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“Filippo: historia de un gato”




Me llamo Filippo; en realidad, es el nombre que me pusieron cuando rompí una dolorosa etapa de mi azarosa existencia y comencé esta vida de gatos, dirán, aunque no sé qué significado tiene, porque si se refiere a la que llevo, ingrato sería quejarme. 

De mis primeros dos meses a veces ni siquiera quiero hablar; es más, si pudiera, los olvidaría y cambiaría mi fecha de nacimiento a cuando llegué a esta casa. Por ellos, a veces se nubla mi cabeza y vuelvo a sentir el mismo temor de antaño, sobre todo cuando algún desconocido llega a mi hogar. Primero, me oculto y lo miro desde lejos; luego, cuando veo que me ignora o a lo más me dice “-¡Qué lindo el gatito! Ven, cuchito, cuchito”, me acerco, lo olfateo y después sigo con mi vida. No “Huele a peligro”, como diría Myriam Hernández.  No es que sepa mucho de música, pero entre los gustos de mi amo y de su (mi) familia, me manejo algo.

Nací junto a varios hermanos alrededor de abril del año pasado, muy a pesar de mi antigua dueña, una señora que se decía amante de los animales (hasta el apelativo “animal” está desprestigiado: hoy, el más bruto ser humano es un animal, animal es que golpea a las mujeres, animal es el que acosa a un compañero en el colegio, animal es el que torea, el que marca vacunos a fuego y un sinfín de conductas animales, de las cuales me excluyo, pues solo soy una mascota, algo asustadiza, pero agradecida), porque, de acuerdo a lo que escuché cuando mis hermanos y yo vimos la luz del día, ya era su costumbre desprenderse de las camadas de mi mamá. ¿Pasé hambre? Gracias a mi madre gatuna pude sobrevivir, pero vi cómo algunos de mis siete hermanos se iban quedando en el camino, sea por el frío, sea por los gritos y golpes que nos daba la señora, sea porque nos dejaba salir y los autos jugaban a los palitroques con nosotros. 

Lo pensé, es cierto, pues no le veía futuro a mi vida en estas condiciones. Cuando dejara de contar con el alimento y abrigo de mi madre, ignoro qué pasaría con mi gatuna vida, por lo que comencé a albergar en mi mente la idea de marcharme. ¿Será fruto del espíritu de mi padre, a quien nunca conocí? Mi madre gustaba, o no gustaba, sino debía buscar su alimento, pues su ama no la recordaba sino a veces, de salir a recorrer el vecindario, donde más que conocer era tomada literalmente por cuanto macho pululaba por los techos y recovecos de la población donde vivía y así cada cierto tiempo daba a luz camadas y camadas de hermanitos que nunca conocí y probablemente no sobrevivieron.

Un buen día, y digo bueno porque se darán cuenta más adelante, decidí emprenderlas con mi humanidad (o “gatidad”, para ser fiel a los conceptos, herencia de mi nuevo y definitivo amo) en busca de un futuro mejor, aunque sea – y me conformo con ello – para tener comida y refugio seguros. 

Así fue como un día nublado, pleno invierno, decidí iniciar el viaje a donde mi pequeño y naciente instinto me llevase. No me pregunten las calles, pues los gatos no sabemos leer, aunque tenemos olfato y vista súper desarrollados; lo único que recuerdo es que deambulé por algunas, evitando a la plaga que los humanos denominan “perros callejeros”, fruto también de la civilización. Más de alguno me persiguió con muy malas intenciones, pero supe escabullirme, no sin sudar la gota gorda a raudales.

Ya cansado y hambriento, vi una casa blanca; me dije: –Acá me recibirán. No lo dudo. Un perro –perrazo, mejor dicho – me ladró con cara de pocos amigos, pero vi algo de temor en sus ojos, quizá porque lo intimidó mi prestancia, ahora me río, pero en ese momento lo que menos tenía eran ganas de hacerlo. Me acerqué como pude a la reja y me agarré con mis uñas pequeñas a un enrejado de alambre fino que la recubría. 

A los ladridos salió un señor, quien llamó a su hija. Mientras él sujetaba del collar al perro, ella quiso rescatarme, pero asustado arranqué al fondo del patio. 

Sé que me buscaron por todos los vericuetos posibles, mientras yo estaba aferrado como podía, con mis pequeñas garras,  a la parte trasera de una puerta, oculto en un pequeño espacio. Un bultito blanco con salmón se mimetiza con muchos objetos, por lo que era difícil verme, es cierto. Cuando ya se daba por vencido, mi futuro amo movió la puerta y me vio. Me tomó y me entró en la casa. Debo reconocer que mi corazoncito latía a mil, pero ya  ni siquiera tenía fuerzas para resistir. El hambre, el susto  y el frío dominaban mis sentidos. 
Su hija, una joven muy tierna de ojos preciosos, me acurrucó, me alimentó con leche tibia y me preparó una cama con una caja de cartón a la que agregó telas suaves y abrigadoras. Allí pude dormir no sé cuántas horas; cada tanto, me tomaba, acariciaba y daba leche. 

A las dos semanas, ya podía salir de la caja, lo que aprovechaba para deambular por la amplia casa, pero cada ruido, la aspiradora, la juguera, un movimiento brusco, un movimiento de cortina bastaban para que corriera asustado bajo la cama de mi ama. Es y seguirá siendo mi refugio, mi sitio predilecto, es mi cuna de gato recién nacido.

Alguien le dijo a mi amo que yo los había escogido, porque sé que pensaron darme en adopción. Mi presencia los complicaba por diversas razones, atendibles todas, pero al final decidieron dejarme, pues yo los protejo de las malas vibras y siempre lo haré.

Hoy ya tengo un año. Salvo por un par de pisotones casuales de mi amo (es algo torpe, hay que reconocerlo), mi vida es singularmente feliz: me sobran cariño, alimento y abrigo. No trabajo, aplicando el dicho de ‘gato de chalet’;  a lo más,  corro por toda la casa, subiendo y bajando muebles, camas y persiguiendo cuanto cordel y juguete minúsculo veo.  
Es mi familia. Y la amo. El Dios Gato vela por mí. Y yo velo por mi familia. 

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Comentarios

Marcos ha dicho que…
Me ha parecido un bello texto donde la originalidad de ser narrado en primera persona por un gato es muy de agradecer. Eso añade frescura y hace más divertida la historia. Tuvo una gran suerte el gatito por encontrar al fin a unos humanos generosos que lo trataban con cariño, gracias a lo cual el pequeño felino adoptó un tipo de vida relajado y feliz.
Saludos cordiales.
Héctor Herrera Neira ha dicho que…
Justamente, Marcos. Los animalitos son seres sintientes, dicen los expertos, y Filippo así lo demostró. No los escogemos, sino ellos nos eligen.

Un abrazo y me complace que te haya gustado. Saludos.