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“Haciendo recuerdos juntos”




Es una historia triste que nos enfrenta a misterios insondables. Como no me ocurrió a mí, seré el narrador por esta vez nomás:

“Su familia era dueña de uno de los palacios más distinguidos de la ciudad. Ante su apellido, todos respiraban hondo, con una mezcla de admiración y temor. Sus corazones titubeaban entre la sana (e insana) envidia del que quiere tener más o, simplemente, no tiene, y el jamás cruzarse en su camino. 

El protagonista estudió en uno de los liceos más tradicionales de la zona, cuando la única diferencia era entre públicos y particulares pagados, los primeros con una calidad que hacía enrojecer de resentimiento a los segundos; allí se codeaban el hijo del industrial más rico con cualquier hijo de vecino, sin aspavientos ni complejos.  Fue acá donde lo conocí, pues fue mi alumno durante muchos años. 

Era un chico común; si uno dedujese cuánto dinero se tiene por la vestimenta o los modales, pasaría por el hijo de cualquiera. Nada en él hacía presumir, por tanto, la riqueza de sus padres ni la holganza en que vivía. Dicen, solo dicen, que tenía más personal a su servicio que Profesores había en el liceo. Pero nunca creí en ello, pues muchas cosas pierden valor de tanto reproducirlas. ¿Han repetido una palabra tantas veces hasta que pierde sentido?

Durante su enseñanza secundaria intimó con una compañera, con la que pololeó hasta que salieron del liceo, momento en el que  enfilaron hacia rumbos distintos, cumpliendo el designio que la vida tiene para cada cual. Los dejé de ver.

Pasaron los años, pero lo volví a encontrar años después. Se había casado con la misma compañera, pero su historia fue curiosa: 

Ella, una vez que salió del liceo, se puso a trabajar; allí conoció a un buen hombre con el que entabló una relación y al poco tiempo se casó. A los pocos años, y sin tener hijos, su marido murió, por lo que la viudez se le vino encima,  joven y todavía atractiva. 

Cierta vez, alguien de su excurso organizó una junta, después de 15 años de haber egresado. Asistió, más por obligación que por entusiasmo,  pues su pérdida aún estaba fresca, pese a que ya habían transcurrido diez años. Se imaginaba el escenario: sus compañeros irían con sus parejas; le preguntarían acerca de su vida y reavivarían el dolor que punzaba cada vez menos. No, no quería hacerlo. 

No faltó, sin embargo, la amiga que la pasó a buscar, la presionó dulce y amistosamente para buscar distracción: - Vamos, te servirá. Además, tienes que empezar a salir. Si… te viera, desearía eso, que te diviertas y rehagas tu vida. Por último, veremos cómo están todos.

La verdad no sabía quiénes irían, pero accedió. Cual no fue su sorpresa cuando al primero a quien vio fue a él, a su amor de secundaria (-No está mal – se dijo – capaz que esté casado y me dolerá saberlo porque yo estoy sola). Se abrazaron cálidamente y comenzaron a hablar. No se veían desde el día de la graduación, la misma que se hizo en el pequeñito cine de la galería, en plena plaza, donde dan películas escogidas. 

En medio de las bromas de sus excompañeros, siguieron conversando. Hicieron recuerdos juntos (igual que “Making memories of us”, de Keith Urban, una hermosa e inolvidable canción, que también me trae el pasado al presente en forma de un cálido y sensible corazón; prometo que jamás la olvidaré, menos “Y yo voy a hacer una promesa/Si hay vida después de esta/ Voy a estar allí para reunirme con un beso cálido y húmedo”), supo que él no se había casado, pues se enfrascó en los negocios de su familia, aunque candidatas no le faltaron.

A los pocos meses, con el corazón henchido, ella aceptaba la propuesta matrimonial de su pololo de liceo. Supo que el amor golpea tu puerta no una sino dos. Y quién sabe si más.

Cierto día, viajaban a la capital por la antigua subida de Agua Santa, cuando no existía la variante Las Palmas. Si hubiese ocurrido hoy, no habría pasado, pues vivían en Chorrillos. Siete de la tarde veraniega, aún el sol golpeaba las fachadas tradicionales de ese sector; ven un local, de los que están al lado derecho, que era asaltado. Sin pensarlo, ni siquiera ella alcanzó a reaccionar para impedírselo, él se baja del auto y va en auxilio del dueño del negocio. No alcanza a interpelar a los dos delincuentes cuando uno de ellos le apunta y, sin mediar palabra, le descerraja un disparo a boca de jarro. Huyen, dejándolo tendido en el suelo, mientras su mujer, sin tiempo para sollozar, trataba de infundirle el soplo de vida que se escapaba de su corazón mortalmente herido. 

Dicen que los capturaron; dicen que los juzgaron; dicen que los castigaron. Incluso, dicen que aún purgan su delito en la cárcel. Todo lo que dicen, no obstante, no atenúa el dolor de su compañera quien ve que la pausa que la vida le dio, al igual que en “La tregua”, de Mario Benedetti, ya se terminó. “

Comentarios

Nuria de Espinosa ha dicho que…
Qué triste Héctor, después de volver a ser feliz, la vida golpea de nuevo. Una historia emotiva y conmovedora. Un abrazo
Héctor Herrera Neira ha dicho que…
Muchas gracias, Nuria. Hay quienes nacen con el sino del dolor. Una pena. Que estés superbién.
Federico Agüera ha dicho que…
Un final triste para una bonita historia de amor. Saludos
Héctor Herrera Neira ha dicho que…
Justamente. Saludos y que estés bien.
Miguelángel Díaz ha dicho que…
Qué historia más triste, Héctor. Se cae el alma al leerla.
Un fuerte abrazo :-)
Héctor Herrera Neira ha dicho que…
Es cierto. La misma tristeza que cuando la escuché. Un abrazo y saludos.