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Discurso del ascensor: La clave para presentar tus ideas con impacto

El Circo Timoteo




Así como llegó a mis oídos (o casi), la cuento. Espero les guste:

“Estudiaba en uno de los colegios de más tradición y encopetados de la ciudad. Familias enteras pasaban por sus aulas y era común que las referencias sobre algún profesor eran compartidas por varias generaciones. Las prevenciones, sus mañas y  defectos,  cruzaban el ámbito del mito urbano y costaba, a veces, reconocerlos en las descripciones que los mayores hacían, porque el afecto y, a veces, el resentimiento tergiversaban las imágenes. Es curioso, pero más que recordar los castigos de los papás, hay muchos que no olvidan los de sus Profesores (¿será por ello que los llaman padres adoptivos?) Era frecuente escuchar: -Mi papá le mandó saludos, Profesor. O – Usted le hizo clase a mi hermano mayor, señorita. O, vergonzoso: - Con este Profe’ se puede copiar.

Lo llamaremos Daniel, solo para mantener la ficción y proteger su identidad. Era alto, delgado y sus maneras sonaban hasta refinadas. Gustaba del silencio, la lectura y tenía pocos amigos. Nadie lo molestaba, lo que ya era inusual en un colegio de varones, donde la competencia mayor pasa por asignar apelativos por cualquier razón,  por la nariz larga o corta, por la frente, por la estatura, el abdomen y otras tantas partes del cuerpo, lo que se acrecentaba en las duchas luego de la clase de Educación Física: ¿lo tiene chico?, ¡Zaz!, bautizado como ‘El pirigüín’, ¿lo tiene grande?, le tocó ser ‘El burro’,  ¿tiene los pies hediondos?, será ‘El pat’e queso’, ¿cojea?, llegó ‘El pat’e cumbia’,  ¿se baña con calzoncillos?,  acá está  ‘El lampiño’, apodos que convivían con ‘Guatón’, ‘Chico’, ‘Flaco’, ‘Chino’, ‘Indio’ y otros tantos,  que los acompañarán por toda su vida, con la tregua de cuando dejaran de verse al egresar del colegio, pero se reactivarán en las juntas de los 10, 20 o 30 años. 

¡Ay de alguno que tuviera hermana o mamá atractivas! Cuñado, hijo mío,  era lo más suave que se escuchaba. A espaldas del ‘favorecido’ se tejían innumerables historias, que la mamá me miró, que la hermana está bien rica, que el otro día fui a su casa y otras referencias más escabrosas que harían enrojecer al más curtido.

Pero a él no lo tocaban. ¿Había un pacto secreto? ¿Hubo alguna vez una pelea, así como en Demian, de Hermann Hesse? Nunca lo supe. Lo único cierto es que él caminaba silencioso, la mayoría de las veces acompañado  de sus dos amigos, a veces, solo.

En las jornadas espirituales de comienzos de año,  tan comunes en los colegios religiosos, era un deleite oírlo opinar: su voz retumbaba, sus expresiones, su lenguaje, sus afirmaciones penetrantes, en ocasiones drásticas. Era como oír al Padre Paneloux, de ‘La peste’, mientras hablaba en la iglesia atestada de fieles supersticiosos en medio de los estragos causados por la epidemia. Quizá por ello, ahora creo entenderlo, era tan respetado e intocable. 

Nadie conocía a su familia ni dónde vivía, salvo, y es pura especulación, sus dos inseparables amigos. La única referencia era su abuelita, una señora mayor, canosa, apagada, que caminaba como disculpándose por respirar, que acudía invariablemente a las reuniones de apoderados donde no abría la boca sino para la oración de inicio y para la despedida, y que había sido vista por los infaltables compañeros que se quedaban esperando a sus papás.

En el estudio, sin embargo, tenía un talón de Aquiles: inglés. Le costaba tanto aprenderse los verbos;  el Present Continuous y el Present Perfect eran chinos, y su mente deambulaba entre palabras tan simples como el where, when, who y what y con suerte podía repetir – This is the windows, en medio de las risas contenidas de sus compañeros. Ni hablar de canciones en inglés; con suerte entonaba el himno del colegio y más que cantar hacía la mímica. Y así que, como era previsible, cual espada de Damocles, repitió III Medio por…Inglés. Un 3,9 fue el resultado y, pese a los ruegos de su abuelita, que era hijo único, que prometía ser el sustento para su hogar, que todos soñaban con que fuera el primer profesional, que eran comerciantes llegados antes de la II Guerra Mundial huyendo de los nazis con una mano adelante y otra atrás (ahí supimos algo más de su familia incógnita), el director no claudicó: debía repetir. 

Con dolor, debió dejar a sus dos amigos y su curso, aunque esto lo sentía menos. 

Y así perdí su rastro. O se perdió en la nebulosa del tiempo.

Algunos años después, en pleno febrero,  la carpa multicolor del ‘Timoteo’, aquel famoso circo que – dicen - alberga solo a homosexuales y con el dinero que recaudan paga operaciones de cambio de sexo a sus integrantes, alzó su estructura en el Estero de Viña del Mar, espacio reservado para el ‘cuantuay’ de espectáculos veraniegos que se dejan caer en la Ciudad Jardín. Invento o no, lo cierto es que sus personajes siguen siendo ‘travestis’ (o ‘transformistas’, los llaman ahora), por lo que la teoría del financiamiento se cae a pedazos.

Mientras los amigos de barrio y los vecinos de cerro, que repletan el circo para ver los shows de Fabiola de Luján y Katiusk, además de la conducción de Pilola Polett, se ponían de acuerdo para asistir a alguna de sus funciones, camionetas con parlantes gigantescos circulaban por las calles del plan promocionando a la famosísima Yajaira Martínez, más conocida como la ‘Loca de la cartera’, que más de una patá en la raja mandó a algún escolar malnacido que se atrevió a pegarle un agarrón.  La mentada se subía las polleras y se abalanzaba sobre el grupito de adolescentes que le gritaba improperios, mientras se equilibraba en los zapatos con tacones punta de aguja que calzaba y más que caminar daba pequeños saltitos como los patos. Luego, lo maldecía - ¡cabro conche…, que te pille nomás por acá de nuevo!


Comienza la función. Fin de semana y el público repletaba las bamboleantes graderías que, gracias a Dios, resistían la humanidad de mujeronas con sus críos, toscos jornaleros, bandadas de jóvenes, obreros de la ‘contru’ y, cosa curiosa, más de alguna bien vestida pareja, porque dicen que el atractivo del circo es transversal.

Aparece una mujer rubia, vestida con una malla ceñida  que con pocas dificultades dejaba entrever que no era hembra. Su voz era melosa, con tonos acariciadores, impropia – a decir verdad – con lo que se adivinaba bajo su atuendo. Acompañaba su canturreo sentimental con ademanes y visajes que dejaban en claro su fuerza emocional. Interpreta ‘Unchained melody’, el tema de “Ghost, la sombra del amor”, que hacía lagrimear a las féminas, jóvenes y maduras, que repletaban las toscas galerías, mientras entrecerraban los ojos y suspiraban, soñando despiertas con la escena de la moneda que el espíritu del protagonista desplaza por la puerta, solo para demostrarle a la Demi Moore que él estaría por siempre cuidándola. ¡Ah! Ya me quisiera yo – pensaban en voz alta – alguien que me amara así, con cada pedazo de su alma.

Así nomás, solo la canción; nada de chistes, nada de monólogos, nada de baile erótico. Solo canto: ‘Oh my love, my Darling/ I've hungered for your touch / A long lonely time/ And time goes by so slowly’ (Oh, mi amor, querida mía,/ he estado hambriento de tus caricias/ durante un solitario y largo tiempo,/ y el tiempo pasa tan lentamente).  Y terminó su interpretación, con un inglés esplendoroso, matizado con tonos agudos y bajos, como si el alma estuviera ordenando a su garganta qué debía hacer, cual artista propio de ‘American Idol’ más que de un circo de mala muerte.

Siempre era igual: un silencio aparentemente infinito, seguido del  aplauso masivo, que se mezclaba con sollozos y vivas Se reconocía, más allá de la proverbial educación del espectador humilde, la calidad. Una vez cesaron las muestras de reconocimiento, se hizo un silencio expectante.

Se paró en medio del escenario, se despojó de su peluca rubia ensortijada, se limpió con una toalla que alguien de su elenco le pasó y, ya con facciones algo más varoniles a la vista, se despachó estas palabras:
  
- Agradezco sus aplausos. De verdad, no saben cuánto significan para mí. Pero también es el momento en que yo dé las gracias - miró hacia un sector de la platea y prosiguió –. Hay dos personas a quienes estimo y recuerdo mucho: a mis Profesores de Inglés que están sentados en la cuarta fila, mientras apuntaba a ese sector.

Los aludidos bajaron sus cabezas, avergonzados, mientras reconocían en el cantante al alumno de hace algunos años.

Hoy, cuentan, trabaja en una tiendita del norte, y todos se pasan el dato: - Si vas a…, pasa donde Daniel. Te venderá buenos artículos con descuento.”

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