- Obtener enlace
- X
- Correo electrónico
- Otras aplicaciones
Vistas de página en total
2,339,489
Tus comentarios
Licencia Creative Commons
Este trabajo tiene licencia bajo CC BY-NC-ND 4.0
La última publicada
- Obtener enlace
- X
- Correo electrónico
- Otras aplicaciones
Era
maciza, de andar casi masculino. Imponía terror a sus compañeros de curso, los
mismos que molestaban a cuanto alumno nuevo
se apareciera por el colegio, pero que ante ella agachaban la cabeza en
señal de sumisión. No temía agarrarse a combos con el que le echara la
choreada. Dicen que pegaba como patada de mula. Muchas veces, debimos separarla
en medio de remolinos de polvo, agarrada de las mechas y con las narices ensangrentadas,
en medio de los gritos de sus barristas ¡Chocolate! ¡Chocolate!, en clara
alusión al premio mayor de las riñas: la sangre. Es que el físico es primordial
en cualquier establecimiento. Enseñar la corpulencia o la estatura es signo
Pare ante cualquier intento de acoso escolar. Y ella lo disfrutaba. A veces,
solo por presumir, o comprobar si mantenía vigentes sus condiciones, hacía ademán
de dirigirse a alguno, pero se quedaba en el intento, pues veía la reacción atemorizada
de su interlocutor.
Faltó
un día, dos, tres, una semana. Y él se inquietó por su ausencia, pues era de
las que jamás faltaba. Vivía en el campo, en lo que se llama campo: no viajaba
en el destartalado microbús, de esos que dan de baja en las grandes ciudades y
mandan a los pueblecitos a morir entre campesinos y mujeronas fornidas, ágiles
y de piernas torneadas, sino llegaba y se iba caminando, vivía a la vuelta de
la loma, como se usa en el campo. En un
recreo, lo llama a grito pelado el Inspector: un apoderado quería conversar con
él.
Entre
molesto y resignado, pues si algo le cargaba era atender a mamás y papás a
cualquier hora, se dirigió a la secretaría. Allí, una señora todavía joven, a
quien no conocía, lo saludó y se dispuso a contarle el objeto de su visita.
Mi
hija no vino (quién diablos era su hija, y se exprimió el cerebro para saber
quién m… era, y se acordó de la mala costumbre de algunas personas que nombran
personas como si uno las conociera), le dijo, porque tuvo guagua. ¡Qué! Tuvo
guagua, repitió, masticando las sílabas, con una expresión indefinible en su
rostro. Cómo está, bien, gracias a Dios, no sabía, pues nunca la vi gorda y se
‘mejoró’ en el baño, el crío está bien, sanito y gordito, es mamón y
lloroncito.
Ahora
recordó, pues era la alumna maceteada, la que se les paraba a alumnos de cursos
superiores. Quién es el papá, se atrevió a preguntar. No sé, me dijo que la
habían violado y que nunca lo iba a saber. ¿A ella? No le creyó, pues se la
imaginó en la escena y movió la cabeza, era inimaginable ver a la muchacha,
cual luchadora, dejándose arrasar por algún varón.
A
las dos semanas volvió: silenciosa, parca, huraña, algo había perdido con el
parto, quizá su agilidad, quizá la transparencia de su fisonomía.
Años
más tarde, no recuerda por quién, supo que el autor era el padrastro, un huaso
bueno p’al trago, pendenciero y vagabundo, que así como llegaba se iba y
volvía, sin avisar a nadie y que, cuentan las malas lenguas, se había
emparejado con la señora solo porque le había echado el ojo a la hija.
Ya
dejé el campo. Hace años que no sé de ella, aunque me ronda cada tanto que la
mocosa le dio la pasada a su padrastro. No pudo haber sido de otra manera. Debo
ser malpensado. Que Dios me perdone.
Derechos
reservados. ©
Comentarios