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Así
como llegó a mis oídos (o casi), la cuento. Espero les guste:
“Estudiaba
en uno de los colegios de más tradición y encopetados de la ciudad. Familias
enteras pasaban por sus aulas y era común que las referencias sobre algún
profesor eran compartidas por varias generaciones. Las prevenciones, sus mañas
y defectos, cruzaban el ámbito del mito urbano y costaba,
a veces, reconocerlos en las descripciones que los mayores hacían, porque el
afecto y, a veces, el resentimiento tergiversaban las imágenes. Es curioso,
pero más que recordar los castigos de los papás, hay muchos que no olvidan los
de sus Profesores (¿será por ello que los llaman padres adoptivos?) Era
frecuente escuchar: -Mi papá le mandó saludos, Profesor. O – Usted le hizo
clase a mi hermano mayor, señorita. O, vergonzoso: - Con este Profe’ se puede
copiar.
Lo
llamaremos Daniel, solo para mantener la ficción y proteger su identidad. Era
alto, delgado y sus maneras sonaban hasta refinadas. Gustaba del silencio, la
lectura y tenía pocos amigos. Nadie lo molestaba, lo que ya era inusual en un
colegio de varones, donde la competencia mayor pasa por asignar apelativos por
cualquier razón, por la nariz larga o
corta, por la frente, por la estatura, el abdomen y otras tantas partes del
cuerpo, lo que se acrecentaba en las duchas luego de la clase de Educación
Física: ¿lo tiene chico?, ¡Zaz!, bautizado como ‘El pirigüín’, ¿lo tiene
grande?, le tocó ser ‘El burro’, ¿tiene
los pies hediondos?, será ‘El pat’e queso’, ¿cojea?, llegó ‘El pat’e cumbia’, ¿se baña con calzoncillos?, acá está
‘El lampiño’, apodos que convivían con ‘Guatón’, ‘Chico’, ‘Flaco’,
‘Chino’, ‘Indio’ y otros tantos, que los
acompañarán por toda su vida, con la tregua de cuando dejaran de verse al
egresar del colegio, pero se reactivarán en las juntas de los 10, 20 o 30 años.
¡Ay
de alguno que tuviera hermana o mamá atractivas! Cuñado, hijo mío, era lo más suave que se escuchaba. A espaldas
del ‘favorecido’ se tejían innumerables historias, que la mamá me miró, que la
hermana está bien rica, que el otro día fui a su casa y otras referencias más
escabrosas que harían enrojecer al más curtido.
Pero
a él no lo tocaban. ¿Había un pacto secreto? ¿Hubo alguna vez una pelea, así
como en Demian, de Hermann Hesse? Nunca lo supe. Lo único cierto es que él
caminaba silencioso, la mayoría de las veces acompañado de sus dos amigos, a veces, solo.
En
las jornadas espirituales de comienzos de año,
tan comunes en los colegios religiosos, era un deleite oírlo opinar: su
voz retumbaba, sus expresiones, su lenguaje, sus afirmaciones penetrantes, en
ocasiones drásticas. Era como oír al Padre Paneloux, de ‘La peste’, mientras
hablaba en la iglesia atestada de fieles supersticiosos en medio de los
estragos causados por la epidemia. Quizá por ello, ahora creo entenderlo, era
tan respetado e intocable.
Nadie
conocía a su familia ni dónde vivía, salvo, y es pura especulación, sus dos
inseparables amigos. La única referencia era su abuelita, una señora mayor,
canosa, apagada, que caminaba como disculpándose por respirar, que acudía
invariablemente a las reuniones de apoderados donde no abría la boca sino para
la oración de inicio y para la despedida, y que había sido vista por los
infaltables compañeros que se quedaban esperando a sus papás.
En
el estudio, sin embargo, tenía un talón de Aquiles: inglés. Le costaba tanto
aprenderse los verbos; el Present
Continuous y el Present Perfect eran chinos, y su mente deambulaba entre
palabras tan simples como el where, when, who y what y con suerte podía repetir
– This is the windows, en medio de las risas contenidas de sus compañeros. Ni
hablar de canciones en inglés; con suerte entonaba el himno del colegio y más
que cantar hacía la mímica. Y así que, como era previsible, cual espada de
Damocles, repitió III Medio por…Inglés. Un 3,9 fue el resultado y, pese a los
ruegos de su abuelita, que era hijo único, que prometía ser el sustento para su
hogar, que todos soñaban con que fuera el primer profesional, que eran
comerciantes llegados antes de la II Guerra Mundial huyendo de los nazis con
una mano adelante y otra atrás (ahí supimos algo más de su familia incógnita),
el director no claudicó: debía repetir.
Con
dolor, debió dejar a sus dos amigos y su curso, aunque esto lo sentía menos.
Y
así perdí su rastro. O se perdió en la nebulosa del tiempo.
Algunos
años después, en pleno febrero, la carpa
multicolor del ‘Timoteo’, aquel famoso circo que – dicen - alberga solo a
homosexuales y con el dinero que recaudan paga operaciones de cambio de sexo a
sus integrantes, alzó su estructura en el Estero de Viña del Mar, espacio
reservado para el ‘cuantuay’ de espectáculos veraniegos que se dejan caer en la
Ciudad Jardín. Invento o no, lo cierto es que sus personajes siguen siendo
‘travestis’ (o ‘transformistas’, los llaman ahora), por lo que la teoría del
financiamiento se cae a pedazos.
Mientras
los amigos de barrio y los vecinos de cerro, que repletan el circo para ver los
shows de Fabiola de Luján y Katiusk, además de la conducción de Pilola Polett, se
ponían de acuerdo para asistir a alguna de sus funciones, camionetas con
parlantes gigantescos circulaban por las calles del plan promocionando a la
famosísima Yajaira Martínez, más conocida como la ‘Loca de la cartera’, que más
de una patá en la raja mandó a algún escolar malnacido que se atrevió a pegarle
un agarrón. La mentada se subía las
polleras y se abalanzaba sobre el grupito de adolescentes que le gritaba
improperios, mientras se equilibraba en los zapatos con tacones punta de aguja
que calzaba y más que caminar daba pequeños saltitos como los patos. Luego, lo
maldecía - ¡cabro conche…, que te pille nomás por acá de nuevo!
Comienza
la función. Fin de semana y el público repletaba las bamboleantes graderías
que, gracias a Dios, resistían la humanidad de mujeronas con sus críos, toscos
jornaleros, bandadas de jóvenes, obreros de la ‘contru’ y, cosa curiosa, más de
alguna bien vestida pareja, porque dicen que el atractivo del circo es
transversal.
Aparece
una mujer rubia, vestida con una malla ceñida
que con pocas dificultades dejaba entrever que no era hembra. Su voz era
melosa, con tonos acariciadores, impropia – a decir verdad – con lo que se
adivinaba bajo su atuendo. Acompañaba su canturreo sentimental con ademanes y
visajes que dejaban en claro su fuerza emocional. Interpreta ‘Unchained melody’,
el tema de “Ghost, la sombra del amor”, que hacía lagrimear a las féminas,
jóvenes y maduras, que repletaban las toscas galerías, mientras entrecerraban
los ojos y suspiraban, soñando despiertas con la escena de la moneda que el
espíritu del protagonista desplaza por la puerta, solo para demostrarle a la Demi
Moore que él estaría por siempre cuidándola. ¡Ah! Ya me quisiera yo – pensaban en
voz alta – alguien que me amara así, con cada pedazo de su alma.
Así
nomás, solo la canción; nada de chistes, nada de monólogos, nada de baile
erótico. Solo canto: ‘Oh my love, my Darling/
I've hungered for your touch / A long lonely time/ And time goes by so slowly’
(Oh, mi amor, querida mía,/ he estado hambriento de tus caricias/ durante un
solitario y largo tiempo,/ y el tiempo pasa tan lentamente). Y terminó su interpretación, con un inglés
esplendoroso, matizado con tonos agudos y bajos, como si el alma estuviera
ordenando a su garganta qué debía hacer, cual artista propio de ‘American Idol’
más que de un circo de mala muerte.
Siempre
era igual: un silencio aparentemente infinito, seguido del aplauso masivo, que se mezclaba con sollozos
y vivas Se reconocía, más allá de la proverbial educación del espectador humilde,
la calidad. Una vez cesaron las muestras de reconocimiento, se hizo un silencio
expectante.
Se
paró en medio del escenario, se despojó de su peluca rubia ensortijada, se
limpió con una toalla que alguien de su elenco le pasó y, ya con facciones algo
más varoniles a la vista, se despachó estas palabras:
- Agradezco sus aplausos. De
verdad, no saben cuánto significan para mí. Pero también es el momento en que
yo dé las gracias - miró hacia un sector de la platea y prosiguió –. Hay dos
personas a quienes estimo y recuerdo mucho: a mis Profesores de Inglés que
están sentados en la cuarta fila, mientras apuntaba a ese sector.
Los
aludidos bajaron sus cabezas, avergonzados, mientras reconocían en el cantante
al alumno de hace algunos años.
Hoy,
cuentan, trabaja en una tiendita del norte, y todos se pasan el dato: - Si vas
a…, pasa donde Daniel. Te venderá buenos artículos con descuento.”
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