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Discurso del ascensor: La clave para presentar tus ideas con impacto

“¡Mijito, tiene un cigarrito!”




Se encontró a boca de jarro con la mujer y se maldijo para sus adentros. ¿Cómo mierda no se acordó de que esta esquina es territorio de las ‘prostis’, como las llaman sus amigos?

Caminaba por la hermosa Avenida Brasil, con sus diez o doce erguidas e imponentes palmeras por cuadra, con escasos peatones que circulaban camino a sus casas, pese a que no era tarde. Recién las sombras se habían echado sobre la ciudad y el viento frío arreciaba. Cuando pasó Freire debió cruzar, pero no, por andar pensando en no sé qué cosa siguió hasta llegar a  General Cruz.


Miró a la mujer: madura, no tendrá más de cuarenta, pensó,  su rostro exhibía los rigores de tanto trasnoche y acompañante ocasional, malamente disimulado por el vistoso y abundante maquillaje. Pelo azabache y liso, caía por sus hombros en una cabalgata desordenada que apenas tapaba su escote pronunciadísimo; una polera ceñida hacía esfuerzos indecibles por contener tanta carne; asomaban algunos pliegues de piel que enturbiaban el espectáculo. Una falda cortísima, también apretada, dejaba ver unos vigorosos muslos que finalizaban en unos zapatos negros de taco alto. La miró a los ojos y se fijó en su cara, no debió haber sido fea en su juventud, se dijo. Sus labios de un rojo furioso dejaban ver una sonrisa acogedora y sus dientes brillaban en la penumbra.


¡Mijito!, ¿tiene un cigarrito? Repitió la mujer, envalentonada ante el silencio tímido de su interlocutor. 


No podría negarse, se dijo, pues venía fumando. Cuántas veces le dijeron que no fumara en la calle, pues se sabe que no faltan los atracos por un cigarrillo. Pero él, tan obstinado, hacía caso omiso a las advertencias, a él nunca le pasaría eso, se decía. Nunca pensó, sin embargo, que se vería enfrentado a una situación de estas. 


Desde chico su mamá le indujo el temor a las prostitutas y a los gitanos: seres malhadados y dueños de frases que atraían males y dolores, causaban en su ánimo reminiscencias tortuosas cada vez que veía a estos seres. Nunca pensó que gozarían y sufrirían como él, no se dio el tiempo. Solo había espacio para la aversión irracional. Incluso, cuando en la feria alguna gitana le tocaba el brazo, para pedirle dinero o ‘sacarle la suerte’  respondía con un ademán violento y un ¡No me toque! Para qué decir de las mujeres de ‘vida fácil’, ¿fácil?, pensó, debe ser terrible llevar una vida como esa: acompañada de un ‘cafiche’ que no solo le quita el dinero sino  la golpea cuando quiere y más encima… Lo más terrible, me digo, debe ser ‘hijo de puta’, aunque el calificativo se aplica mejor a cualquier hijo de vecino que es maldito, puede ser el tipo que roba a una anciana, el que golpea a su mujer, el que bolsea a sus amigos, el que no devuelve el dinero prestado y se hace el ‘pan de huevo’ por decirlo suavemente,  hasta al árbitro que cobra un penal inexistente en contra de Colo Colo. Hay, como ven, un amplio espectro de individuos que debieran recibir este halago y hacen más méritos que el pobre hijo de una ‘prosti’, pues culpa no tiene.  Me acuerdo del desgraciado Aniceto Hevia, el reputado ‘Hijo de Ladrón’, de Manuel Rojas, que por culpa de su padre – ‘El Gallego ‘ -  debió soportar injusticias de marca mayor. Recuerdo, también, la costumbre de los campesinos de llevar a sus hijos adolescentes al prostíbulo del pueblo para que se ‘iniciaran’ en la adultez del macho. 


-Tení que ser ‘choro’ – recordó el consejo de un amigo experto en estas lides – con estas ‘minas’. Si te cachan débil, te engrupen y te quitan hasta los ‘bóxer’.  ‘En pelota’ nunca se vendría, así que se armó de valor y le respondió: -Acá tiene, ¿fuma Kent? 


- Da lo mismo, mijito. Pa’l vicio, lo que venga. Si hasta he fumado hojas de té.


Se acercó con la cajetilla de Kent 1 en la mano, abierta, para que ella sacara el cigarrillo. Olió un perfume, desconocido, podía ser colonia de esas de a luca el medio litro, pero hablaba bien de ella, por lo menos. Antes de conocer a una en directo, a centímetros, pensó que la fetidez se asentaba en ellas como una aureola a un santo. Nada de eso, por lo menos esta, lo que disminuyó en parte el susto inicial.


-  ¿Por qué tan solo a esta hora? – le dijo, mientras   arrimaba el encendedor a su cigarrillo. Apegó sus manos a las suyas, haciendo un hueco para que no se apagase la llama. El contacto de sus manos suaves lo estremeció.


-  Salí de mi trabajo recién – le respondió – y venía pensando no sé en qué cosa.  Me voy a mi casa.


-  ¿Es casado, huachito?


-  Sí – le respondió. Tengo un hijo de dos años, pero ya debe estar dormido, así que no me apuro tanto.


-  Por respeto a su hijo, mijito, no le ofrezco nada de lo bien que sé hacer. Yo tengo una hija, a quien dejo con mi madre para venir a trabajar. ¡Ya, váyase, que vienen mis colegas!  Me cayó en gracia.


A veinte metros vio aproximarse, como ella los llamó, a sus ‘colegas’, cuatro mujeres, igualmente vestidas, que venían riendo y gritando a cuánto transeúnte pasaba cerca.  Se sintió intimidado, ahora sí, por lo que se despidió apresuradamente y cruzó la calle. No se fijó en el auto que casi lo arrolló ni escuchó el garabato que el chofer lanzó contra su madre, como si suya fuera la culpa por el hijo ‘pavo’ que cruza sin mirar. Quería huir rápidamente de ese lugar. Por el rabillo del ojo vio cómo las recién llegadas bromeaban con su interlocutora y lo miraban.  Siguió ensimismado en sus pensamientos en tanto caminaba al paradero. Estas mujeres, se dijo, no tienen oportunidades frente a tanta chica estupenda que se publicita en los portales de internet. Sus clientes seguirán siendo ebrios, solitarios, vagabundos y uno que otro oficinista despistado, con lo que jamás saldrán de ese círculo. Un amigo le contó de un estudio que demostró el bajo CI de las prostitutas. Queda, entonces, como su única opción dedicarse a la ‘profesión más antigua del mundo’ como la llaman los románticos eufemísticos. 


Al día siguiente, la divisó a lo lejos y cambió de vereda. 


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Comentarios

Federico Agüera ha dicho que…
Una lastima la prostitución. Saludos
Héctor Herrera Neira ha dicho que…
Una realidad dolorosa. Es cierto. Saludos.