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Y* era uno de esos anónimos Profesores
municipales. De esos que trabajan de sol a sombra, de los que hacen esfuerzos
indecibles por subsistir en la jungla educativa de los liceos vulnerables, allá
donde el verbo enseñar más que un goce es un acto de heroísmo, donde
contaminarse con la decepción y el desencanto son facetas del diario vivir y un
riesgo inevitable como resfriarse en invierno, donde entras y sales con la
cabeza gacha, los pantalones raídos y el alma doliente. Es acá donde piensas
‘por qué mierda estudié esto’ y no sirven las promesas de cuanto gobernante
populista aparece diciendo que eres el
engranaje más importante de la sociedad, que hay una deuda histórica, que eres
fundamental en el progreso del país u otras por el estilo. Nada de eso sirve
cuando las cuentas se agolpan bajo la puerta y vives con cuanto crédito está a
tu alcance. Todo esto lo pensaba mientras calentaba su
almuerzo en esos potes plásticos de margarina; las más, ni siquiera alcanzaba a
entibiarlo, tales eran la premura de su vida y la escasez de hornos.
Con
sus 44 horas semanales, que ni parecidas son a las 45 frente al mostrador, en
la sala de espera del hospital, ni dirigiendo el tránsito ni siquiera apagando
el fuego de un cerro; era Profesor Jefe, ad honórem, o sea, por los aplausos,
lo que exigía revisar promedios, normalmente mal sacados, citar apoderados,
entrevistarse con chicos y quedarse a reunión hasta muy tarde. Comenzaba
temprano el lunes con el curso más fiero: el 7° Básico B, chicos que venían de
otros colegios y demostraban en la práctica que no llevaban ni de asomo la
identidad de los liceanos mayores: bostezaban con la boca abierta, eructaban,
se pedaban con todo desparpajo, de cinco palabras 4 eran garabatos, la madre y
la ‘vieja Julia’ servían para referirse tanto a la colación como a la
Inspectora, indistintamente, despreciaban los porotos con riendas por un
grasoso completo y ni miraban la leche caliente con esas galletas duras pero
nutritivas que daba la JUNAEB.
Hacerlos
callar era una proeza, mezclaba el afecto con el rigor, siéntate bien, escribe,
tápate la boca, suénate, saluda, despídete, da las gracias, pide por favor, apaga
el celular y un sinfín de instrucciones más de urbanidad que de pedagogía.
Había que educarlos, formarlos, lo que aprendió de muchos de sus Profesores,
los mismos que dieron su vida por el ejercicio docente y que murieron,
¿olvidados?, no, recordados por aquellos alumnos que llegaron a ser más que sus
padres, pues así se mide el progreso familiar.
Y
así toda la semana: mañana y tarde, hora tras hora. No tenía tiempo para
corregir ni planificar, por lo que la jornada seguía en su casa, en un ciclo
que no acababa. Dos horas que repartía en ver a sus dos hijos, una frugal once,
pan con huevos revueltos con cebolla o tomate, una que otra vez un jamoncito
barato, ver los contenidos que debía pasar al día siguiente, mirar unas cuantas
pruebas y a la calle de nuevo. Caminaba dos cuadras, se encaramaba al auto de
un amigo, no sin antes ponerle un cartel sobre el techo, y emprendía rumbo a
Viña por el Troncal, el cordón umbilical que une el interior con el litoral.
Así hasta las dos de la mañana. Una y otra vez, lidiando con curados, con
mujeres ‘reclamonas’, con fulanos que ocupaban más de un asiento y pagaban un
pasaje, con niñitos comiendo a vista y paciencia de sus papás, esquivando buses
y vehículos particulares, todo sea por ganar algunos pesos más, es que las
necesidades son muchas y la plata poca.
Terminada
la jornada, a contar lo ganado, un porcentaje fijo para su amigo, el resto para
él. Con los bolsillos algo más llenos, a ‘patita’ a su casa, donde todos
dormían, salvo su señora que lo esperaba con un tecito caliente. Unos minutos
de ‘conversa’ y a dormir. Así hasta el fin de semana.
La
desesperanza general, sin embargo, chocaba contra su carácter templado a fuerza
de saber que así como se empecinaba en enseñar, había otros ‘profes’ que hacían
lo propio con sus hijos y la reciprocidad era lo menos que podía dar. Enseñó
desde chicos a sus hijos que el Profesor’, ‘tío’ lo llamaban algunos, es
sagrado, que es un tipo como él, con familia, con esperanzas y dolores, así
como él, y cuando se portaran mal pensaran en qué dirían ellos si vieran a
chicos portándose mal con su propio papá. Nadie me paga – decía – por lo que
hago. Lo hago por vocación, aunque con la pura vocación no vivo, es cierto,
reconocía con un dejo de resignación. Pero lo hago con amor, que es lo que
importa. Soy – decía parafraseando a “Detachment”, una película que caló hondo
en su corazón, protagonizada por un Profesor que llega a hacer clases a un
colegio secundario norteamericano y se enfrenta a serios problemas – uno de los
pocos que los puede ayudar, aunque a veces ni sepan qué significa eso. Soy uno
de los pocos que los puede hacer salir de su ignorancia y mostrarles que pueden
ser profesionales.
Aunque
su situación no era singular, pues sabía de colegas que trabajaban de garzones,
dependientes en tiendas, vendedores de alfajores, ropa, perfumes, quesos,
mermeladas, frutos secos y diversos productos, todo fuera para aumentar sus
escuálidos ingresos, no pensaba en abandonar sus tareas docentes, pues les
tenía cariño a los chicos y sabía que si no fuera por la escasa educación
recibida, se perderían.
Los
fines de semana el trabajo en el colectivo era agobiante, pero no despreciable:
tantos jóvenes que venían a la Ciudad Jardín suponía mucho movimiento y harto
dinero. Lo asumía con esperanza y hacía esfuerzos sobrehumanos para no dormirse
al volante, pues la rutina de la carretera lo hacía caer en la somnolencia.
Tantas veces recorría la ruta que conocía cada curva, cada bache, cada pista,
como la palma de su mano, como los
dolores de su vida restringida.
(Continuación de ‘Anverso’)
Concluirá.
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