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Este trabajo tiene licencia bajo CC BY-NC-ND 4.0
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El
chasquido de la lata de cerveza al ser abierta interrumpió abruptamente el
silencio que reinaba en la parte trasera del microbús. Volteé disimuladamente
la cabeza y vi al autor del sonido: un señor, ya maduro, arrimado a la ventana
del último asiento, ese colectivo, sin separaciones, miraba hacia afuera
eludiendo el sol que golpeaba fuerte. Vestía una camisa cuadrillé, algo raída y
arrugada, cuyos faldones deshilachados descansaban en sus pantalones a media
canilla. Calzaba unas chalas de cuero que dejaban ver sus esmirriados tobillos
y unos pies alargados. Se movía inquieto, dejaba sobre su regazo una bolsa que
cada tanto bajaba al piso y volvía a subir. Escuchaba música, supongo, pues a
su lado tenía un celular con audífonos que reposaba al lado de una gran bolsa
con maní. Cada tanto, tomaba el aparato, lo miraba, manipulaba y volvía a
dejar. Bebía con sorbos largos, en tanto echaba grandes puñados de maní a su
boca. Mascaba ruidosamente, sorbiendo con regularidad alguna caries que se
empecinaba en guardar restos del precioso fruto, emitiendo un seseo rítmico y
volviendo a masticar el rebelde trozo capturado.
Exhalaba
apagados eructos como cuando se bebe de prisa; arqueaba la espalda y dejaba salir efluvios
cargados de alcohol, los que inundaban el sector trasero y sus alrededores. Pese a mi relativa lejanía, sentía el aroma
que cargaba el aire de un pesado recuerdo de pub.
Terminó
en tres sorbos la lata; metió la mano a
la bolsa y sacó otra cerveza. La Becker de más de un cuarto emergió victoriosa
de la oscuridad, pero duró poco su satisfacción porque su dueño en un tris la
hizo chasquear y abrió. Bebió otro largo sorbo que hizo sonar su garganta de
manera inconfundible cuando un líquido pasa abriéndose paso casi a codazos por
tan estrecho conducto. Cerró los ojos tanto por la presión del helado brebaje
en su nariz como por la satisfacción que le produjo. Sentí, como si yo fuera el
protagonista, la circulación de la amarilla y refrescante bebida por su
garganta. Y en ese momento lo envidié, pues el calor arreciaba.
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