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La casa (Crónicas de la ciudad)


Así como hay casas donde penan, hay otras malditas, que solo atraen dolor a sus moradores, y no hay machitún, sahumerio ni exorcismo que valgan.

Es una construcción moderna, pequeña pero de dos pisos, antejardín y patio minúsculos, con sus murallas verde y blanca.

Sus primeros habitantes fueron una pareja y dos niños. Ambos trabajaban, por lo que era común verlos salir juntos. Ella, de baja estatura, de rasgos agraciados y cuerpo atractivo, resaltaba por unos tacones prominentes y ademanes voluntariosos, que reflejaban una vitalidad nada despreciable. Él, grueso, silencioso, a veces hosco, habitualmente miraba al suelo e intercambiaba solo monosílabos  cuando la ocasión lo ameritaba que eran, a juzgar por su ocurrencia, escasas.

Salían temprano en su vehículo menor, de esos llamados ‘city car’, pequeños,  frágiles, que parece que se volarán con un soplido y que tiemblan cada vez que una ‘micro’ pasa a su lado. Previamente, un bocinazo saludaba la presencia del bus escolar que pasaba a buscar al mayor. Luego, rápidamente el dueño de casa sacaba, no sin escándalos de frenadas y ‘aserruchadas’ bruscas, su pequeño auto, lo estacionaba con el motor andando frente a la casa, para que salieran la chica guapa y su hijo menor. Al jardín infantil, pienso, lo llevarán. Ella, con escote pronunciado y falda corta, además de los tacones elevados que mencioné, dejaba ver que era una oficinista probablemente, que a más de algún compañero enloquecería.

Así trascurrían los cinco días de trabajo. La misma rutina: frenada, apriete del acelerador, ellos corriendo, subiéndose y enfilando raudamente el auto a su destino. Pocas veces una palabra, las más monosílabos iban y venían, un apúrate al niño, un listo y era todo.

Llegaban desperdigados: el mayor primero, traído por el bus escolar. Por ello, supe que la abuela, mamá del hombrón o de la chica sugerente, se quedaba en la casa a cargo de las labores. Abría la puerta y silencio. Más tarde, la chica con el menor, a quienes traía su marido en el minúsculo auto. 

El silencio se extendía todo el resto del día: no había carreras ni gritos de niños. No tenían mascotas de ninguna especie. Solo silencio, un ominoso silencio. Imagino a los niños pegados frente al televisor o afanados haciendo sus tareas en la mesa del comedor. 

Cierta mañana, gritos y portazos hicieron que el vecindario aguzara los oídos; los más audaces se asomaron a las ventanas mientras otros,  guarnecidos tras las cortinas,  ‘aguaitaban’ entre asustados y asombrados, pues las peleas conyugales no eran comunes en el barrio.

El hombre ya estaba en el auto;  la chica se abalanzó hacia su puerta mientras le enrostraba que no era lo que él pensaba, que – Me tratái mal, huevón, que esto y lo otro, mientras él permanecía inmutable en su asiento.

La chica desapareció. No volvió de su trabajo como solía hacer.

A la semana, reapareció, pero solo para ver a los niños, a quienes se llevó. Quedaron como únicos habitantes  el hombre y la señora mayor. 

Dos días después, un camión se llevó todos los enseres y la casa se vació.

Nunca más los vi. 

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