicen, no obstante, no
atenúa el dolor de su compañera quien ve que la pausa que la vida le dio, al
igual que en “La tregua”, de Mario Benedetti, ya se terminó. “
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Un fuerte abrazo :-)