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Discurso del ascensor: La clave para presentar tus ideas con impacto

¡Una moneíta p’al Judas!




Los tres amigos no cesaban de moverse por las casas del vecindario, buscando prendas en desuso, maderas, alambres y objetos que les sirviesen para armar su ‘Judas’. Crecieron en medio de la tradición de sus padres y amigos mayores y, aunque desconocían los detalles de la ‘Pasión del Señor’, no les era ajena la tragedia de su discípulo, aquel que lo vendió por algunas monedas de plata y luego, presa del remordimiento, se ahorcó.


A sus diez años,  ya habían visto varios ajusticiamientos del traidor a manos de sus amigos mayores y no cesaban de impresionarse; anhelaban hacerse de uno propio, por lo que cuando se acercó Semana Santa idearon realizarlo.


A espaldas de sus padres, quienes los habrían retado y, quizá, prohibido efectuar el ceremonial,  comenzaron a reunir el material necesario; rápidamente, hurgando en uno de los basurales típicos de cualquier población chilena, allegaron todo tipo de implementos, mientras en sus mentes diseñaban, cuales arquitectos, la figura odiada. Querían que quedara imponente, para lo cual rellenaron de viruta, papeles y cartones un largo pantalón, una gran camisa y una inmensa chaqueta, todos desvencijados y dados de baja hasta por los más pobres entre los pobres, con lo que se comprueba que lo que uno desprecia, otro aprecia. Tuvieron, así, que pelearles las prendas a los ratones, arañas y ‘pololos’ que deambulan hurgando por acá y por allá. Hallaron un par de zapatones, con hoyos en la suela y descosidos en los bordes. Servirían, sin duda, para darle cuerpo al israelita.


Previamente, armaron una estructura tosca de madera, que sería el soporte del adefesio, todo con el fin de que estuviese erguido y así pudiesen sentarlo en una de las esquinas del barrio y pedir monedas. El ritual señala que debe llenarse con monedas de todo tipo, aunque una parte queda para los constructores, dinero que serviría para hartarse de dulces ‘Ambrosoli’,  esos rellenos de licor y los ‘Toffee’, sus preferidos y que solo en ocasiones especiales podían disfrutar.


Cada tanto, se alejaban un poco y lo miraban: tomaba forma, por lo que volvían sobre sus pasos y ajustaban acá, soltaban allá, amarraban y desataban. Era, por lo menos para ellos, una obra de arte; sin embargo, pese a lo espectacular que les había quedado la figura de casi dos metros, no se les pasaba por la mente liberarlo del suplicio. Su amor por el ‘Nazareno’ era casi genético y la admiración se mezclaba con el terror instintivo que el ‘cura’ de la parroquia se encargaba de inculcarles domingo a domingo, en ese sermón que sus padres junto a otros fieles esperaban casi como si fuese alimento, sí, alimento para el espíritu, decían sus madres. Nunca entendieron por qué las mujeres son más creyentes que los hombres. Eran sus mamás las que cuidaban que no martillaran, aserrucharan, pelearan, garabatearan ni metieran bulla en la semana sacra. Hasta la música era monótona, clásica la llamaban, y el silencio era ominoso. Sus papás, en cambio, se encerraban bien provistos de unas cuantas botellas de ‘tintolio’ y pasaban la tarde. Nada de reflexiones. 


El ‘Willy’ era el más avispado, quizá porque tenía hermanos mayores; luego, venía el ‘Pepe’, unos meses menor; el último, el ‘Segundo’, apodado el ‘Pirigüín’, negro y chico, movedizo y siempre encaramándose de los primeros a los árboles del vecindario.  


A veces, sin nada que hacer, pues se iba a clases solo en la mañana y la tarde era libre para ‘callejear’ por el barrio, se molestaban a los panaderos a quienes veían por unos ventanales enrejados con alambre mientras estos se afanaban en amasa y amasa. Les gritaban cualquier tontería y esperaban el amasijo albo en represalia el que se pegaba al alambrado de las ventanas y desprendían rápidamente en medio de ruidosas exclamaciones de alegría y una agitación de sus estómagos. Encendían un fuego con trozos de madera, buscaban una lata que era improvisada de parrilla y ponían la masa previamente aplanada. Luego de algunos minutos, devoraban un pan amasado que pasaban de una mano a otra para enfriarlo porque puta que estaba caliente. El hambre acicateaba las tripas y había que calmarla, aunque fuera con el ingenio, que es lo que más le sobra al niño pobre.


Una vez armado el cuerpo, lo sentaron en la cuneta, desde donde miraba con expresión doliente a los caminantes y automovilistas que se desplazaban por las tortuosas calles de los cerros del Puerto. Para hacerlo más vívido, los chicuelos le pusieron un saco blanco de tela a manera de cara, en el que dibujaron con mala mano unos ojos, nariz y boca, la que quedó crispada por las arrugas naturales de la tela más que por alguna intención manifiesta. 


Se hicieron expertos en el ‘-¡Una moneíta p’al Judas!’,  que habían escuchado infinidad de veces a sus mayores, y lo aplicaron noche y día sin descanso: el incentivo del dinero los movía, pues nunca habían sentido el tintinear metálico en sus bolsillos y esa sensación los haría grandes, aparte de permitirles comprar los dulces ansiados.


Juntaron cientos de monedas; los vecinos se apiadaban tanto por ellos, cabros chicos pobres, como del esperpento armado, que en nada se asemejaba a la figura bíblica. No hay que negar, sin embargo, que a lo lejos se veía similar al infamante apóstol, pero bastaba acercarse a diez  pasos para darse cuenta de que más se parecía al extraterrestre de Roswell que al delator.


Hicieron la repartición y cada uno se guardó tantas monedas en los bolsillos que las dulcerías del barrio jamás satisfarían sus compras de caramelos, teniendo que pedir nuevas remesas a sus distribuidores. Pero eso no los inquietaba. Eran ricos, se decían, y el futuro se veía halagüeño, aunque durase poco, lo que dura un dulce en deshacerse entre las muelas.


Y llegó el Domingo Santo, día de la quema de Judas. Luego de llenar los bolsillos del pantalón, camisa y chaqueta con monedas, pidieron ayuda a sus vecinos más grandes para colgarlo de dos postes. Esperaron el crepúsculo, pues así, pensaron, la ceremonia sería espectacular, no por nada era su primera vez y debía ser inolvidable.


Los vecinos comenzaron a reunirse. Los miraban y cada tanto cuchicheaban apuntándolos, lo que los hacía sentirse como héroes. Era como su entrada a la sociedad, por lo que hinchaban el pecho y solo atinaban a correr dando órdenes, mientras gritaban y agitaban los brazos, mirando de reojo cuánto impacto provocaban sus acciones en los asistentes. Es maravilloso, pensaban, ser el centro de la fiesta. 


Cuando el sol se escondió en el horizonte, dieron el vamos. El ‘Willy’, pese a los reclamos de sus dos amigos, fue el encargado de rociar con bencina los pies del desdichado, pues así ardería de abajo hacia arriba, dándole la espectacularidad que deseaban. Presionado por sus compinches, permitió que le atracaran un fósforo. La noche se encendió con violencia, mientras los grandotes tiraban la cuerda para que el bulto subiera. Habían tomado la precaución de poner gruesos alambres amarrados a los cordeles para que estos no se quemaran y el cuerpo cayera. 


A los gritos de ¡Muere, Judas!, cimbreaban la cuerda, con lo que el maldito se bamboleaba de un lado a otro, cadenciosa y rítmicamente, siguiendo el tira y afloja de los brazos firmes de los tiradores; retintines metálicos comenzaron a hacerse oír: eran las monedas que, perdidos los límites de la tela, comenzaban a caer al empedrado. Decenas de chicos se abalanzaban peligrosamente bajo las llamas en su busca, pese a los llamados desesperados de sus padres, mientras a su alrededor caían trozos encendidos de tela y madera.


Repentinamente, un estruendo sobrecogió a la multitud y se impuso a la tremolina. Una nube de polvo se alzó a media cuadra del espectáculo, iluminada por decenas de chispazos de los cortocircuitos; allí donde había casas armadas sobre pilotes solo quedaba una oquedad; el cerro se había derrumbado sobre un pasaje, arrastrando viviendas hacia el abismo. El horror de la muchedumbre fue reemplazado por las carreras hacia el lugar. El ‘Willy’ y sus dos amigos olvidaron el ‘Judas’ y corrieron también, ya que ellos vivían en el pasaje.


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Comentarios

Dakota ha dicho que…
Un cuento precioso.
Saludos.
Héctor Herrera Neira ha dicho que…
Me encanta que le haya gustado, estimada.

Que esté superbién.