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Discurso del ascensor: La clave para presentar tus ideas con impacto

De padre des (conocido)




Era maciza, de andar casi masculino. Imponía terror a sus compañeros de curso, los mismos que molestaban a cuanto alumno nuevo  se apareciera por el colegio, pero que ante ella agachaban la cabeza en señal de sumisión. No temía agarrarse a combos con el que le echara la choreada. Dicen que pegaba como patada de mula. Muchas veces, debimos separarla en medio de remolinos de polvo, agarrada de las mechas y con las narices ensangrentadas, en medio de los gritos de sus barristas ¡Chocolate! ¡Chocolate!, en clara alusión al premio mayor de las riñas: la sangre. Es que el físico es primordial en cualquier establecimiento. Enseñar la corpulencia o la estatura es signo Pare ante cualquier intento de acoso escolar. Y ella lo disfrutaba. A veces, solo por presumir, o comprobar si mantenía vigentes sus condiciones, hacía ademán de dirigirse a alguno, pero se quedaba en el intento, pues veía la reacción atemorizada de su interlocutor.


Faltó un día, dos, tres, una semana. Y él se inquietó por su ausencia, pues era de las que jamás faltaba. Vivía en el campo, en lo que se llama campo: no viajaba en el destartalado microbús, de esos que dan de baja en las grandes ciudades y mandan a los pueblecitos a morir entre campesinos y mujeronas fornidas, ágiles y de piernas torneadas, sino llegaba y se iba caminando, vivía a la vuelta de la loma, como se usa en el campo.  En un recreo, lo llama a grito pelado el Inspector: un apoderado quería conversar con él. 


Entre molesto y resignado, pues si algo le cargaba era atender a mamás y papás a cualquier hora, se dirigió a la secretaría. Allí, una señora todavía joven, a quien no conocía, lo saludó y se dispuso a contarle el objeto de su visita.


Mi hija no vino (quién diablos era su hija, y se exprimió el cerebro para saber quién m… era, y se acordó de la mala costumbre de algunas personas que nombran personas como si uno las conociera), le dijo, porque tuvo guagua. ¡Qué! Tuvo guagua, repitió, masticando las sílabas, con una expresión indefinible en su rostro. Cómo está, bien, gracias a Dios, no sabía, pues nunca la vi gorda y se ‘mejoró’ en el baño, el crío está bien, sanito y gordito, es mamón y lloroncito.


Ahora recordó, pues era la alumna maceteada, la que se les paraba a alumnos de cursos superiores. Quién es el papá, se atrevió a preguntar. No sé, me dijo que la habían violado y que nunca lo iba a saber. ¿A ella? No le creyó, pues se la imaginó en la escena y movió la cabeza, era inimaginable ver a la muchacha, cual luchadora, dejándose arrasar por algún varón. 


A las dos semanas volvió: silenciosa, parca, huraña, algo había perdido con el parto, quizá su agilidad, quizá la transparencia de su fisonomía.


Años más tarde, no recuerda por quién, supo que el autor era el padrastro, un huaso bueno p’al trago, pendenciero y vagabundo, que así como llegaba se iba y volvía, sin avisar a nadie y que, cuentan las malas lenguas, se había emparejado con la señora solo porque le había echado el ojo a la hija


Ya dejé el campo. Hace años que no sé de ella, aunque me ronda cada tanto que la mocosa le dio la pasada a su padrastro. No pudo haber sido de otra manera. Debo ser malpensado. Que Dios me perdone.



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