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“Mis ancestros nortinos”





Feria de El Belloto, mediodía de un sábado lluvioso. Menos gente que de costumbre, incluso con puestos desocupados, cuyos dependientes prefirieron quedarse abrigados en casa a sufrir los rigores de  la ruleta del mal tiempo.

Saltando las pozas, evitando el lodo, que de tanto ser pisado se torna jabonoso y puede hacernos desembocar en un porrazo tragicómico, guareciéndose del chaparrón que de tanto en tanto se deja caer, como advirtiéndote que la naturaleza manda, aunque te haga creer a veces que tú diriges sus fuerzas, las compras se hacen presurosas; cosa curiosa, las verduras, hortalizas y frutas están más económicas, debe ser por el apuro de clientes y vendedores de irse a sus hogares.

A lo lejos, una música que casi considero celestial llama mi atención: zampoñas y percusión entonan un ritmo frenético, conocido, que se impone sobre el canturreo de la lluvia que cae inmisericorde sobre quioscos,  personas y unos cuantos animales que pululan habitualmente por el sector, esperando alguna migaja sobrante.

Coincidentemente, mi ruta de compras se aproxima al sonido musical. Salgo a un claro y los veo: ocho jóvenes y algunos no tanto, en una mezcla de saltitos y pasitos nortinos, se afanan en agitar mi corazón y el de muchos espectadores que se solazan con sus acordes.

Dos chicas y seis varones, cinco zampoñas de diferentes tamaños, un bombo, un redoble y un platillo, dan vida a un hermoso – aunque simple - tema nortino. 

La garganta se aprieta, la emoción recorre mi cuerpo y mis ojos se nublan. Me quedo escuchándolos largos minutos, indiferente  a la lluvia.

Debe ser – y es la única explicación posible – que mis ancestros no son mapuches, sino aimaras.

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