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Este trabajo tiene licencia bajo CC BY-NC-ND 4.0
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Así
como hay casas donde penan, hay otras malditas, que solo atraen dolor a sus
moradores, y no hay machitún, sahumerio ni exorcismo que valgan.
Es una
construcción moderna, pequeña pero de dos pisos, antejardín y patio minúsculos,
con sus murallas verde y blanca.
Sus
primeros habitantes fueron una pareja y dos niños. Ambos trabajaban, por lo que
era común verlos salir juntos. Ella, de baja estatura, de rasgos agraciados y
cuerpo atractivo, resaltaba por unos tacones prominentes y ademanes
voluntariosos, que reflejaban una vitalidad nada despreciable. Él, grueso,
silencioso, a veces hosco, habitualmente miraba al suelo e intercambiaba solo
monosílabos cuando la ocasión lo
ameritaba que eran, a juzgar por su ocurrencia, escasas.
Salían
temprano en su vehículo menor, de esos llamados ‘city car’, pequeños, frágiles, que parece que se volarán con un
soplido y que tiemblan cada vez que una ‘micro’ pasa a su lado. Previamente, un
bocinazo saludaba la presencia del bus escolar que pasaba a buscar al mayor. Luego,
rápidamente el dueño de casa sacaba, no sin escándalos de frenadas y
‘aserruchadas’ bruscas, su pequeño auto, lo estacionaba con el motor andando
frente a la casa, para que salieran la chica guapa y su hijo menor. Al jardín
infantil, pienso, lo llevarán. Ella, con escote pronunciado y falda corta,
además de los tacones elevados que mencioné, dejaba ver que era una oficinista
probablemente, que a más de algún compañero enloquecería.
Así
trascurrían los cinco días de trabajo. La misma rutina: frenada, apriete del
acelerador, ellos corriendo, subiéndose y enfilando raudamente el auto a su
destino. Pocas veces una palabra, las más monosílabos iban y venían, un apúrate
al niño, un listo y era todo.
Llegaban
desperdigados: el mayor primero, traído por el bus escolar. Por ello, supe que
la abuela, mamá del hombrón o de la chica sugerente, se quedaba en la casa a
cargo de las labores. Abría la puerta y silencio. Más tarde, la chica con el
menor, a quienes traía su marido en el minúsculo auto.
El
silencio se extendía todo el resto del día: no había carreras ni gritos de
niños. No tenían mascotas de ninguna especie. Solo silencio, un ominoso
silencio. Imagino a los niños pegados frente al televisor o afanados haciendo
sus tareas en la mesa del comedor.
Cierta
mañana, gritos y portazos hicieron que el vecindario aguzara los oídos; los más
audaces se asomaron a las ventanas mientras otros, guarnecidos tras las cortinas, ‘aguaitaban’ entre asustados y asombrados,
pues las peleas conyugales no eran comunes en el barrio.
El
hombre ya estaba en el auto; la chica se
abalanzó hacia su puerta mientras le enrostraba que no era lo que él pensaba,
que – Me tratái mal, huevón, que esto y lo otro, mientras él permanecía
inmutable en su asiento.
La
chica desapareció. No volvió de su trabajo como solía hacer.
A la
semana, reapareció, pero solo para ver a los niños, a quienes se llevó.
Quedaron como únicos habitantes el
hombre y la señora mayor.
Dos
días después, un camión se llevó todos los enseres y la casa se vació.
Nunca
más los vi.
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