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Este trabajo tiene licencia bajo CC BY-NC-ND 4.0
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Gorbea es una de las pocas comunas con
nombre español de la Región de La Araucanía. Carahue, Cholchol, Cunco,
Curarrehue, Loncoche, Mellipeuco, Pitrufquén y Pucón se suceden con musicalidad
singular y las reminiscencias mapuches nos acercan a aires limpios, gente
acogedora, vida tranquila y el apego a la tierra.
Pocas calles pavimentadas, escasísimos
coches, los negocios de barrio abundan y la rutina transcurre apaciblemente,
entre las siembras y las cosechas, la lluvia y el calor, el enguindado y la
chicha, la empanada con merquén y el cordero al palo, la cazuela de chancho y chuchoca y los
porotos con rienda, el ‘pulmay’ o curanto en olla y los largos paseos por sus
bellos paisajes.
Es donde vive el ‘Madonna’, un peluquero
por cuyas diestras manos pasan todos los gorbeanos: niños, mujeres, toscos campesinos, emperifolladas oficinistas
y empleados de una que otra repartición pública no dudan en sentarse a
disfrutar de su cálida y sencilla compañía y someterse a la tarea del
embellecimiento piloso. Su local habitualmente está ocupado por algún cliente
que, revista en mano, espera a que el ‘Madonna’ termine de ‘hacer los
cachirulos’ a una veterana o los visos de moda a una que otra jovencita. Habla
hasta por los codos y mantiene a sus parroquianos al día de los hechos del país.
Le encantan las versiones de la ‘alfombra
roja’, aunque matiza sus actualizaciones, como peluquero que se
precie de tal, con política, cine y TV, aunque no le gusta el fútbol, así que
los ‘peloteros’ saben que el tema está vedado y nada en limpio sacarán de allí.
Debe su apodo a un comercial de ‘Linic’ a fines de los 90: Marcelo Salas,
ídolo de la época, muestra sus destrezas con la pelota, luego de lo cual una
bella rubia, en medio de reiterados ¡Marchelo!,
con sentido acento italiano, le lava la
frondosa e indócil cabellera con el mentado champú. Aparece, entonces, un
estilista que con amaneramiento le enrostra a la rubia haberlo reemplazado. Algún
chistoso, de los que abundan en nuestra larga y angosta faja telúrica, lo
encontró similar en sus modales al actor del ‘spot’, lo contó a sus amigos y el
nombre del estilista pasó a mejor vida, pues desde entonces fue conocido como
el ‘Madonna’. Nadie se preguntó dónde aparecía
la palabra aquella en el comercial, solo se contentaban diciendo que como los
italianos usan la expresión hasta para ir al baño, era la excusa. Y así quedó
para la posteridad. Tanto fue el mimetismo que se produjo entre el estilista y
el apodo que habló con un pintor de fachadas quien le hizo un cartel que decía:
‘Peluquería unisex: Madonna’, luego
de lo cual detallaba el brushing, visos, teñido, permanentes, hasta culminar
con su caballito de batalla, el corte de pelo. Firmaba como peluquero
profesional, aunque no era necesario, tal era su habilidad con las tijeras. Su
mejor época, verano hasta marzo, pues entre los matrimonios, ingreso al colegio
y otras fiestas, su clientela aumentaba considerablemente.
‘Madonna’ vive desde hace tiempo con su
pareja, empleado de una industria estatal. Se conocieron en el colegio y desde
allí se hicieron inseparables. Pese a que su vínculo lo formalizaron mucho después,
el rechazo fue escasísimo,
particularmente en algunos mayores, educados en la intransigencia de los dos
géneros y en la férrea educación religiosa que era habitual en regiones
rurales, que decían que todo lo que no era entre hombre y mujer era perverso. No
se tomaban de la mano ni menos se besaban en público, cuidadosos de no herir
sensibilidades, pero todos sabían que se amaban. Todos los días, al aproximarse
el crepúsculo, era habitual ver a un maduro varón sentado en su sala de espera,
mientras hacía que leía o veía televisión. Luego, ya sin clientes, el ‘Madonna’
cerraba la cortina metálica y emprendían rumbo al restorán más cercano donde,
acodados en la cercanía del ventanal, tomaban café y devoraban ‘chacareros’
rebosantes de porotos verdes, rodajas de tomate y trozos de verde ají. Nunca
discutían, y sus vecinos declaraban que se llevaban bien.
Un mal día no abrió el local. La
extrañeza cundió entre los habitantes del poblado, pues nunca las puertas de la
peluquería estaban cerradas, sea con temporal, de los que abundan, o cuando el
calor estival bombardea las polvorosas calles, siempre uno podía entrar y,
junto con recibir el afectuoso saludo del ‘Madonna”, escuchaba los empalagosos
acordes de la radio local, que hacía de las canciones ‘para cortarse las venas’
su programación habitual. Se hicieron corrillos entre los parroquianos,
mientras las hipótesis iban desde una enfermedad hasta las más truculentas,
tanta eran la sorpresa e inquietud que ocasionaba su ausencia.
Repentinamente, una llamada se recibe en
la Tenencia: el oficial a cargo, un joven llegado hacía poco al pueblo, escucha
en silencio y luego parte raudo hacia el lugar que un vecino señaló, no sin antes
dejar al suboficial con la orden de llamar al juez local.
Una vez allí, ya varias personas se
habían aglomerado a las afueras de una casa abandonada. El oficial habla con el
vecino que llamó e ingresa a la propiedad. En el comedor, de unas vigas que
cruzaban el cielo raso, colgaba el
cuerpo de un hombre; era el ‘Madonna’. En la muralla, unas toscas letras con
tierra roja decían ‘Te amo y siempre te
amaré’.
Luego de obtenida la autorización del
juez y descolgar el cuerpo, se iniciaron las pesquisas. Aunque todo parecía
indicar la ausencia de terceros, a juzgar por el mensaje hallado junto al
cadáver, se contactó a la pareja del peluquero, quien el día anterior se había
ido a Santiago. Según pudo saber el oficial, habían discutido y se marchó.
Interrogado más en profundidad, descubrió que el suicidio fue por despecho,
pues su pareja había conocido a otra persona que estaba de vacaciones en el lugar y en
silencio tramaron la huida. No quiso enfrentarlo, limitándose a dejarlo. Ya
entendería, pensó.
Al igual que Regina, en ‘La última
niebla’, de María Luisa Bombal, el ‘Madonna’ no soportó el dolor de la pérdida
amorosa y decidió terminar con la que, de ahora en adelante, sería una
existencia dolorosa. Entre la frustración y la inexistencia, optó por la
segunda.
Hoy, si vas a Gorbea y preguntas por el ‘Madonna’,
te dirán que era un muy buen tipo, que sus manos eran excepcionales y que nadie
se marchaba disconforme de su peluquería.
Dicen que así como el amor te da vida,
te mata.
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