- Obtener enlace
- X
- Correo electrónico
- Otras aplicaciones
Vistas de página en total
2,339,415
Tus comentarios
Licencia Creative Commons
Este trabajo tiene licencia bajo CC BY-NC-ND 4.0
La última publicada
- Obtener enlace
- X
- Correo electrónico
- Otras aplicaciones
X*
era Profesor de Matemáticas. Joven, decidió estudiar Pedagogía nadie sabe por
qué, ni él mismo. Tarde se dio cuenta de que ‘no tenía dedos para el piano’,
pues los chicos se le iban ‘en collera’ y su energía inagotable consumía su
paciencia al primer atisbo de revolución del desorden.
A
los eternos -¡Cállense!, ¡Siéntense!, ¡Trabajen!, se sumaban, sin piedad las
correcciones de pruebas que lo hacían desvelar, corrige que corrige, mientras
en su casa Morfeo se adueñaba de todos sus habitantes. Más encima, los avatares
del destino lo hicieron Profesor Jefe: conoció – y renegó en el acto – las
eternas reuniones de apoderados en las que, pese a los avisos por libreta y al
inicio, no faltaba la mamá que le contaba historias dolientes de su hija o
algún conflicto con una compañera. Así, la noche se desparramaba sobre la
ciudad y su cerebro; pasaba enrabiado y su carácter comenzó a cambiar. No sé si
fue este hecho o la acumulación de los anteriores, pero sí sé que a partir de
este momento su óptica cambió: cierto día, la jefa de UTP, una señora de
avanzada edad, y que se había quedado pegada en el tiempo del esténcil con
gelatina y la tiza, lo empezó a (per) seguir. Dale con ir
a ver sus clases y al final, la queja de siempre: - Debes controlar al curso.
Aunque, a decir verdad, nunca le dijo cómo o si se lo dijo, se le olvidó.
Preguntó
por ahí, a los Profesores más antiguos, cómo era la mentada jefa en sus años de
docencia (porque, cabe decirlo, desde hacía años que no se paraba en una sala
de clases) y supo que sus reprimendas
nacían de ‘la letra con sangre entra’, qué comprensión, empatía, cariño por los
alumnos, ¡las pinzas!, como decía ella (la traducción contemporánea de esa
expresión sería algo así como ¡A la chu…!) Si había que avergonzar a un niño,
lo hacía; si había que ‘parar el carro’ a un apoderado conflictivo, nadie mejor
que ella, si había que controlar al curso con mano dictatorial, ella era la
indicada. ‘Bestia’ era el apelativo más
cariñoso que recibía de sus colegas, quienes a sabiendas de que el poder
corrompe – y había ejercido esta innoble tarea en la pobre mujer, porque pobre
era, al fin y al cabo, pues nadie la quería – decían a sus espaldas cuando ella
exigía: - ¡Quién te vio y quién te viera! ‘, cuando oían sus arengas: hay que
escuchar a los papás, los niños son un
universo único e irrepetible y una larga sarta de inconsecuencias que jamás
puso en práctica. Negrera’ le decían
otros, pues los exprimía a sabiendas de que el terror es el más nefasto
consejero de la estabilidad laboral. Una mujer enfurecida e inestable es tan peligrosa como una bomba
atómica en manos de unos terroristas.
Ya
sentía terror cuando la divisaba en los pasillos del colegio, aunque sus amigos
más cercanos le trataban de infundir valor, esa vieja no te va a aterrorizar,
pero las arengas caían en terrenos áridos, así que lo pensó bien y renunció.
Como
era buen ‘profe’ ideó hacer clases particulares, para lo cual pegó carteles por
todos lados promoviendo sus servicios: “Clases particulares de Matemáticas. Voy
a domicilio. Celular…” De a poco fueron llegando los clientes, como los llamaba
graciosamente. A los dos meses, salía temprano y volvía muy tarde, a veces con
los bolsillos repletos de billetes, a veces, con cheques, pero nunca vacíos. Ya
no lidiaba con jefas ni alumnos inquietos que van a calentar asientos al
colegio, amparados por sus papitos forrados en billetes. Bien tratado, pues no
faltaban el cafecito, las galletitas, uno que otro ‘engañito’, comedores
calefaccionados y gente respetable. Nada de gritar, solo estudiar, solo
explicar. ¡Qué vida!
Se
dio cuenta, sin embargo, como buen matemático, de que podía optimizar su tiempo
comprándose un vehículo, pues trasladarse era un problema, ya que perdía tiempo
en ir de un lugar a otro, que los buses, que los colectivos, que las caminatas.
Optó por una moto, barata, de segunda mano, pero rendidora, escurridiza,
liviana. Ideal.
Salía
a las 8.00 de la mañana; a los costados de su moto, sendos bolsos con guías,
apuntes y pruebas. Ya era común verlo esquivando autos, mientras velozmente se
metía en medio de los tacos; había que cumplir rigurosamente sus horarios, todo
era signo peso.
Por
fin era feliz, ya que no debía lidiar con alumnos indisciplinados, gritos,
colegas mala onda, apoderados choros. Era su mundo.
(Continuará
con ‘Reverso’)
Derechos reservados. ©
Comentarios