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Este trabajo tiene licencia bajo CC BY-NC-ND 4.0
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La rutina de la capital me
pone en Santa Fe esquina Carrascal, en el centro de Quinta Normal. Negocios de barrio y casas multicolores de
disímil apariencia dan un mentís a los condominios uniformes tan en boga. A uno
y otro lado de la calle proliferan quioscos, garajes y un sinfín de
peluquerías, donde extranjeras y algunas compatriotas se dan maña para
satisfacer la demanda del necesario corte de pelo.
Una morena colombiana, de
rizada cabellera, cimbreantes caderas y blanca dentadura que resalta en su
amable sonrisa, se afana con la parroquiana que busca el teñido perfecto para
disimular las canas, en medio de pastas y líquidos de colores y olores
imprecisos, al menos para mí, ajeno a estos menesteres pilosos, mientras en el
fondo del pequeño local una rubia (¿o diré ‘rucia’?) made in Chile se concentra en una laboriosa ‘manicure’
(manicura dirá el DRAE) a una jovencita.
Ambas tareas requerirán
tiempo, que no es precisamente lo que sobra en nosotros, por lo que deambulamos
en busca de otra más desocupada. Después de unas cuantas atendidas por mujeres
de diversas nacionalidades – ya les dije que abundan en el sector - llegamos al
‘Salón Unisex Margot’ que, premunido de un cartel apoyado en un poste más la
difusión del propio servicio – no hay nada más eficaz que la calidad de este
para atraer clientes – promueve diversos tratamientos para el cabello, todo sea
para conseguir la belleza en el género femenino. Siempre me he preguntado
cuánto dinero gastará la mujer promedio en acrecentar su presencia. Sé la
respuesta: harto.
- Buenos
días. ¿Hay más gente esperando? – interpeló X con voz suave a la mujer que
cortaba el pelo a un señor.
- No
– respondió -, termino con él y la
atiendo.
- Ya
– contestó X. Muchas gracias.
Mientras me protegía bajo
el dintel, tratando de evadir el intenso
calor del mediodía capitalino, recorrí de una mirada el interior de la pequeña
peluquería: un gran espejo devolvía mi imagen y parte de la calle, dando la
sensación buscada de amplitud que no la tenía por cierto; peinetas, máquinas, laca y otros recipientes
se alienaban en una confusa simetría; la señora, en tanto, departía amablemente
con su cliente con un acento que reconocí como extranjero. Peruana, me dije, y
presté atención. Muchas veces he oído las burlas que les endilgan a los del
Rímac’ (los llaman así por el río del mismo nombre que baña las ciudades de
Lima y El Callao, a semejanza de los loínos, supongo) por la terminación ‘pe’,
pero no escuché ninguna. Al contrario, pronunciaba bien y las ‘s’ se percibían
inconfundibles. Los que se burlan, cabe decirlo
como defensa, no borran de su habla el po’, el ‘huevón’, ‘endenantes’, ‘haiga’, y otras
aberraciones lingüísticas que no solo hacen ruborizar sino avergüenzan. Como
diría cualquier avezado en dichos populares, ¿Con qué ropa?
Cansado de ver cómo la
peluquera tijereteaba por acá, tijereteaba por allá, en una sinfonía metálica inconfundible, tan
inconfundible como los taladros de los dentistas o los martillazos de los carpinteros,
salí del local y me puse bajo un paradero para guarecerme del intenso calor.
Desde allí observé a mis anchas la rutina del sector: uno y otro auto entraban y
salían del garaje del frente, mientras un par de mecánicos, con sus
característicos overoles manchados de grasa, se movía inquieto e hiperactivo;
más allá, un cuidador de autos, vestido a la usanza veraniega con un ‘bermudas’
deshilachado y que había conocido mejores días, una polera de colores difusos
con las axilas blanqueadas y el cuello ‘jetón’ como lo llaman las abuelitas,
unas chalas por las cuales asomaban unas cuantas uñas encarnadas que sufrían el
rigor de tanta tierra suelta. Desgreñado, cual Bob Marley del siglo XXI, era
dueño de su cuadra y, aunque no orinaba en los árboles como los leones líderes
de la manada, miraba feo a quien no le diera propina al irse. Servicial y
movedizo, dueño de una voz ronquísima, advertí prontamente que a cada conductor
lo ‘sableaba’ con un cigarrillo, se hacía oír y agitaba desaforadamente sus
brazos cuando aparecía un auto en busca de estacionamiento u otro se marchaba.
Locuaz y sociable, se dirigía a todos con una familiaridad propia de los de su
rubro, como si te conociera de toda la vida o hubiese crecido contigo en el
barrio. El tuteo era su rasgo conversacional más distintivo, el que no distinguía
entre mayores o menores. Lo vi dirigirse a una pareja que llevaba a un niño en
un coche, hablarle y darle la mano con afabilidad, con el beneplácito de sus padres.
- ¡Flaco!
¿Querí una ‘chela’?
- Ya,
po’ - el interpelado se dio vuelta y miró al que le dirigió tan atractivo
ofrecimiento - ¿En qué topamos?
- Ven,
po’.
Con rapidez, presa de la
ansiedad ante la visión de la espumosa y helada bebida corriendo por su
garganta, corrió donde su generoso donante, un joven que conducía uno de esos
carros de arrastre repleto de envases, casi todos vacíos. Sacó una botella
grande y se la pasó. Sin pausa, presionó la tapa contra el metal del carro y
golpeó repetidamente, a riesgo de romper el gollete, hasta que la abrió. La
empinó y bebió largos sorbos. Luego, se enjugó la boca con el brazo y la apoyó
en un árbol. Intercambió algunas palabras con su compañero, mientras encendía
el enésimo cigarrillo – de allí su voz ronca – y aspiró codiciosamente el humo
que expulsaba a raudales.
Tomó la botella y apuró el
contenido que restaba, pues su amigo esperaba el envase; botó a la calle
polvorienta lo que quedaba y la devolvió, no sin antes despachar un sonoro
eructo hacia el cielo.
- ¡Muchas
gracias, compañero! A esta hora y con ‘esta calor’, bacán.
- No
hay problema. Tengo que ir a buscar cinco jabas y quedaba esta botella llena. Pa’
qué se va a perder.
Tomó las manillas del carro
y lo empujó con energía, perdiéndose entre unos camiones estacionados a uno y
otro lado de la calle.
Volví a la peluquería para
ver si habían terminado con X. Desde
fuera, vi a una señora con sus tres hijos esperando atención. El menor estaba
sentado en la escalita; el mayor, afirmado en la puerta de vidrio; el bebé en
el coche, mientras su madre hablaba por celular. Cuando salimos, X me hizo un gesto en
dirección al menor: su pierna izquierda mostraba las vistosas huellas de una
quemadura húmeda, seguramente de una olla con agua hirviente, un accidente
doméstico desgraciado y común. Abarcaba
gran parte del muslo y dejaba ver la piel desgarrada. No pude evitar un estremecimiento
y aparté la vista.
Afuera, el cuidador de autos
seguía en su despliegue ‘hiperkinético’, los mecánicos iban y venían de auto en
auto y una que otra señora caminaba con la bolsa del pan. Algunos perros vagos dormitaban a la sombra
de los árboles que pueblan Quinta Normal, como cualquier barrio viñamarino.
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