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Discurso del ascensor: La clave para presentar tus ideas con impacto

La ‘profe‘ de Biología



Cuentan que era terrible. Todos la odiaban y nunca pude contar uno, ni siquiera uno, que le guardase algún atisbo de afecto, aunque hubiese sido porque le regaló la décima suficiente para aprobar el ramo y, con ello, pasar de curso o porque le dirigió alguna vez una palabra de aliento o felicitación por una tarea bien hecha. Inflexible, decía que el 7.0 era de Dios, que el 6.0 era suyo y que recién el 5.0 era de los alumnos, si es que alguno podía llegar a esa nota. 

Nunca nadie supo si tenía familia o no; puede que la haya tenido, pero lo suyo no pasaba por ‘en casa ordenada, trabajo feliz’. Cuando llegaba a la sala golpeando el banco con el libro de clases para que todos se callaran, no faltaba quién pensara: “- A esta vieja de nuevo no le tocó anoche. Es que ni con copete le haría el favor.”

A veces la naturaleza es sabia, pues compensa: a los feos, les (nos) da una personalidad interesante; a los guapos, la pura cara. Así, a nadie le falta Dios. Unos se emparejarán de atractivos; otros, de inteligentes. En ella, sin embargo, el dicho perdía validez; si bien no era irremediablemente fea, nada hacía por sacar lustre a sus encantos – que los debe haber tenido – sino hacía lo contrario: se afeaba más, lo que unido a su cara de ‘no me miren ni me hablen, cabros de m…, que a mí me pagan por esto, no lo hago por gusto’,  justificaba el odio cerval que despertaba entre los estudiantes.

Se había ganado la fama con algunos hechos que relataré sucintamente: trazaba con tiza en el suelo un rectángulo alrededor de su escritorio y prohibía que alguien traspasase ese límite, sea por el motivo que fuese. Si alguno deseaba pasarle una prueba, por ejemplo, lo obligaba a permanecer en el limbo y estiraba el brazo para tomar el objeto en cuestión. Cuentan que esta rara costumbre se originó años ha, cuando un grupo de chicos rodeó su escritorio y una mano mágica brotó de en medio del remolino de carne y sangre juvenil y arrancó las pruebas que pensaba aplicar al día siguiente.  La tremolina que se armó en el colegio fue tal que fue amonestada y se salvó de perder su trabajo solo porque era amiga íntima del director. Y de las pruebas nunca más se supo. Menos del responsable. Se juró, entonces, no permitir a estos ruines chicos acercarse a sus dominios.

Más de alguna vez llamaba a un chico y le enrostraba: ‘- Usted está hediondo. No entre a mi sala si no se baña antes’ y lo despachaba a Inspectoría. De nada valían las órdenes rogadas del funcionario, pues se empecinaba en que ‘a estos cabros hay que enseñarles higiene y urbanidad y yo no soy su mamá para aguantarlos. O se baña el cochino o no entra’ y cerraba la puerta por dentro dejando al paradocente con la nariz pegada en la madera y con una cara de ‘-Vieja de m… ¿Qué se habrá creído?

Es cierto que en su clase no volaba una mosca; todos se esforzaban por anotar hasta sus suspiros, ya que el dictado era su fórmula para mantener al curso en orden. Revisaba cuadernos y pobre que te faltara una coma, pues te hacía agachar y te daba con un puntero en las nalgas que te dejaban aullando media hora. Debías sentarte de lado por el escozor en los cachetes y soportar las burlas de tus compañeros en el recreo.  Los capirotazos sonaban con tal estruendo que a más de algún desatento dejaban con dolor de cabeza toda la mañana, mientras se paseaba por todos los pasillos de la sala controlando que escribieran. 

Pobre de algún apoderado que fuera a quejarse donde el Director: lo subía y bajaba con tal estruendo que se enteraban hasta los vecinos del jaleo, que ‘es culpa suya que no educa a sus hijos, que es un roto maleducado, que la letra con sangre entra y otras frases para el bronce aprendidas en sus reflexiones llenas de amargor.

Cierta vez, una vez tocado el timbre para el recreo, bajaba con el libro, su cartera y una bolsa llena de pruebas que debía entregar en otro curso. Adelante y atrás se apiñaban los chicos que ansiaban salir al patio, tapando su vista de los peldaños de abajo. Nadie sabe cómo, pero repentinamente perdió pie y se despeñó diez peldaños guarda abajo yendo a depositar su frágil humanidad, envuelta entre sus papeles, en el rellano de la escala, en medio de las risas de los jóvenes.

Nadie atinó a ayudarla; pasaron los segundos hasta que un chico, de los llamados ‘mateos’ se acercó y trató de levantarla. En medio de quejidos de dolor y casi inconsciente, la mujer le hizo alto con la mano. Esperaron a los profesores que venían igualmente bajando, quienes al ver la gravedad de su estado, llamaron a Inspectoría para que se la llevara la ambulancia. 

Ya instalada en la camilla, solo murmuraba: - Me empujaron, me empujaron.

Seis meses tardó en volver; y cuando lo hizo supimos la gravedad de su accidente. La columna fracturada, unas cuantas costillas trizadas y su brazo izquierdo con una seria luxación, además de numerosas magulladuras en manos y piernas. 

Volvió con la mirada envenenada, pero silenciosa. En silla de ruedas, conducida por un hijo – ahí supimos que sí los tenía - se entrevistó con el Director y le informó que se acogería a jubilación por invalidez. No saludó a ninguno de sus colegas y sus alumnos solo la vieron al pasar. 

Quedó, sin embargo, en los anales del colegio. Los exalumnos transmitían la historia a sus hijos y estos la verificaban con los profesores. La mejor parte era: ‘-Me empujaron, me empujaron.’

De la mano asesina nunca se supo. Entre agradecimiento y terror, todos callaron en un pacto que finalizaría con la muerte.

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Comentarios

Cabrónidas ha dicho que…
Menos mal que a semejante humano no le dio por ser militar o policía.
Nuria de Espinosa ha dicho que…
Qué fuerte y triste a la vez. Un abrazo
Héctor Herrera Neira ha dicho que…
Menos mal, es cierto. Un abrazo y muchas gracias por tu comentario.
Héctor Herrera Neira ha dicho que…
Celebro que te haya gustado, Nuria,. Saludos y que estés bien.
Federico Agüera ha dicho que…
Para ser profesor hay que tener vocación. Saludos
Federico Agüera ha dicho que…
Para ser profesor hay que tener vocación. Saludos
Héctor Herrera Neira ha dicho que…
Así es, estimado Federico: vocación. Un abrazo y que estés bien.