- Obtener enlace
- X
- Correo electrónico
- Otras aplicaciones
Vistas de página en total
2,339,497
Tus comentarios
Licencia Creative Commons
Este trabajo tiene licencia bajo CC BY-NC-ND 4.0
La última publicada
- Obtener enlace
- X
- Correo electrónico
- Otras aplicaciones
El
inspector - nombre pretencioso - se pasea nerviosamente por el amplio ‘desplayo’ encementado. Viste jeans, algo raídos
por el excesivo uso, y zapatillas albas, de caña media. Una polera ancha con la
leyenda 'Pantera' cubre su humanidad algo excedida de peso. Lo llamativo es su
caminar, pues me recuerda a los pingüinos, pasitos cortos, como si tuviera
problemas de tiro en los pantalones: un pasito corto, otro pasito corto, cortos
y rápidos, un giro abrupto a la derecha y a seguir con los pasos cortitos, otro
giro, ahora a la izquierda, y dale con los pasitos cortos, uno, primero, otro
después.
Y no
es la única vez que se pasea nervioso: es su estilo. Mientras camina, mueve
vertiginosamente sus dedos sobre el teclado de su celular. ‘Whatsappea’ con
alguien, su polola, seguramente, a quien vi algún día. Cada tanto, levanta la
cabeza, ve si viene un colectivo, anota algo en un cuaderno y mueve a la gente:
- A la Sol. – A Los Pinos. – A Marga Marga. Más a Los Pinos, es tanta la gente
que hace largas filas a ese populoso sector, que manda dos o tres para allá y
uno a los otros.
Bajito,
muy bajito, robusto, cara regordeta, un bigote incipiente puebla su cara, más
por abandono que por elección personal, ostenta una frente amplia que – dicen –
es muestra de inteligencia.
Saluda
con asentimientos de cabeza, de pocas palabras, voz sin tonalidades, seco,
parco, con miradas huidizas que muy de tarde en tarde se posan en los rostros
de los pasajeros que aguardan pacientes en las largas filas en las horas ‘peak’
a que él se decida a asignarles un auto. El recuerdo del geógrafo en El
Principito, que cumplía rigurosamente su tarea llegó a su mente. Este era
igual, solo lo hacía, sin involucrarse emocionalmente en lo que hacía.
Una
vez su polola estaba acompañándolo en su tarea. Se dio el tiempo para
observarla detenidamente, total su fila era larga. No tenía más de 23 años, bajita como él, delgada,
pelo negro y liso, muy agraciada, la vio
sonreír y se dijo: - esta sonrisa es de otro mundo, fue lo único que se le
ocurrió pensar, y se impresionó gratamente.
Él
solo tenía ojos para ella, incluso descuidaba su tarea de inspector. Se le
pasaban los autos, se equivocaba en asignar pasajeros a tal o cual vehículo, lo
retaban los choferes, los pasajeros se indignaban y salían exclamaciones de
desagrado de las filas. Pero él, imperturbable, solo la miraba a ella, como en
trance, como si ella lo envolviese con un manto de dulzura y lo enajenase del
mundo exterior. Y él sonreía, solo
sonreía, como si ella fuera lo único en el mundo. Y caminaba con los mismos
pasos cortitos con que lo conocí. Con el mismo meneo cadencioso, balanceo para
acá, balanceo para allá.
Ese
fue un día único en su vida. Por lo menos, sus manos estaban quietas. No hubo
whatsapp.
Derechos
reservados. ©
Comentarios