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Actualizado el 3/1/2021
La
noticia hiere nuestros oídos con fiereza y esperamos, como una suerte de
presagio que se cumplirá más temprano que tarde, que los primeros casos lleguen
a Sudamérica; de allí a cruzar nuestras fronteras hay un solo paso.
¡Maldita
globalización!, se dirá más de alguno, tratando de conformarse con que jamás
golpeará las puertas de su casa en una, quizá, estéril esperanza, pues la
difusión de una epidemia es, precisamente, así: epidemia. Está en todos lados y
¡Dios nos pille confesados!, pero surgirá donde menos se espera.
Mientras
pienso en la crónica que escribiré, recuerdo algunos pasajes de la valiosísima
e inolvidable novela “La peste”, de Albert Camus, una de mis preferidas en mis
cursos de Electivo. Rememoro, por ejemplo, la titánica y (nada) envidiable
tarea que cumplía el Dr. Rieux, titubeante entre su ateísmo (“No es posible que
Dios permita el sufrimiento de un niño”) y su afán de servicio a los apestados
aun a pesar del riesgo ante una dolorosa muerte:
“El
doctor se aferró con fuerza a la barandilla de la cama donde el niño gemía. No
quitaba los ojos del enfermito, que de pronto se puso rígido, con los dientes
apretados, y se arqueó un poco por la cintura, separando lentamente los brazos
y las piernas. De aquel pequeño cuerpo, desnudo bajo una manta de cuartel,
subía un olor a lana y a sudor agrio. El niño aflojó un poco la tensión de su
rigidez, retrajo brazos y piernas hacia el centro de la cama, y, siempre ciego
y mudo, pareció respirar más de prisa. La mirada de Rieux se encontró con la de
Tarrou que apartó los ojos. Ya habían visto morir a otros niños puesto que los
horrores de aquellos meses no se habían detenido ante nada, pero no habían
seguido nunca sus sufrimientos, minuto tras minuto como estaban haciendo desde
el amanecer. Y, sin duda, el dolor infligido a aquel inocente nunca había
dejado de parecerles lo que en realidad era: un escándalo. Pero hasta entonces
se habían escandalizado, en cierto modo, en abstracto, porque no habían mirado
nunca cara a cara, durante tanto tiempo, la agonía de un inocente.”
Sin
pecar de exagerado, me hago eco de la alarma mundial por el ébola, cuyo género
está en entredicho, pues la palabra no aparece registrada en el DRAE, aunque
esto no tiene importancia, al menos por ahora.
Leo
sus formas de contagio “… se transmite por contacto directo con líquidos
corporales y excreciones infectados como la sangre, la saliva, el sudor, el
semen, el flujo vaginal, sumado a los líquidos biológicos de estudios
bioquímicos como el cefalorraquídeo, el sinovial, el pleural o el peritoneal,
además de la orina, las heces, o los vómitos, tanto de animales —principalmente
simios y murciélagos— como en humanos, ya sea vivos o fallecidos. También por
contacto indirecto a través de fómites o reservorios animales: aquéllos que
presentan la infección en forma asintomática (sin síntomas) pero contagiosa”.
Visto
así, no se entiende el reciente contagio de la enfermera española quien, al
decir de las noticias todavía confusas, se tocó la cara con uno de los guantes
con que movió a un misionero que padecía este flagelo en un país africano.
Respecto
de sus síntomas, cito “… son variables pues dependen de cada persona y cada
situación; al comienzo suele ser, generalmente, súbito y caracterizado por
fiebre alta, postración, mialgia o dolor muscular severo, artralgias, dolor
abdominal y cefalea. En un lapso de una
semana aparecen en todo el cuerpo unas erupciones, frecuentemente hemorrágicas.
Las hemorragias se presentan generalmente desde el tubo gastrointestinal,
haciendo que el infectado sangre tanto por la boca como por el recto anal. La
tasa de mortalidad es alta, entre el 50 % y el 90 % y los pacientes
generalmente mueren por shock hipovolémico por la pérdida de sangre.”
Este
virus surgió en la década del 70 en África y la mitología popular – de la que
no me hago cargo, pero es seguro que el adalid de las causas extrañas, JAS, de
La Red, le dará curso a la brevedad - sugiere que es producto de laboratorios
humanos en la lucha sempiterna por crear armas mortíferas de índole biológica,
capaces no solo de destruir al enemigo sino a los propios amigos. De la misma
manera, dicen, surgió el VIH.
Para
finalizar, consigno un extracto pavoroso de una novela cuyo propósito es
mostrar cómo reacciona una sociedad atacada por una emergencia que la conmueve
hasta sus cimientos, el primer sermón del padre Paneloux, certero, inolvidable,
propio de la superstición más radical, pero no menos creíble por muchas
personas:
"Hermanos
míos, habéis caído en desgracia; hermanos míos, lo habéis merecido", un
estremecimiento recorría a los asistentes hasta el atrio. Lógicamente, lo que
siguió no estaba en armonía con este exordio patético. El resto del discurso
hizo comprender a nuestros conciudadanos que por un hábil procedimiento
oratorio el Padre había dado, de una vez, como el que asesta un golpe, el tema
de su sermón entero. Paneloux, en seguida después de esta frase, citó el texto
del Éxodo relativo a la peste en Egipto y dijo: "La primera vez que esta
plaga apareció en la historia fue para herir a los enemigos de Dios. El Faraón
se opuso a los designios eternos y la peste le hizo caer de rodillas. Desde el
principio de toda historia el azote de Dios pone a sus pies a los orgullosos y
a los ciegos. Meditad en esto y caed de rodillas."
Mientras tanto, pienso cuándo y dónde aparecerá el próximo caso. Y vendrá, es seguro.
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