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La
estación Francia se ve casi repleta: decenas de personas esperan pacientemente
el tren que los llevará, con una precisión de reloj suizo, hasta sus destinos.
La
jornada ha sido larga; muchos, doce horas, entre los desplazamientos y trabajos.
Sus rostros reflejan ese cansancio, pese a que algunos todavía mantienen ganas
de conversar, seguramente son compañeros y nada mejor que hablar, precisamente,
de trabajo.
Ya
es la hora. Bajan las barreras y un pitido intermitente indica que el tren se
aproxima. En el recodo, potentes luces nos encandilan a medida de que el convoy
ingresa al andén. Un señor de edad aprieta el sensor de las puertas correderas
e ingresa atropelladamente al carro, mirando hacia todos lados en busca de un
asiento desocupado. Masculla una maldición, pues no hay disponibles. A esta
hora hay que tener mucha suerte para encontrar alguno.
Mientras
la mayoría avanza hacia el pasillo, dos o tres se quedan en la puerta,
rehuyendo el medio, pues es el sitio
predilecto de los cantantes y músicos. No hay función todavía, por lo que el
viaje será placentero, por lo menos por ahora.
Cuento
las anillas que cuelgan de un armazón verde del cielo raso: seis. Otras tantas
van por cada lado del carro. No falta el torpe fisicoculturista que se cuelga
de dos y flexiona el cuerpo, olvidando que son de uso público.
Mirar
al frente es encontrarse con los ojos de cualquiera, por lo que pocos lo hacen;
la mayoría busca distraerse en mirar a un punto perdido, por las ventanas,
hacia el mar que, aunque es de noche, sorprende la amplia bahía, iluminada por
las numerosas y potentes luces de los buques anclados, mientras que más de alguno mira el detalle de
las estaciones puesto sobre las puertas de escape: Puerto con su remodelación
atractiva y desodorizada, Bellavista, donde pasar bajo el puente es una tortura
por el cúmulo de olores de los baños callejeros mañosamente quitados a la ciudad,
Francia, pleno barrio universitario del que cualquier porteño se enorgullece,
Barón, punto de entrada a la Avenida Argentina, Portales y los restoranes
pesqueros, Recreo y ya nos adentramos en la Ciudad Jardín: Miramar, Viña del
Mar, Hospital, Chorrillos y El Salto se suceden rápidamente y el tren circula
por el subsuelo. Se pierde la señal de la radio y lo mejor es observar
alrededor. El carro va repleto, aunque nunca como el de Santiago.
Y
comienza la musiquilla. –Puta, qué canta
mal este huevón – escucho decir a mi vecino de manilla. Presto oído, a decir
verdad, con gran esfuerzo, pues me dan alergia estos tipos que se dicen
artistas y es verdad que canta muy mal. Hoy cualquiera se pone el cartel de
cantante callejero y, premunido de un instrumento, le da por alardear de sus escasas dotes, todo sea por
una moneda que ingenuamente le da el estudiante, el trabajador o la secretaria,
ignorando que el tipo en una noche gana más que en tres de sus días.
La
mirada va y viene del rapero de gorro vistoso y sus pantalones por el suelo, y el anciano con mameluco de empresa de aseo,
premunido de una escoba y una pala, que se afirma con dificultad en el pasamano
vertical, resistiendo como puede los vaivenes del convoy.
La joven
mujer tenía la mirada fija en un punto. Pensé que el anciano era objeto de su
curiosidad; hice esfuerzos por adentrarme en el corazón de la atractiva para
saber algo más:
“Lo
odio. Tiró por la ventana cuatro años de promesas por una huevona que se metió
al cuete. ¿Cómo tan maricón? ¿Qué le costó decirme que había problemas entre
nosotros, que no se sentía bien, que faltaba comunicación? Su traición, porque
eso es lo que hizo, es como un hachazo en el cuello. ¿Qué será de mi vida
ahora?
Estuve
tentado de decirle que el dolor pasaría, que era una mujer hermosa, aunque
cuando se ama a una mujer es la más hermosa del mundo, que por algo pasan las cosas, que es mejor estar
solo que mal acompañado y un sinfín de razones, algunas más originales que
otras, pero todas tenían como denominador común sacarla de su pena, pero me
arrepentí. Es necesario guardar luto, soportar la pena, sufrir dolor, pues así
se renueva el alma. Los dolores del corazón pasan, y esto lo aprendí muy joven,
así que estoy, creo, ducho en esta materia, aunque nunca se sabe. ‘Un clavo
saca a otro clavo’ le diría el inefable Sancho Panza, para rematar el cierre de
su pena y retomar el camino.
La
rubia, afirmada con ambas manos, parecía
que miraba el mar, pero sus ojos extraviados hacían ver que pensaba:
“Mi
hermanito se fue de mi vida. Un infarto lo hizo desplomarse en un segundo, casi
en mis brazos. Nunca más recuperó la conciencia. Pero no sufrió en la escasa
agonía que tuvo. Gracias a Dios, nunca he quedado en deuda con mi familia,
porque somos de decirnos todos los días que nos amamos. Así pasó con mis
padres, que fallecieron el año pasado. Solo tengo que vivir el luto. Recuerdo a
una amiga que hizo sufrir decepción tras decepción a sus papás: le pagaban cuánta
carrera había en el mercado, le regalaron un auto y le daban una mesada que más
parecía un sueldo de cualquier persona de clase media. Vivía con ellos y nada
le faltaba. Se liaba con el que llegaba y parrandeaba más que estudiaba, con lo
que no era extraño que al final del año saliera de la carrera y buscara otra
opción. Se hizo amiga de una chica de su edad, pero casada, aunque con más
problemas con su matrimonio que huía de la rutina y salían juntas. Así pasaron
los años; sus padres envejecieron y las arrugas que surcaban sus rostros eran
muestras del dolor por la hija inmadura más que por la edad. Hoy, cosa curiosa,
se casó con un hombre mucho mayor que ella en un intento, creo, por hacer feliz
a alguien parecido a su padre, con el que quedó en deuda.
Mientras
tanto, el vendedor de maní en todos sus tipos, premunido de un canasto, ofrecía
su producto, pasando con notoria dificultad por entre los atestados carros. Más
allá, un vendedor de alfajores, otro de cocadas, panes integrales, cuchuflíes,
los que se pasean por los dos carros de extremo a extremo, esperando que la
llegada a la estación Quilpué renueve la clientela. El convoy serpentea por la
vía y muchas veces divisamos, desde lo alto, las luces de Viña. Diez minutos, a
lo sumo, separan ambas ciudades y el corazón apura el ritmo pues presiente que
el calor hogareño aguarda.
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