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El naufragio de la Janequeo (una epopeya con muchos héroes)

Cuento


Extraída de Google: El Sur

Es una de tantas historias que llegan a nuestros oídos. Puede ser el simple presentimiento o la premonición, pero cuando comienzas a escucharla, sabes que te impactará. Es la historia de la ‘Janequeo’. Y como la oí, la cuento:

“Era agosto de 1965, pleno invierno. Los temporales se abatían uno tras otro sobre el país, particularmente en la zona sur.  Se reportaban olas de quince a veinte metros y vientos huracanados arrasaban las cubiertas de los buques que se animaban a surcar el océano paradójicamente llamado Pacífico.  

El patrullero ‘Leucotón’ (1), de 48 metros de eslora por 10 de manga, cumplía  labores de aprovisionar los faros del litoral, cuando fue llamado para remolcar al transbordador  ‘Alonso de Ercilla’, que prestaba servicio en el Canal de Chacao. 

Ante la emergencia ocurrida a uno de sus motores, debió buscar abrigo en la Caleta Lliuco, algunas millas al sur de Corral, tanto  para iniciar la reparación como para refugiarse del temporal que azotaba el país. Pese a sus esfuerzos, el fuerte viento lo hizo encallar en una playa arenosa, quedando indefenso ante el golpe violento del oleaje. Su capitán hizo subir a la tripulación al puente de mando; desde allí, los 49 hombres miraban impresionados la fuerza del mar y rogaban para que su embarcación resistiera y pudieran bajar ilesos. 

La superioridad naval dispuso que zarparan tres naves al rescate del patrullero, pero por diversas circunstancias enfiló primero  la escampavía ‘Janequeo’ (2),  una pequeña embarcación destinada al patrullaje costero.  Con grandes dificultades logró amarrar al navío encallado, pero la fuerza del mar hizo que se enredaran los cables en su hélice, por lo que perdió fuerza y comenzó a ser arrastrada hacia los roqueríos, entre los cuales destacaba la ‘Catedral’, un gigantesco peñón que se alzaba amenazadoramente ante la escampavía. 

Luchó infructuosamente durante eternos cuarenta minutos, mientras los barquinazos la hacían escorar ora a estribor, ora a babor, momentos en los que sus tripulantes se golpeaban una y otra vez contra las paredes y puertas del barco. Los heridos aumentaban, en tanto sus compañeros trataban de ponerlos a salvo, aunque fuere amarrándolos a las estructuras fijas. 

Las crónicas hablan de dos héroes. Pero todos lo fueron. Uno de ellos, cuyo nombre me reservo, estaba con el brazo entablillado producto de una caída días antes de la emergencia. Con su amigo del alma, pues todos tenemos al ‘yunta’ en el cual nos apoyamos en trances difíciles, laboraban en la sala de máquinas y pensaban en sus familias, allá en Talcahuano. Quizá ni podían adivinar por lo que estaban pasando, en el corazón del barco, pero mejor, así no se preocuparían. 

Los barquinazos se sucedían sin parar; la situación se agravó una vez que los cables se enredaron en la hélice, por lo que todos estaban con el alma en un hilo, mientras se afirmaban de cuanta superficie firme hubiera, rogando al Cielo que llegaran a rescatarlos rápidamente. Negros presagios turbaban las mentes de aquellos corajudos hombres, acostumbrados a lidiar con ese mar embravecido, aunque… esta vez era distinto.

En una de las  violentas escoradas, el del entablillado cayó sobre una máquina, golpeándose con furia; trató de levantarse, pero su brazo se había atascado. Intentó desesperadamente zafarse, pero el empeño que ponía hacía que se trabara más su brazo con el vendaje.  Con la ayuda de su amigo, que se rehusó a salir sin él, se soltó y ambos se encaminaron, en medio de la oscuridad, a trompicones, en dirección al puente de mando.  El agua entraba a raudales por las escotillas abiertas, inundando rápidamente la nave.

Una vez al lado de su capitán, vieron el panorama  desolador: la escampavía era llevada y traída, en un doloroso vaivén, teniendo el peñasco como punto de inicio y final,  por la marejada. Olas gigantescas la hacían desaparecer en el abismo y luego la encumbraban en lo alto, mientras el bramido de las olas, el viento y la lluvia los ensordecían.  En cada golpe perdía algo de su estructura, primero el mástil, parte de la chimenea, el cañón de proa. Cada vez se desarticulaba más, mientras su tripulación se lanzaba al mar, rezando para que alguien los rescatara antes de que el furioso océano los golpeara contra las afiladas rocas. Nada había por hacer. La ‘Janequeo’ estaba irremisiblemente perdida.

El del brazo inmovilizado y su amigo no tardaron en darse cuenta de que si no se tiraban al agua, la muerte era segura; el oleaje los podía estrellar contra las rocas o, Dios quiera, lanzarlos sobre ellas hasta la arena. Confiaban, cual desesperado que mira a la muerte a la cara, en burlarla. O ella o ellos.

Se encaminaron con dificultad a la borda, mientras la inclinación hacía casi imposible el equilibrio. Se lanzaron en medio de la oscuridad. El agua estaba fría y sintieron agujas líquidas penetrando en su piel. Una vez reunidos, nadaron con el vigor que era posible y se dirigieron a los roqueríos, rezando para que una ola salvadora los dejara posados fuera del alcance de las duras piedras.  El entablillado miró hacia atrás y no vio a su amigo; desesperado, gritó, pero se dio cuenta de que nadie lo escucharía, tal el fragor de cien locomotoras que poblaba el ambiente. Dio vuelta y fue en su busca, en una decisión heroica pero fatal. El agua nublaba su vista y acosaba sus pulmones, pero insistió. Lo encontró desfalleciente; con fuerzas sobrehumanas lo cargó sobre su espalda y nadó. Una ola descomunal los alzó en vilo y los estrelló contra la rompiente. Regueros de sangre bañaron las rocas, dispersándose rápidamente.  

Hace algún tiempo, entrevistaban a un sobreviviente de la escampavía. Recordaba a sus 55 compañeros fallecidos, de los 71 que tenía por tripulantes. Y, con los ojos brillantes y la voz entrecortada por la emoción, con la certeza de que algún día se reunirían para siempre, sentenció: “Y no tengo la menor duda de que nos vamos a ir todos juntos al final”

(1)  Dado en recuerdo del mapuche Leucotón, quien dio muerte a Valdivia de un certero mazazo. 
(2)  Mujer lonco, de origen mapuche. Esposa del lonco Huepotaén, cacique de Llifén, lideró focos de resistencia contra los españoles.


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Comentarios

Miguelángel Díaz ha dicho que…
Un relato duro como la vida de los hombres del mar, Héctor.
Es interesante rescatar este tipo de historias para que caigan en el olvido.
Un fuerte abrazo :-)
Héctor Herrera Neira ha dicho que…
Me complace tu comentario, Miguelángel. Un abrazo y saludos.