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“Anverso” (Historia de un 'profe')




X* era Profesor de Matemáticas. Joven, decidió estudiar Pedagogía nadie sabe por qué, ni él mismo. Tarde se dio cuenta de que ‘no tenía dedos para el piano’, pues los chicos se le iban ‘en collera’ y su energía inagotable consumía su paciencia al primer atisbo de revolución del desorden. 


A los eternos -¡Cállense!, ¡Siéntense!, ¡Trabajen!, se sumaban, sin piedad las correcciones de pruebas que lo hacían desvelar, corrige que corrige, mientras en su casa Morfeo se adueñaba de todos sus habitantes. Más encima, los avatares del destino lo hicieron Profesor Jefe: conoció – y renegó en el acto – las eternas reuniones de apoderados en las que, pese a los avisos por libreta y al inicio, no faltaba la mamá que le contaba historias dolientes de su hija o algún conflicto con una compañera. Así, la noche se desparramaba sobre la ciudad y su cerebro; pasaba enrabiado y su carácter comenzó a cambiar. No sé si fue este hecho o la acumulación de los anteriores, pero sí sé que a partir de este momento su óptica cambió: cierto día, la jefa de UTP, una señora de avanzada edad, y que se había quedado pegada en el tiempo del esténcil con gelatina y la tiza, lo empezó a (per) seguir. Dale con ir a ver sus clases y al final, la queja de siempre: - Debes controlar al curso. Aunque, a decir verdad, nunca le dijo cómo o si se lo dijo, se le olvidó. 


Preguntó por ahí, a los Profesores más antiguos, cómo era la mentada jefa en sus años de docencia (porque, cabe decirlo, desde hacía años que no se paraba en una sala de clases) y supo que  sus reprimendas nacían de ‘la letra con sangre entra’, qué comprensión, empatía, cariño por los alumnos, ¡las pinzas!, como decía ella (la traducción contemporánea de esa expresión sería algo así como ¡A la chu…!) Si había que avergonzar a un niño, lo hacía; si había que ‘parar el carro’ a un apoderado conflictivo, nadie mejor que ella, si había que controlar al curso con mano dictatorial, ella era la indicada.  ‘Bestia’ era el apelativo más cariñoso que recibía de sus colegas, quienes a sabiendas de que el poder corrompe – y había ejercido esta innoble tarea en la pobre mujer, porque pobre era, al fin y al cabo, pues nadie la quería – decían a sus espaldas cuando ella exigía: - ¡Quién te vio y quién te viera! ‘, cuando oían sus arengas: hay que escuchar a los papás,  los niños son un universo único e irrepetible y una larga sarta de inconsecuencias que jamás puso en práctica. Negrera’  le decían otros, pues los exprimía a sabiendas de que el terror es el más nefasto consejero de la estabilidad laboral. Una mujer enfurecida e  inestable es tan peligrosa como una bomba atómica en manos de unos terroristas. 


Ya sentía terror cuando la divisaba en los pasillos del colegio, aunque sus amigos más cercanos le trataban de infundir valor, esa vieja no te va a aterrorizar, pero las arengas caían en terrenos áridos, así que lo pensó bien y renunció. 


Como era buen ‘profe’ ideó hacer clases particulares, para lo cual pegó carteles por todos lados promoviendo sus servicios: “Clases particulares de Matemáticas. Voy a domicilio. Celular…” De a poco fueron llegando los clientes, como los llamaba graciosamente. A los dos meses, salía temprano y volvía muy tarde, a veces con los bolsillos repletos de billetes, a veces, con cheques, pero nunca vacíos. Ya no lidiaba con jefas ni alumnos inquietos que van a calentar asientos al colegio, amparados por sus papitos forrados en billetes. Bien tratado, pues no faltaban el cafecito, las galletitas, uno que otro ‘engañito’, comedores calefaccionados y gente respetable. Nada de gritar, solo estudiar, solo explicar. ¡Qué vida!

Se dio cuenta, sin embargo, como buen matemático, de que podía optimizar su tiempo comprándose un vehículo, pues trasladarse era un problema, ya que perdía tiempo en ir de un lugar a otro, que los buses, que los colectivos, que las caminatas. Optó por una moto, barata, de segunda mano, pero rendidora, escurridiza, liviana. Ideal. 


Salía a las 8.00 de la mañana; a los costados de su moto, sendos bolsos con guías, apuntes y pruebas. Ya era común verlo esquivando autos, mientras velozmente se metía en medio de los tacos; había que cumplir rigurosamente sus horarios, todo era signo peso. 


Por fin era feliz, ya que no debía lidiar con alumnos indisciplinados, gritos, colegas mala onda, apoderados choros. Era su mundo. 


 (Continuará con ‘Reverso’)


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