- Obtener enlace
- X
- Correo electrónico
- Otras aplicaciones
Vistas de página en total
2,339,489
Tus comentarios
Licencia Creative Commons
Este trabajo tiene licencia bajo CC BY-NC-ND 4.0
La última publicada
- Obtener enlace
- X
- Correo electrónico
- Otras aplicaciones
Cuentan
que era terrible. Todos la odiaban y nunca pude contar uno, ni siquiera uno,
que le guardase algún atisbo de afecto, aunque hubiese sido porque le regaló la
décima suficiente para aprobar el ramo y, con ello, pasar de curso o porque le
dirigió alguna vez una palabra de aliento o felicitación por una tarea bien
hecha. Inflexible, decía que el 7.0 era de Dios, que el 6.0 era suyo y que
recién el 5.0 era de los alumnos, si es que alguno podía llegar a esa nota.
Nunca
nadie supo si tenía familia o no; puede que la haya tenido, pero lo suyo no
pasaba por ‘en casa ordenada, trabajo feliz’. Cuando llegaba a la sala
golpeando el banco con el libro de clases para que todos se callaran, no
faltaba quién pensara: “- A esta vieja de nuevo no le tocó anoche. Es que ni
con copete le haría el favor.”
A
veces la naturaleza es sabia, pues compensa: a los feos, les (nos) da una
personalidad interesante; a los guapos, la pura cara. Así, a nadie le falta Dios.
Unos se emparejarán de atractivos; otros, de inteligentes. En ella, sin
embargo, el dicho perdía validez; si bien no era irremediablemente fea, nada
hacía por sacar lustre a sus encantos – que los debe haber tenido – sino hacía
lo contrario: se afeaba más, lo que unido a su cara de ‘no me miren ni me
hablen, cabros de m…, que a mí me pagan por esto, no lo hago por gusto’, justificaba el odio cerval que despertaba
entre los estudiantes.
Se
había ganado la fama con algunos hechos que relataré sucintamente: trazaba con
tiza en el suelo un rectángulo alrededor de su escritorio y prohibía que alguien
traspasase ese límite, sea por el motivo que fuese. Si alguno deseaba pasarle
una prueba, por ejemplo, lo obligaba a permanecer en el limbo y estiraba el
brazo para tomar el objeto en cuestión. Cuentan que esta rara costumbre se
originó años ha, cuando un grupo de chicos rodeó su escritorio y una mano
mágica brotó de en medio del remolino de carne y sangre juvenil y arrancó las
pruebas que pensaba aplicar al día siguiente. La tremolina que se armó en el colegio fue tal
que fue amonestada y se salvó de perder su trabajo solo porque era amiga íntima
del director. Y de las pruebas nunca más se supo. Menos del responsable. Se
juró, entonces, no permitir a estos ruines chicos acercarse a sus dominios.
Más
de alguna vez llamaba a un chico y le enrostraba: ‘- Usted está hediondo. No
entre a mi sala si no se baña antes’ y lo despachaba a Inspectoría. De nada
valían las órdenes rogadas del funcionario, pues se empecinaba en que ‘a estos
cabros hay que enseñarles higiene y urbanidad y yo no soy su mamá para
aguantarlos. O se baña el cochino o no entra’ y cerraba la puerta por dentro
dejando al paradocente con la nariz pegada en la madera y con una cara de ‘-Vieja
de m… ¿Qué se habrá creído?
Es
cierto que en su clase no volaba una mosca; todos se esforzaban por anotar
hasta sus suspiros, ya que el dictado era su fórmula para mantener al curso en
orden. Revisaba cuadernos y pobre que te faltara una coma, pues te hacía
agachar y te daba con un puntero en las nalgas que te dejaban aullando media
hora. Debías sentarte de lado por el escozor en los cachetes y soportar las
burlas de tus compañeros en el recreo. Los capirotazos sonaban con tal estruendo que
a más de algún desatento dejaban con dolor de cabeza toda la mañana, mientras
se paseaba por todos los pasillos de la sala controlando que escribieran.
Pobre
de algún apoderado que fuera a quejarse donde el Director: lo subía y bajaba
con tal estruendo que se enteraban hasta los vecinos del jaleo, que ‘es culpa
suya que no educa a sus hijos, que es un roto maleducado, que la letra con
sangre entra y otras frases para el bronce aprendidas en sus reflexiones llenas
de amargor.
Cierta
vez, una vez tocado el timbre para el recreo, bajaba con el libro, su cartera y
una bolsa llena de pruebas que debía entregar en otro curso. Adelante y atrás
se apiñaban los chicos que ansiaban salir al patio, tapando su vista de los
peldaños de abajo. Nadie sabe cómo, pero repentinamente perdió pie y se despeñó
diez peldaños guarda abajo yendo a depositar su frágil humanidad, envuelta
entre sus papeles, en el rellano de la escala, en medio de las risas de los
jóvenes.
Nadie
atinó a ayudarla; pasaron los segundos hasta que un chico, de los llamados ‘mateos’
se acercó y trató de levantarla. En medio de quejidos de dolor y casi
inconsciente, la mujer le hizo alto con la mano. Esperaron a los profesores que
venían igualmente bajando, quienes al ver la gravedad de su estado, llamaron a
Inspectoría para que se la llevara la ambulancia.
Ya
instalada en la camilla, solo murmuraba: - Me empujaron, me empujaron.
Seis
meses tardó en volver; y cuando lo hizo supimos la gravedad de su accidente. La
columna fracturada, unas cuantas costillas trizadas y su brazo izquierdo con
una seria luxación, además de numerosas magulladuras en manos y piernas.
Volvió
con la mirada envenenada, pero silenciosa. En silla de ruedas, conducida por un hijo – ahí supimos que sí los tenía - se entrevistó con el Director y
le informó que se acogería a jubilación por invalidez. No saludó a ninguno de
sus colegas y sus alumnos solo la vieron al pasar.
Quedó,
sin embargo, en los anales del colegio. Los exalumnos transmitían la historia a
sus hijos y estos la verificaban con los profesores. La mejor parte era: ‘-Me
empujaron, me empujaron.’
De
la mano asesina nunca se supo. Entre agradecimiento y terror, todos callaron en
un pacto que finalizaría con la muerte.
Derechos reservados. ©
Comentarios