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El chico gitano y el consomé de pollo





Siete y treinta de la tarde, centro de Quilpué. En un perímetro de no más de ocho cuadras a la redonda borbollea la gente que va y viene en un intento inconfesable de imitar como casa de muñecas a la gran capital, la metrópoli que dicta modelos y rutinas.

El sol ya toca a tregua, alumbrando pálidamente desde los lejanos cerros, por lo que las estrechas avenidas se abren expulsando chorros humanos a cuanto lugar de entretenimiento esté disponible. Cafés, pubs, tiendas, centros comerciales, comercio callejero, todo se conjuga para dar abasto a las necesidades vitales y de las otras a tanto pueblerino inconsciente de su pequeñez en la geografía nacional. 

Tres mozuelos gitanos, de no más de 12 años, se dan maña para acosar en oleada a los asiduos de los locales del sector colindante con la Plaza Nueva. Con su mirada compungida enfocando el suelo, los ojos entornados, musitando una mezcla ininteligible de español y zíngaro, piden dinero para no sé qué. Pasan de una mesa a otra, primero uno, al rato otro, finalmente otro. Casi todos los comensales hacen un movimiento negativo con la cabeza; cada tanto, un anciano da una moneda que los chicos aprietan y esconden de la vista de sus mayores, mujeres que tiradas en la esquina, claman por ayuda. En sus brazos cargan guaguas que se aferran a sus escuálidos pechos, mientras estiran una mano entre angustiosa y teatral a los peatones que ni siquiera las miran.

Mucho hay de historias transmitidas de generación en generación, que roban niños,  que embaucan, que esto y lo otro. Lo cierto es que arrinconados, confinados en carpas insalubres, campean entre pulgas, piojos y sarna, condenados a la limosna, cual presente Corte de los Milagros, y se nos hacen intolerables.

Aleja su vista de los mozuelos y se concentra en el café y en la conversación con su interlocutora. Su sensibilidad, otrora ágil,  se adormece con las historias infantiles que se narraban al calor de las fogatas allá en Chuchunco y de tanto embaucador que aprovecha la ecuación donativo y sentimiento de culpa expiado para golpear los inermes corazones.

Media hora más tarde, se dirige a la panadería cercana para cumplir con la obligación familiar contraída. En el centro de la estrecha sala ve una marmita de loza de la cual emergen vapores apetitosos. Se asoma y lee el cartel: ‘Consomé de ave a $ 500 el vaso’. No es hora ni temperatura de probarlo, se dice, pero igual se le hace agua la boca nada más divisar  rebanadas de zanahorias, primorosas papas, descomunales trozos de zapallo y hojas de apio entre los que navegan airosos trocitos de  pollo.

Mientras espera que la dependienta pese el pan, divisa al mismo chicuelo gitano del café, que algo musitaba a la chica que atendía. No entiende su jerigonza, pero ella seguramente lo hizo, pues marcó unos números en el registrador y le pasó un papel. Se puso a la fila para pagar y  el mocoso, sin respetar el orden, se ubicó en diagonal y le  extendió a la cajera un montón de monedas con el papel.

Mientras cancela, lo mira de reojo y ve que diligente, cual sacerdote inca practicando un ritual pagano,  pasa el comprobante de pago y recibe un vaso de plumavit repleto de humeante  consomé de pollo.

Sale y lo sigue a corta distancia, mientras camina entre los quioscos de artesanos y libreros que pueblan los corredores de la plaza. Huidizo, como ocultándose de la vista de sus paisanas, cada tanto se detiene y engulle un sorbo largo del caliente brebaje. Comprueba que lo que el gitanillo buscaba con su mano extendida era lo que sus mayores le enseñaron: cada cual se rasca con sus propias uñas.

Y se acongojó.

(Agradezco la gentileza de las señoritas de la panadería, quienes me permitieron fotografíar la olla del consomé).

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