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Discurso del ascensor: La clave para presentar tus ideas con impacto

“Peluquería unisex Margot”




 



La rutina de la capital me pone en Santa Fe esquina Carrascal, en el centro de Quinta Normal.  Negocios de barrio y casas multicolores de disímil apariencia dan un mentís a los condominios uniformes tan en boga. A uno y otro lado de la calle proliferan quioscos, garajes y un sinfín de peluquerías, donde extranjeras y algunas compatriotas se dan maña para satisfacer la demanda del necesario corte de pelo.

Una morena colombiana, de rizada cabellera, cimbreantes caderas y blanca dentadura que resalta en su amable sonrisa, se afana con la parroquiana que busca el teñido perfecto para disimular las canas, en medio de pastas y líquidos de colores y olores imprecisos, al menos para mí, ajeno a estos menesteres pilosos, mientras en el fondo del pequeño local una rubia (¿o diré ‘rucia’?)  made in Chile  se concentra en una laboriosa ‘manicure’ (manicura dirá el DRAE) a una jovencita.

Ambas tareas requerirán tiempo, que no es precisamente lo que sobra en nosotros, por lo que deambulamos en busca de otra más desocupada. Después de unas cuantas atendidas por mujeres de diversas nacionalidades – ya les dije que abundan en el sector - llegamos al ‘Salón Unisex Margot’ que, premunido de un cartel apoyado en un poste más la difusión del propio servicio – no hay nada más eficaz que la calidad de este para atraer clientes – promueve diversos tratamientos para el cabello, todo sea para conseguir la belleza en el género femenino. Siempre me he preguntado cuánto dinero gastará la mujer promedio en acrecentar su presencia. Sé la respuesta: harto.

-       Buenos días. ¿Hay más gente esperando? – interpeló X con voz suave a la mujer que cortaba el pelo a un señor. 
-       No – respondió -,  termino con él y la atiendo. 
-       Ya – contestó X. Muchas gracias.

Mientras me protegía bajo el  dintel, tratando de evadir el intenso calor del mediodía capitalino, recorrí de una mirada el interior de la pequeña peluquería: un gran espejo devolvía mi imagen y parte de la calle, dando la sensación buscada de amplitud que no la tenía por cierto;  peinetas, máquinas, laca y otros recipientes se alienaban en una confusa simetría; la señora, en tanto, departía amablemente con su cliente con un acento que reconocí como extranjero. Peruana, me dije, y presté atención. Muchas veces he oído las burlas que les endilgan a los del Rímac’ (los llaman así por el río del mismo nombre que baña las ciudades de Lima y El Callao, a semejanza de los loínos, supongo) por la terminación ‘pe’, pero no escuché ninguna. Al contrario, pronunciaba bien y las ‘s’ se percibían inconfundibles. Los que se burlan, cabe decirlo  como defensa, no borran de su habla el po’,  el ‘huevón’, ‘endenantes’, ‘haiga’, y otras aberraciones lingüísticas que no solo hacen ruborizar sino avergüenzan. Como diría cualquier avezado en dichos populares, ¿Con qué ropa?

Cansado de ver cómo la peluquera tijereteaba por acá, tijereteaba por allá,  en una sinfonía metálica inconfundible, tan inconfundible como los taladros de los dentistas o los martillazos de los carpinteros, salí del local y me puse bajo un paradero para guarecerme del intenso calor. Desde allí observé a mis anchas la rutina del sector: uno y otro auto entraban y salían del garaje del frente, mientras un par de mecánicos, con sus característicos overoles manchados de grasa, se movía inquieto e hiperactivo; más allá, un cuidador de autos, vestido a la usanza veraniega con un ‘bermudas’ deshilachado y que había conocido mejores días, una polera de colores difusos con las axilas blanqueadas y el cuello ‘jetón’ como lo llaman las abuelitas, unas chalas por las cuales asomaban unas cuantas uñas encarnadas que sufrían el rigor de tanta tierra suelta. Desgreñado, cual Bob Marley del siglo XXI, era dueño de su cuadra y, aunque no orinaba en los árboles como los leones líderes de la manada, miraba feo a quien no le diera propina al irse. Servicial y movedizo, dueño de una voz ronquísima, advertí prontamente que a cada conductor lo ‘sableaba’ con un cigarrillo, se hacía oír y agitaba desaforadamente sus brazos cuando aparecía un auto en busca de estacionamiento u otro se marchaba. Locuaz y sociable, se dirigía a todos con una familiaridad propia de los de su rubro, como si te conociera de toda la vida o hubiese crecido contigo en el barrio. El tuteo era su rasgo conversacional más distintivo, el que no distinguía entre mayores o menores. Lo vi dirigirse a una pareja que llevaba a un niño en un coche, hablarle y darle la mano con afabilidad,  con el beneplácito de sus padres.

-       ¡Flaco! ¿Querí una ‘chela’? 
-       Ya, po’ - el interpelado se dio vuelta y miró al que le dirigió tan atractivo ofrecimiento - ¿En qué topamos? 
-       Ven, po’. 

Con rapidez, presa de la ansiedad ante la visión de la espumosa y helada bebida corriendo por su garganta, corrió donde su generoso donante, un joven que conducía uno de esos carros de arrastre repleto de envases, casi todos vacíos. Sacó una botella grande y se la pasó. Sin pausa, presionó la tapa contra el metal del carro y golpeó repetidamente, a riesgo de romper el gollete, hasta que la abrió. La empinó y bebió largos sorbos. Luego, se enjugó la boca con el brazo y la apoyó en un árbol. Intercambió algunas palabras con su compañero, mientras encendía el enésimo cigarrillo – de allí su voz ronca – y aspiró codiciosamente el humo que expulsaba a raudales.

Tomó la botella y apuró el contenido que restaba, pues su amigo esperaba el envase; botó a la calle polvorienta lo que quedaba y la devolvió, no sin antes despachar un sonoro eructo hacia el cielo.

-       ¡Muchas gracias, compañero! A esta hora y con ‘esta calor’,  bacán. 
-       No hay problema. Tengo que ir a buscar cinco jabas y quedaba esta botella llena. Pa’ qué se va a perder.

Tomó las manillas del carro y lo empujó con energía, perdiéndose entre unos camiones estacionados a uno y otro lado de la calle.

Volví a la peluquería para ver si habían terminado con X.  Desde fuera, vi a una señora con sus tres hijos esperando atención. El menor estaba sentado en la escalita; el mayor, afirmado en la puerta de vidrio; el bebé en el coche, mientras su madre hablaba por celular.  Cuando salimos, X me hizo un gesto en dirección al menor: su pierna izquierda mostraba las vistosas huellas de una quemadura húmeda, seguramente de una olla con agua hirviente, un accidente doméstico desgraciado y común.  Abarcaba gran parte del muslo y dejaba ver la piel desgarrada. No pude evitar un estremecimiento y aparté la vista.

Afuera, el cuidador de autos seguía en su despliegue ‘hiperkinético’, los mecánicos iban y venían de auto en auto y una que otra señora caminaba con la bolsa del pan.  Algunos perros vagos dormitaban a la sombra de los árboles que pueblan Quinta Normal, como cualquier barrio viñamarino.

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