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Circula por nuestros
campos, donde las leyendas y los chascarros están repletos de
sabiduría popular (recuerden a Sancho Panza, el inefable compañero de andanzas
del Caballero de la Triste Figura, con un dicho para cada acontecimiento) la
siguiente historia, palabras más, palabras menos:
Cierto campesino se despide
de su madre, pues se irá de juerga con sus amigos, luego de una larga y
agotadora semana de desbrozado de su terrenito, porque ya se acercaba a pasos
agigantados la época de siembra. Una vez acicalado, una ‘manito de gato’ por allá,
otra ‘manito de gato’ por acá, el mechón de pelo sobre la frente (‘coquetón’,
según sus cercanas), sus pantalones domingueros – aunque era sábado -, zapatos
lustrados con saliva y frotados vigorosamente hasta verse reflejado en ellos, una camisa de una blancura esplendorosa, solo
como los lavados en la artesa sabía hacer su madre, a puros golpes de jabón ‘Gringo’,
restriega que restriega, escobilla que escobilla, hierve que hierve, todo sea
para sacar el sebo que se adhiere al cuello y a los puños y que la ropa de su ‘bebé’
quede flamante, no vaya a ser que conozca a alguna chica y que se enamore y que
se case y que le dé nietos por fin.
Un sonoro beso en la
mejilla, un que te vaya bien y vuelve temprano y no curado, cuidado con las
acequias y con los hoyos ocultos entre tanto matorral y una larga sarta de
consejos y recomendaciones, para finalizar con un que lo pases muy bien, si
Dios quiere.
El joven campesino,
alborozado, se encaminó por los innumerables vericuetos de tanto bosque que
rodeaban su campito, como lo llamaba, mientras pensaba en que si algún día
conocería a la mujer de sus sueños, la mujer que quisiera ser la dueña de su corazón y la ‘patrona’ de su tierra. Muchos
nombres desfilaban por su mente, pero no
era regodeón. Le bastaba con que fuera trabajadora, limpia, atenta y linda, si
se podía.
Iba ensimismado cuando sintió
un sonoro mugido muy cerquita. No se inquietó, pues estaba acostumbrado a los
animales; miró a su derecha, lugar de donde provenía el sonido, y divisó a una
corpulenta vaca que lo miraba fijamente y rascaba el suelo con su pata derecha.
Prefirió solo por prudencia apartarse de su camino y viró a la izquierda, pero
la vaca le cerró el paso. No más de diez metros los separaban. Ella seguía
mirándolo. Comenzó a ponerse nervioso, no sabía por qué. ¿Será el ‘Malulo’,
pensó. No era extraño que tomase la apariencia de cualquier ser y se abatiese
sobre los vecinos, aunque sea solo con el afán de asustarlos.
Sin previo aviso, que no
haya sido el rascar con su pezuña el duro y pedregoso suelo, el animal se
abalanzó sobre él. Verlo y apretar fue una sola cosa. A como daban sus piernas
corrió por entre las zarzamoras, litres, pinos y toda la vegetación que por
allí abundaba. Miraba de reojo hacia atrás y veía que la vaca no cejaba en la
persecución, incluso en momentos
acortaba camino y se ponía más cerca. Tenía la ventaja de su liviandad, pero no
sabía qué pasaría si el cuadrúpedo lo alcanzaba. Prefería no pensarlo. Solo
correr.
Lo fue dejando atrás. Ya
cuando llegó a su casa, sea porque lo perdió, sea porque el animal se cansó, no
lo vio. Le contó a su madre y ella solo atinó a persignarse, creyendo que era
el ‘Malo’ quien acosaba a su hijo.
Al día siguiente, le contó a
su vecina en medio de exclamaciones religiosas cuando pronunciaba la palabra
vaca. Ella, en medio de risas, le dijo que esa vaca era propiedad del Mañungo,
y que sus cabros chicos la habían acostumbrado de vaquilla a correr detrás de
las personas. Y su hijo no sabía, pues pasaba metido en el campo.
Cuando le contó a su hijo la
historia, este se rió estruendosamente, tanto por miedo como por vergüenza.
Nunca más escaparía de ningún animal, se juramentó.
El sábado siguiente, después
de repetir el ritual, su madre se despidió con el consabido ‘si Dios quiere’, a
lo que él respondió: - Y la vaca no se opone.
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