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Subió
al carro apenas se abrió la puerta. A esa hora, la aglomeración se producía en las
estaciones de la Ciudad Jardín, por lo que se dio tiempo para escoger dónde
sentarse. Ya iba con los audífonos puestos, y observó a su alrededor mientras
la voz de Selena Gómez sonaba acariciadora: ‘I'm on my 14 carats/ I'm 14 carat/
Doing it up like Midas’ (Tengo 14 quilates,/soy (oro de) 14 quilates (oro
pobre, con un 60% de pureza)./lo hago como el Rey Midas).
Al
frente, una mujer joven, de vestimenta ‘hippie’, lo miró fijamente, casi con
atrevimiento. Él bajó la vista, perturbado. La volvió a mirar y ella seguía
fijos sus ojos en los suyos. Desvió la vista y se concentró en los alrededores,
aunque sentía el desafiante imán, como un llamado. En un descuido, la miró:
llevaba un libro abierto en su regazo, que descansaba en su falda amplia,
mientras leía, o parecía hacerlo. Intentó ver el título, pero el temor lo hizo
desistir. Se dio cuenta de que ella lo observaba por el reflejo del ventanal.
¿Y si fuera loca y le dijera por qué me miras? Creyó ver una imagen de
Siddhartha en la portada, pero fue solo una presunción, quizá porque quiso
relacionarlo con su apariencia. Apartó la vista y se concentró en un chico que
venía llegando de otro carro; urgido, el muchacho se paró cerca de una
jovencita que lo ignoró abiertamente. Acá hay lío, se dijo, y con disimulo los
miró. Mientras se secaba el sudor que corría por su frente, el joven sacó una
botella y apuró unos sorbos. ¿Jugo?
¿Bebida? ¿En botella de cristal? Curioso, la verdad.
Algo
le dice y ella, cómo; le repite la pregunta, la misma respuesta. Se está
haciendo la desentendida. Pobre chico, pobre chica, ¿Cuál de los dos pobre?
La
desesperación se observa en el rostro del chico. Se mueve al respaldo del mismo
asiento de su amiga y prosigue hablándole. Ella sigue con la misma actitud,
cómo, qué. Desesperante. Cada tanto se digna en responderle algo más que
monosílabos, pero con una estudiada indiferencia. Mientras, se toca la cara, se alisa el pelo y
se arregla los lentes. Los tres pasajeros restantes disimuladamente siguen
atentos a la situación.
Luego
de extenuantes intentos, la jovencita le dirige la palabra y baja la guardia.
Comienza a conversar algo más fluidamente con él. La constancia pudo más y tuvo
su premio.
El
vagón se ha llenado, más y más personas ingresan atropelladamente, a sabiendas
de que no hay asientos disponibles. Pienso que cada vez nos parecemos más a los
capitalinos, que hacen de su vida la rapidez, la rutina acelerada, el no
solazarse en la quietud del silencio, de la sola observación.
Una señora,
venga, puede sentarse acá, le cede el lugar y se dirige a la puerta de salida.
Ni siquiera mira a la ‘hippie’, aunque siente clavados sus ojos en la espalda y
una reconvención, por qué huyes, me temes. Mientras, los dos jóvenes ya charlaban
animadamente.
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