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Este trabajo tiene licencia bajo CC BY-NC-ND 4.0
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Mientras un monitor rectangular exhibe
una banda multicolor donde aparece el
tiempo de espera para cada especialidad, varios televisores situados en espacios
diferentes de la amplia sala de espera muestran programas de TV cable.
Uno de ellos, fútbol, seguramente del
CDF básico, exhibe unos ‘carrerones’ entre camisetas blancas y azules, lo que
concita, pese a que se advierte que es un partido antiguo, la atención de los
varones y niños; otro muestra al famoso adiestrador de perros, César Millán,
mientras entrega datos valiosos sobre cómo enseñar a su mascota.
Numeroso público, entre pacientes y
familiares, repletan los pasillos del
Hospital de Quilpué, que fue
refaccionado hace un par de años. Adultos, acomodados en los asientos de
plástico ordenados en filas, observan cómo niños corretean sin control por los
pasillos en medio de una algarabía desusada para sitios como este. ‘El
pillarse’, uno de los juegos típicos de muchas infancias, se escenifica ante la
mirada complaciente de muchos y molestia de otros. Es la hora ‘peak’, afirma
una señora en un alarde del idioma anglosajón que me deja atónito y me hace
pensar en la influencia de la TV, si supieran la cantidad de horas que
permanece un chileno común ante la ‘caja idiota’ como la llamaron algunos
intelectuales – la ‘caja idiotizante’ la denominaría yo – se sorprenderían. Sostiene
un estudio de la revista ‘Muy interesante’
que mientras gastamos 23 años en dormir, casi 6 se nos van en ver
televisión, la misma cantidad que ocupamos en comer.
Una voz en ‘off’, de muy mala dicción y
con interferencias, difundida por cuatro parlantes ubicados en sitios estratégicos
de la sala, cada tanto llama a un
paciente:
- Fulano
de Tal.
Todos hacen esfuerzos para desentrañar
el nombre, mirando los parlantes como si esa sola acción permitiera entenderlo.
El aludido – o quien cree ser aludido – se levanta, rápida o lentamente,
dependiendo de su dolencia, y se dirige
a una puerta batiente donde le cierra el paso un guardia con cara de pocos
amigos. Luego de la confirmación de su identidad, le abre paso y el paciente se
pierde en los vericuetos que alcanzo a divisar. Nunca me han gustado los
hospitales, quizá sea por el olor que se respira, quizá sea porque te hace ver
cuán mortal eres, lo que no nos gusta, como si ser invencible fuera un atributo
que Superman nos entregó generosamente. Por eso, siempre pienso que quiero
viajar al otro mundo, si lo hay, en un tris, sin que alcance a darme cuenta de
que el soplo vital se esfumó por entre cada poro y célula de mi cuerpo. Sé, sin
embargo, que casi nunca nuestros deseos
se cumplen, por lo que me resigno a lo que sea, mientras no caiga al hospital y
permanezca allí en una larga y dolorosa agonía, que, a fin de cuentas, es lo
mismo que dije al principio.
Dos jóvenes se acercan a la ventanilla
donde se solicita atención, el primer paso para ingresar a este sacrosanto
lugar. Uno de ellos, alto, delgado, viste un pantalón beige, camisa cuadrillé, chaleco
verde tenue y zapatos de gamuza, café claro. Su acompañante, ‘bermudas’ grises
y ‘chalas’ multicolores, mientras un polerón con la leyenda GAP cubre su torso;
con su mano izquierda aprieta su brazo derecho, en tanto se inclina levemente
cada tanto acometido, probablemente, por el dolor.
- Buenas
noches, señorita.
- Buenas
noches. ¿Por qué viene?
- Tuvo
un accidente doméstico: se enterró un fierro en el brazo – dijo su acompañante.
- ¿Cómo?
- Señorita,
él es mi cuñado – intervino el accidentado, apuntando a quien lo acompañaba - teníamos
una fiesta y se nos quedó la llave adentro de la casa. Yo me ofrecí a buscarla,
me encaramé en la reja y me enterré el fierro. Me duele mucho.
- Deberá
esperar a que el cirujano esté disponible. Mientras tanto, tome asiento. Lo
llamarán por altoparlantes.
- Pero,
señorita. Me duele mucho. ¿Puede apurar mi atención?
- ¿Ve
ese monitor? El cirujano está operando a otra persona y se demorará lo que
aparece allí.
- Tranquilo
– lo calma su familiar y se lo hace a un lado – ya te atenderán.
- Quiero
un cigarrillo. Puta, estoy choreado. Me tenía que pasar a mí nomás.
- No
sé cómo se te ocurrió meterte en esa casa, po’ – le enrostra su cuñado. Te poní
a pitear y te volái. Menos mal que la señora te creyó lo de la fiesta.
- ¡Schitt!
No digai nada. No sé qué me pasó. Desperté enterrado en ese fierro huevón.
- Suerte
que te vi antes de que salieran los vecinos. Te habrías metido en tremendo
‘tete’.
- Sí,
muchas gracias. De verdad.
- Siempre
tengo que salvarte. Ya me estoy cansando. Me meteré en líos y no es la idea.
Cuando sepa tu hermana, me va a ‘lumear’.
- Tranquilo,
cuñado. La familia está para ayudarse.
- Sí,
por’ huevón, pero a ti hay que ayudarte siempre. Ya es tiempo de que madures,
si no tenís 15 años. Ruega para que no se acerque ningún ‘paco’, pues ellos te
agarran nomás. Y ahí no te salva nadie.
De refilón, aprovechando un descuido,
veo su herida, por la que aún salía algo de sangre: un tajo de cinco
centímetros aproximadamente surca la cara anterior de su brazo, suerte que no
tocó ningún órgano importante, pensé, a ver si escarmienta con esto. Después de
ver en mi casa las rejas que bordean el patio, imagino lo terrible que debe
haber sido ensartarse allí, pues los fierros están coronados por una especie de
puntas de flechas sumamente aguzadas, provistas de un par de pequeñas salientes
igualmente filosas.
El silencio reinó en la pareja: uno,
acusando recibo de la reprimenda; el otro, ensimismado seguramente en lo que
dirá su señora cuando se entere de la ‘gracia’ de su hermanito.
Al poco rato, otro nombre resonó por los
parlantes y vi encaminarse a la pareja hacia la puerta de ingreso, donde se
repitió el ritual con el guardia. Se perdieron rápidamente en los ‘boxes’ y
quedé meditabundo: las apariencias
engañan, pues se veían bien decentes.
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