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El ‘Guatón’ Estay


Extraída de Google: La izquierda, Diario Chile

Encuentros y tensiones en el Chile de los años 70: una historia de bandos opuestos

Relatos de un Chile convulsionado: la historia de dos personajes opuestos, marcados por el fervor político de los años 70. Una narración que mezcla memoria, miedo y encuentros inesperados en tiempos de incertidumbre.

Me la contaron, como siempre pasa. Y mi memoria se torna aguda cuando llega a mis oídos una historia como esta.

“Era el tercer año de la Unidad Popular. Las marchas de uno y otro bando se sucedían con pasmosa rapidez y desembocaban casi siempre en riñas y batallas campales.

Los linchacos y las hondas, las mismas con que los jóvenes de ambos bandos se ubicaban debajo de los puentes viñamarinos o sobre los cerros porteños y hacían puntería sobre los manifestantes con voluminosas bolas de acero, eran imperdibles en las mochilas de los estudiantes y de los no tanto.

Entre los personajes curiosos que deambulaban por los pasillos del Pedagógico de la Universidad de Chile, hoy UPLA, había un parcito que llamaba la atención, tanto por sus excentricidades como por su descaro, ya que ambos no estudiaban carreras conocidas, pero se decía que eran pagados por sus partidos.

Uno, el ‘Chago’, un flacuchento alto, desgarbado, dueño del don de la palabra, agradable, desprendido y amigo de las charlas sempiternas acompañadas de numerosos cigarrillos y cafés cargados que no se demoraba en cambiar por rubias cervezas, derechista incondicional y miembro de Patria y Libertad, contumaz peleador a mano limpia y con lo que pillara, aplicaba la lógica del ‘comunista bueno es el comunista muerto’.

El otro, el ‘Guatón’ Estay, izquierdista, no sabía si del PS o del PC, pues – decía – ambos son lo mismo, gustaba de dirigir encendidos discursos llamando a la revolución del proletariado en contra de la burguesía, le gustaba la buena mesa y chapurreaba saliva arriba del asado de tira, el pebre, el pan amasado y el choripán generoso, mientras abominaba del ‘ricachón’.

Comienzos de septiembre del 73. Por los corrillos universitarios, tradicionalmente bien informados, se hablaba sobre las opciones para el país: o guerra civil o golpe militar. Los ánimos estaban enfervorizados; ya no bastaba con que los rojos vistieran de rojo, ni que los amarillos vistieran de amarillo. Se olían a cuadras de distancia, se buscaban y se arremolinaban dándose de golpes con los linchacos, palos de escoba, astas de bandera y hondazos a distancia mortal.

El ‘Guatón’ Estay, fanfarrón, se hacía ver por los pasillos, se metía a las salas y ajeno al reclamo de los profesores, levantaba el dedo índice y amenazaba a quienes eran más timoratos:

-       Te voy a matar, ‘facho’ hijo de la gran….  Y a tu madre me la voy a llevar a la cama. Las momias al colchón y los momios al paredón, proseguía, mientras miraba con aire desafiante a algunos muchachos que agachaban la cabeza, atemorizados por el descomunal individuo.

 

La verdad es que nadie le conocía carrera de origen ni actual, pues había pasado por casi todas, duraba dos años, adoctrinaba a algunos incautos que armaban la siguiente célula y se cambiaba, muchas veces más por presiones académicas que por su postura política.

Llegó el 11, por tierra y aire, y mientras los jerarcas arrancaban, asilándose en embajadas o en iglesias, la carne de cañón se quedó  a defender la revolución. Allí le perdí la pista al ‘Guatón’ Estay, mientras yo era detenido por ser dirigente universitario y pasé vacaciones de una semana en una celda del regimiento porteño, gozando de las bondades y gentilezas de unos conscriptos que se empecinaban en averiguar si yo sabía algo de un Plan Z o algo por el estilo. Mis testículos pueden acreditar el excesivo celo de estos soldados y que no me sacaron nada, pues nada sabía; era un piojento tirado a dirigente universitario.

Pasó el tiempo, varios años, no sé cuántos, pero deben haber sido cinco, por lo menos. Cierto día, yo viajaba desde Peñablanca a la universidad, pues había retomado los estudios. El destartalado bus iba casi desocupado, así que me senté al final, en ese que queda frente al pasillo. Tenía algo de sueño, por lo que entrecerré los ojos, tomando en cuenta el larguísimo viaje que me esperaba.

Adormilado, me sobresalté al escuchar un grito:

-¡Te soltaron, huevón! ¡Te soltaron! ¿Los milicos te dejaron libre?

Me sobresalté por las frasecitas y miré: un fulano flacuchento, demacrado, me miraba con ojos desencajados y se abalanzaba hacía mí con los brazos abiertos dispuesto, creo, a abrazarme. Hice un esfuerzo mental y  reconocí, por la pura voz,  al ‘Guatón’ Estay.

Mi instinto de supervivencia me conminó a ignorarlo, pues los escasos pasajeros se daban vuelta a ver a quién hablaba el destartalado individuo que seguía gritando, entre alborozado y sorprendido: - ¡Te soltaron, huevón! ¿Cómo lo hiciste?

-       Usted se equivoca – le dije –, no soy quien cree. Me confunde. Para mis adentros razonaba así: si alguien sabe que tuve un pasado revolucionario, hasta ahí nomás llegué. Y aunque ya había estado encarcelado en el regimiento, podía ser sospechoso de acciones terroristas y llegaría una camioneta, me meterían encapuchado y se perdería mi rastro, para siempre.

-       - Usted se equivoca – insistí.

-  - Perdone, señor – dijo el irreconocible ‘Guatón’ Estay, después de unos segundos interminables –, lo confundí con otra persona.  Agachó la cabeza, como sintonizando con el miedo que recorría mi columna vertebral, y la prudencia se hizo espacio en su afiebrada mente, callando. Se sentó adelante y no volvió más la cabeza. Ni siquiera cuando se bajó, en el centro de Viña.

Seguí mi viaje, mientras mi estómago pugnaba por desatar los nudos que el ‘Guatón’ malhadado había hecho.

Nunca más lo vi, gracias a Dios. No habría resistido un nuevo encuentro. "

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