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Frontis Escuela Industrial de Valparaíso. Extraída de Google
He
conocido decenas de colegios, he ingresado a cientos de salas, he alternado con
miles de alumnos, me he paseado por todos los sectores sociales, desde el cerro
más perdido en la cumbre hasta el más encopetado en el plan, he visto cómo
trabajan muchísimos Profesores, al pie del cañón, muchas veces llevando su taza
multicolor para un frugal desayuno, a sabiendas de que su sueldo a fin de mes
les alcanzará solo para lo básico.
He
visto salas desaseadas, tristes, frías, hostiles; otras, limpias, luminosas,
abrigadas, espaciosas.
He
visto a Docentes receptivos a los aportes del conocimiento, alegres,
entusiastas, sabedores de que tienen una misión fundamental en la vida de sus
chicos; otros, sumidos en la amargura, contaminados por la rutina y aguardando
que el futuro los golpee con que el día de mañana será igual al de hoy, al de
ayer, sin esperanza.
He
visto a jóvenes confiados en que su esfuerzo cambiará el futuro de la familia
que tendrán mañana, seguros de que ellos son los encargados de romper las
pautas transgeneracionales que la vida les asignó (o que sus padres
escogieron); otros, a quienes solo les interesa la ayuda, sin esfuerzo propio,
que desprecian un cuaderno o un libro, porque quieren lo fácil, lo que está al
alcance de la mano.
He
visto a chicas con sus flamantes estuches repletos de lápices, con los que
completan sus cuadernos primorosamente; otras que prefieren manipular celulares
despampanantes, ignorantes de que en ese espacio de aprendizaje se está
construyendo su vida.
He
visto a jóvenes que aprecian los aportes del Estado en desayunos y almuerzos;
otros, que enarbolan muecas de disgusto ante unos sabrosos porotos ‘con
riendas’ y prefieren gastar el dinero
que no tienen en devorarse un completo.
He
visto a jóvenes ansiosos por tal o cual marcha, por evadir clases, por votar
por este u otro paro, ignorantes de que la mejor muestra de amor a sí mismo
está en estudiar.
He
visto a Profesores que se niegan a detener su labor a sabiendas de que lo que
un chico no aprenda allí, no lo aprenderá nunca.
Pese a
que es una experiencia que iré desgranando de a poco, anticipo una conclusión:
La
calidad de la educación se mejora acá, no en la universidad.
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