Vistas de página en total

2,339,499

Tus comentarios

IMPRIMIR

Print Friendly and PDF

Licencia Creative Commons

Este trabajo tiene licencia bajo CC BY-NC-ND 4.0

La última publicada

Discurso del ascensor: La clave para presentar tus ideas con impacto

El Metro de 20:55 h




La estación Francia se ve casi repleta: decenas de personas esperan pacientemente el tren que los llevará, con una precisión de reloj suizo, hasta sus destinos.


La jornada ha sido larga; muchos, doce horas, entre los desplazamientos y trabajos. Sus rostros reflejan ese cansancio, pese a que algunos todavía mantienen ganas de conversar, seguramente son compañeros y nada mejor que hablar, precisamente, de trabajo. 

Ya es la hora. Bajan las barreras y un pitido intermitente indica que el tren se aproxima. En el recodo, potentes luces nos encandilan a medida de que el convoy ingresa al andén. Un señor de edad aprieta el sensor de las puertas correderas e ingresa atropelladamente al carro, mirando hacia todos lados en busca de un asiento desocupado. Masculla una maldición, pues no hay disponibles. A esta hora hay que tener mucha suerte para encontrar alguno.

Mientras la mayoría avanza hacia el pasillo, dos o tres se quedan en la puerta, rehuyendo  el medio, pues es el sitio predilecto de los cantantes y músicos. No hay función todavía, por lo que el viaje será placentero, por lo menos por ahora.

Cuento las anillas que cuelgan de un armazón verde del cielo raso: seis. Otras tantas van por cada lado del carro. No falta el torpe fisicoculturista que se cuelga de dos y flexiona el cuerpo, olvidando que son de uso público.  

Mirar al frente es encontrarse con los ojos de cualquiera, por lo que pocos lo hacen; la mayoría busca distraerse en mirar a un punto perdido, por las ventanas, hacia el mar que, aunque es de noche, sorprende la amplia bahía, iluminada por las numerosas y potentes luces de los buques anclados,  mientras que más de alguno mira el detalle de las estaciones puesto sobre las puertas de escape: Puerto con su remodelación atractiva y desodorizada, Bellavista, donde pasar bajo el puente es una tortura por el cúmulo de olores de los baños callejeros mañosamente quitados a la ciudad, Francia, pleno barrio universitario del que cualquier porteño se enorgullece, Barón, punto de entrada a la Avenida Argentina, Portales y los restoranes pesqueros, Recreo y ya nos adentramos en la Ciudad Jardín: Miramar, Viña del Mar, Hospital, Chorrillos y El Salto se suceden rápidamente y el tren circula por el subsuelo. Se pierde la señal de la radio y lo mejor es observar alrededor. El carro va repleto, aunque nunca como el de Santiago. 

Y comienza la musiquilla. –Puta,  qué canta mal este huevón – escucho decir a mi vecino de manilla. Presto oído, a decir verdad, con gran esfuerzo, pues me dan alergia estos tipos que se dicen artistas y es verdad que canta muy mal. Hoy cualquiera se pone el cartel de cantante callejero y, premunido de un instrumento, le da por  alardear de sus escasas dotes, todo sea por una moneda que ingenuamente le da el estudiante, el trabajador o la secretaria, ignorando que el tipo en una noche gana más que en tres de sus días. 


La mirada va y viene del rapero de gorro vistoso y sus pantalones por el suelo,  y el anciano con mameluco de empresa de aseo, premunido de una escoba y una pala, que se afirma con dificultad en el pasamano vertical, resistiendo como puede los vaivenes del convoy.

La joven mujer tenía la mirada fija en un punto. Pensé que el anciano era objeto de su curiosidad; hice esfuerzos por adentrarme en el corazón de la atractiva para saber algo más: 

“Lo odio. Tiró por la ventana cuatro años de promesas por una huevona que se metió al cuete. ¿Cómo tan maricón? ¿Qué le costó decirme que había problemas entre nosotros, que no se sentía bien, que faltaba comunicación? Su traición, porque eso es lo que hizo, es como un hachazo en el cuello. ¿Qué será de mi vida ahora? 

Estuve tentado de decirle que el dolor pasaría, que era una mujer hermosa, aunque cuando se ama a una mujer es la más hermosa del mundo, que  por algo pasan las cosas, que es mejor estar solo que mal acompañado y un sinfín de razones, algunas más originales que otras, pero todas tenían como denominador común sacarla de su pena, pero me arrepentí. Es necesario guardar luto, soportar la pena, sufrir dolor, pues así se renueva el alma. Los dolores del corazón pasan, y esto lo aprendí muy joven, así que estoy, creo, ducho en esta materia, aunque nunca se sabe. ‘Un clavo saca a otro clavo’ le diría el inefable Sancho Panza, para rematar el cierre de su pena y retomar el camino.

La rubia, afirmada con ambas manos,  parecía que miraba el mar, pero sus ojos extraviados hacían ver que pensaba:

“Mi hermanito se fue de mi vida. Un infarto lo hizo desplomarse en un segundo, casi en mis brazos. Nunca más recuperó la conciencia. Pero no sufrió en la escasa agonía que tuvo. Gracias a Dios, nunca he quedado en deuda con mi familia, porque somos de decirnos todos los días que nos amamos. Así pasó con mis padres, que fallecieron el año pasado. Solo tengo que vivir el luto. Recuerdo a una amiga que hizo sufrir decepción tras decepción a sus papás: le pagaban cuánta carrera había en el mercado, le regalaron un auto y le daban una mesada que más parecía un sueldo de cualquier persona de clase media. Vivía con ellos y nada le faltaba. Se liaba con el que llegaba y parrandeaba más que estudiaba, con lo que no era extraño que al final del año saliera de la carrera y buscara otra opción. Se hizo amiga de una chica de su edad, pero casada, aunque con más problemas con su matrimonio que huía de la rutina y salían juntas. Así pasaron los años; sus padres envejecieron y las arrugas que surcaban sus rostros eran muestras del dolor por la hija inmadura más que por la edad. Hoy, cosa curiosa, se casó con un hombre mucho mayor que ella en un intento, creo, por hacer feliz a alguien parecido a su padre, con el que quedó en deuda.

Mientras tanto, el vendedor de maní en todos sus tipos, premunido de un canasto, ofrecía su producto, pasando con notoria dificultad por entre los atestados carros. Más allá, un vendedor de alfajores, otro de cocadas, panes integrales, cuchuflíes, los que se pasean por los dos carros de extremo a extremo, esperando que la llegada a la estación Quilpué renueve la clientela. El convoy serpentea por la vía y muchas veces divisamos, desde lo alto, las luces de Viña. Diez minutos, a lo sumo, separan ambas ciudades y el corazón apura el ritmo pues presiente que el calor hogareño aguarda.

Derechos reservados. ©

Comentarios