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Este trabajo tiene licencia bajo CC BY-NC-ND 4.0
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Los
tres amigos no cesaban de moverse por las casas del vecindario, buscando
prendas en desuso, maderas, alambres y objetos que les sirviesen para armar su
‘Judas’. Crecieron en medio de la tradición de sus padres y amigos mayores y,
aunque desconocían los detalles de la ‘Pasión del Señor’, no les era ajena la
tragedia de su discípulo, aquel que lo vendió por algunas monedas de plata y
luego, presa del remordimiento, se ahorcó.
A
sus diez años, ya habían visto varios
ajusticiamientos del traidor a manos de sus amigos mayores y no cesaban de
impresionarse; anhelaban hacerse de uno propio, por lo que cuando se acercó Semana
Santa idearon realizarlo.
A
espaldas de sus padres, quienes los habrían retado y, quizá, prohibido efectuar
el ceremonial, comenzaron a reunir el
material necesario; rápidamente, hurgando en uno de los basurales típicos de
cualquier población chilena, allegaron todo tipo de implementos, mientras en
sus mentes diseñaban, cuales arquitectos, la figura odiada. Querían que quedara
imponente, para lo cual rellenaron de viruta, papeles y cartones un largo pantalón,
una gran camisa y una inmensa chaqueta, todos desvencijados y dados de baja
hasta por los más pobres entre los pobres, con lo que se comprueba que lo que
uno desprecia, otro aprecia. Tuvieron, así, que pelearles las prendas a los
ratones, arañas y ‘pololos’ que deambulan hurgando por acá y por allá. Hallaron
un par de zapatones, con hoyos en la suela y descosidos en los bordes.
Servirían, sin duda, para darle cuerpo al israelita.
Previamente,
armaron una estructura tosca de madera, que sería el soporte del adefesio, todo
con el fin de que estuviese erguido y así pudiesen sentarlo en una de las
esquinas del barrio y pedir monedas. El ritual señala que debe llenarse con
monedas de todo tipo, aunque una parte queda para los constructores, dinero que
serviría para hartarse de dulces ‘Ambrosoli’,
esos rellenos de licor y los ‘Toffee’, sus preferidos y que solo en
ocasiones especiales podían disfrutar.
Cada
tanto, se alejaban un poco y lo miraban: tomaba forma, por lo que volvían sobre
sus pasos y ajustaban acá, soltaban allá, amarraban y desataban. Era, por lo
menos para ellos, una obra de arte; sin embargo, pese a lo espectacular que les
había quedado la figura de casi dos metros, no se les pasaba por la mente
liberarlo del suplicio. Su amor por el ‘Nazareno’ era casi genético y la
admiración se mezclaba con el terror instintivo que el ‘cura’ de la parroquia
se encargaba de inculcarles domingo a domingo, en ese sermón que sus padres
junto a otros fieles esperaban casi como si fuese alimento, sí, alimento para
el espíritu, decían sus madres. Nunca entendieron por qué las mujeres son más
creyentes que los hombres. Eran sus mamás las que cuidaban que no martillaran,
aserrucharan, pelearan, garabatearan ni metieran bulla en la semana sacra.
Hasta la música era monótona, clásica la llamaban, y el silencio era ominoso.
Sus papás, en cambio, se encerraban bien provistos de unas cuantas botellas de
‘tintolio’ y pasaban la tarde. Nada de reflexiones.
El ‘Willy’
era el más avispado, quizá porque tenía hermanos mayores; luego, venía el ‘Pepe’,
unos meses menor; el último, el ‘Segundo’, apodado el ‘Pirigüín’, negro y
chico, movedizo y siempre encaramándose de los primeros a los árboles del
vecindario.
A
veces, sin nada que hacer, pues se iba a clases solo en la mañana y la tarde
era libre para ‘callejear’ por el barrio, se molestaban a los panaderos a
quienes veían por unos ventanales enrejados con alambre mientras estos se
afanaban en amasa y amasa. Les gritaban cualquier tontería y esperaban el
amasijo albo en represalia el que se pegaba al alambrado de las ventanas y
desprendían rápidamente en medio de ruidosas exclamaciones de alegría y una
agitación de sus estómagos. Encendían un fuego con trozos de madera, buscaban
una lata que era improvisada de parrilla y ponían la masa previamente aplanada.
Luego de algunos minutos, devoraban un pan amasado que pasaban de una mano a
otra para enfriarlo porque puta que estaba caliente. El hambre acicateaba las
tripas y había que calmarla, aunque fuera con el ingenio, que es lo que más le
sobra al niño pobre.
Una
vez armado el cuerpo, lo sentaron en la cuneta, desde donde miraba con
expresión doliente a los caminantes y automovilistas que se desplazaban por las
tortuosas calles de los cerros del Puerto. Para hacerlo más vívido, los
chicuelos le pusieron un saco blanco de tela a manera de cara, en el que
dibujaron con mala mano unos ojos, nariz y boca, la que quedó crispada por las
arrugas naturales de la tela más que por alguna intención manifiesta.
Se
hicieron expertos en el ‘-¡Una moneíta p’al Judas!’, que habían escuchado infinidad de veces a sus
mayores, y lo aplicaron noche y día sin descanso: el incentivo del dinero los
movía, pues nunca habían sentido el tintinear metálico en sus bolsillos y esa
sensación los haría grandes, aparte de permitirles comprar los dulces ansiados.
Juntaron
cientos de monedas; los vecinos se apiadaban tanto por ellos, cabros chicos
pobres, como del esperpento armado, que en nada se asemejaba a la figura
bíblica. No hay que negar, sin embargo, que a lo lejos se veía similar al
infamante apóstol, pero bastaba acercarse a diez pasos para darse cuenta de que más se parecía
al extraterrestre de Roswell que al delator.
Hicieron
la repartición y cada uno se guardó tantas monedas en los bolsillos que las
dulcerías del barrio jamás satisfarían sus compras de caramelos, teniendo que
pedir nuevas remesas a sus distribuidores. Pero eso no los inquietaba. Eran
ricos, se decían, y el futuro se veía halagüeño, aunque durase poco, lo que
dura un dulce en deshacerse entre las muelas.
Y
llegó el Domingo Santo, día de la quema de Judas. Luego de llenar los bolsillos
del pantalón, camisa y chaqueta con monedas, pidieron ayuda a sus vecinos más
grandes para colgarlo de dos postes. Esperaron el crepúsculo, pues así,
pensaron, la ceremonia sería espectacular, no por nada era su primera vez y
debía ser inolvidable.
Los
vecinos comenzaron a reunirse. Los miraban y cada tanto cuchicheaban
apuntándolos, lo que los hacía sentirse como héroes. Era como su entrada a la
sociedad, por lo que hinchaban el pecho y solo atinaban a correr dando órdenes,
mientras gritaban y agitaban los brazos, mirando de reojo cuánto impacto
provocaban sus acciones en los asistentes. Es maravilloso, pensaban, ser el
centro de la fiesta.
Cuando
el sol se escondió en el horizonte, dieron el vamos. El ‘Willy’, pese a los
reclamos de sus dos amigos, fue el encargado de rociar con bencina los pies del
desdichado, pues así ardería de abajo hacia arriba, dándole la espectacularidad
que deseaban. Presionado por sus compinches, permitió que le atracaran un
fósforo. La noche se encendió con violencia, mientras los grandotes tiraban la
cuerda para que el bulto subiera. Habían tomado la precaución de poner gruesos
alambres amarrados a los cordeles para que estos no se quemaran y el cuerpo
cayera.
A
los gritos de ¡Muere, Judas!, cimbreaban la cuerda, con lo que el maldito se
bamboleaba de un lado a otro, cadenciosa y rítmicamente, siguiendo el tira y
afloja de los brazos firmes de los tiradores; retintines metálicos comenzaron a
hacerse oír: eran las monedas que, perdidos los límites de la tela, comenzaban
a caer al empedrado. Decenas de chicos se abalanzaban peligrosamente bajo las
llamas en su busca, pese a los llamados desesperados de sus padres, mientras a
su alrededor caían trozos encendidos de tela y madera.
Repentinamente,
un estruendo sobrecogió a la multitud y se impuso a la tremolina. Una nube de
polvo se alzó a media cuadra del espectáculo, iluminada por decenas de
chispazos de los cortocircuitos; allí donde había casas armadas sobre pilotes
solo quedaba una oquedad; el cerro se había derrumbado sobre un pasaje,
arrastrando viviendas hacia el abismo. El horror de la muchedumbre fue
reemplazado por las carreras hacia el lugar. El ‘Willy’ y sus dos amigos olvidaron
el ‘Judas’ y corrieron también, ya que ellos vivían en el pasaje.
Derechos reservados. ©
Comentarios
Saludos.
Que esté superbién.