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Ya en la feria, escucho cómo los
vendedores se dirigen cariñosamente a su clientela, cual expertos en relaciones
públicas, sabedores de que el trato influye en el margen diario de ganancias.
Años atrás, era frecuente ver solo a
mujeres, a veces con sus hijos que ayudaban en el transporte de pesados bolsos,
caminando por los angostos pasillos de las ferias libres. Haciendo el quite a
restos de zapallos, lechugas, duraznos y cuescos de aceitunas, miraban cómo los
vendedores elegían sus productos y pasaban coladas algunas papas con ojos,
ciruelas pasadas, paltas pasmadas y tomates machucados. No existía SERNAC y
nadie iba a devolver o a pedir cambio. Y que no se te ocurriera reclamar,
porque ‘te hacían la cruz’ y eras declarado persona non grata.
Hoy no solo se advierte una mejora en la
venta, pues el comprador puede tomar, dejar, mirar y remirar frutas y verduras,
escoger esta y desechar la otra, llevándose lo mejor para su mesa, sino el trato
es diferente: ya no es solo ‘mi reina’, mi rrreina’ (exageración del
anterior), ‘dama’, ‘mija’, (apócope de ‘hija mía’) y los
consecuentes masculinos, entre los que destacan ‘joven’, como si uno no
estuviera consciente de las arrugas que, si bien son escasas, igual están allí,
diciéndote ‘tranquilo, el paso de los años deja huellas, pero te alegrarías de
ver cómo están otros de tu misma edad ‘.
Recuerdo cierta ocasión en que,
siguiendo los consejos de expertos, en orden a cómo saber si un pescado está
fresco, cierta persona hizo lo sugerible, pero la mujerona a cargo la
recriminó: -¡Mijita! No le meta los dedos, si el pescado está fresco. Ahí mismo
terminó la que pudo ser una relación provechosa para ambas.
En la Feria de El Belloto, por lo menos,
en todos se puede escoger, menos en uno. Quise hacerlo una vez y el vendedor me
señaló que no se elegían las frutas. Ahora me explico el escasísimo público que
lo visita. Un señor de edad, inválido al parecer, vende condimentos, ajos,
cebollines y todo tipo de aderezos. Su mal genio es atemorizador, pues ni
siquiera esboza una mala sonrisa cuando preguntas por el valor de algún
producto. De allí, seguramente, arranca la permanente soledad en que está su
local. Una pena por él.
El ‘casero’ y ‘casera’ se imponen desde
el establecido, hasta el que vende cigarrillos a muy bajo precio (alguien muy
confiable me aseguró que son dados de baja por la Chilena de Tabacos, así que a
no comprar), pasando por el que con una enorme carretilla de construcción se
ofrece a llevar tus bolsos por la pura propina (he visto a mujeres mayores, muy
mayores, cargando esos descomunales carretones como si nada y me pregunto si
habrá adquirido tanta fuerza llevando a su marido a la casa luego de la juerga
sabatina). Falta que las gitanas que te tocan sorpresivamente y te piden dinero
te digan –Caserito, ¿me da una moneda? y se acabará el mundo. Recuerdo a una
zíngara joven, flaca, flaquísima, y muy fea, pobre mujer, que se pone un cartel
en el que detalla sus males y solo pide la colaboración pecuniaria, lo que sea,
pero no menos de quinientos pesos, por favor. No habla, solo sientes una mano
que te toca el brazo, miras, te asustas, ni lees el cartel y solo atinas a
mover la cabeza en negación. Después, una vez que se aleja a realizar lo mismo
con otros compradores, la observas con detención y te sientes hipnotizado por
su apariencia, más propia de la Corte de los Milagros de Víctor Hugo o de Ramón
del Valle Inclán y no de un mercado citadino del siglo XXI.
Un estimado exalumno me pregunta sobre
el origen de la difundida ‘casero’, para lo cual busco en el DRAE, que
consigna, entre tantos significados, los que nos interesan:
6.
adj. coloq. Dicho de una persona: Que está frecuentemente en su casa, y también
que cuida mucho de su gobierno y economía. 13. m. y f. Bol., Chile, Ec. y Perú.
parroquiano (‖ persona que acostumbra a ir a una misma tienda). 14. m. y
f. Bol., Chile, Ec. y Perú. Vendedor asiduo, respecto de su cliente.
Por su parte, en el Diccionario de
Chilenismos aparece ‘Tener de casero’, persona usada como monigote o esclavo, que es otra variante del término,
muy coloquial. Por ejemplo, en el fútbol, Matías Fernández tenía ‘de casero’ a
Miguel Pinto, así como Esteban Paredes hace lo propio con Johnny Herrera, ambos
porteros de la ‘U’.
En suma, puedo ser ‘casero’ del vendedor
de la feria, del kiosco de la esquina, del panadero o del verdulero del sector.
Todos, sin distinción, se caracterizan por el buen trato, lo que se agradece y
valora.
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