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Discurso del ascensor: La clave para presentar tus ideas con impacto

Pedro Lemebel

Actualizado el 3/1/2021

Extraída de Google: Pinterest

Como pasa siempre que alguien desaparece (un hermoso eufemismo para graficar la muerte), muchos   se conduelen, rememoran aspectos de su vida, reales e imaginarios, lo elevan a la categoría de semidiós y borran de una plumada los incontables defectos que tenía, porque debe saberlo, estimado lector, somos una conjunción de virtudes y de las otras, y no seríamos tan atractivos si solo tuviéramos las primeras. No hay ninguna gracia, en todo caso, amar lo perfecto, así que bienvenidos  los defectos. 
Es el beneficio de la muerte, dicen, y no filosofaré acerca de ello, pues espero que en la mía todos hablen bien de mí, aunque no los escucharé. Mis amigos pensarán ¿Este es el que conocí?; los desconocidos, aquellos que fueron al sepelio por compromiso, pensarán que se perdieron de haber frecuentado a un tipo extraordinario. 
Como dije, no haré digresiones, pues el tema es uno,  un escritor que falleció: Pedro Lemebel. 
Hace pocos años, conversaba de literatura con una alumna extraordinaria. Compartíamos relatos de este y otro autor, esta novela y la de más allá. Me preguntó si conocía a Lemebel. Le confesé que había leído algún poema por allí, otro por acá, pero no tenía más conocimiento de su obra. Me sugirió que leyera una, incluso me la ofreció. Pese a que me dijo el nombre de la novela, lo olvidé; a los dos días, después de clase, se acercó a mí con un libro en la mano: “Tengo miedo, torero”, me dijo que, según los entendidos, era su novela magistral, pero que la leyera sin prejuicios y después conversaríamos.
La historia, una más de amor; el espacio, pleno Gobierno  Militar, Santiago. Los protagonistas, ‘La Loca del Frente”, así nomás, sin nombre, y Carlos, un joven guerrillero del FPMR.  Me recordó, solo por su protagonista,  “Lugar sin límites”, de José Donoso, donde Manuela (Manuel)  hace de las suyas, una interesante novela que aún recuerdo.
Lo trascendental, sin embargo, y quizá el juicio está nublado por los años que han pasado desde su lectura, es el lenguaje que usa Lemebel: fluctúa entre extraordinario, brutal, hermoso, violento, burdo, poético, en suma, indefiniblemente bello. 
 La trama probablemente la olvidé u olvidaré. Jamás, no obstante, olvidaré su uso eximio del lenguaje. ¿Merecía el Premio Nacional? Lo ignoro, aunque mi candidato siempre ha sido Hernán Rivera Letelier. Merece, pese a lo anterior, un reconocimiento. Y es lo que hago.

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