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‘El inspector de colectivos’




El inspector - nombre pretencioso - se pasea nerviosamente por el amplio ‘desplayo’ encementado. Viste jeans, algo raídos por el excesivo uso, y zapatillas albas, de caña media. Una polera ancha con la leyenda 'Pantera' cubre su humanidad algo excedida de peso. Lo llamativo es su caminar, pues me recuerda a los pingüinos, pasitos cortos, como si tuviera problemas de tiro en los pantalones: un pasito corto, otro pasito corto, cortos y rápidos, un giro abrupto a la derecha y a seguir con los pasos cortitos, otro giro, ahora a la izquierda, y dale con los pasitos cortos, uno, primero, otro después. 

Y no es la única vez que se pasea nervioso: es su estilo. Mientras camina, mueve vertiginosamente sus dedos sobre el teclado de su celular. ‘Whatsappea’ con alguien, su polola, seguramente, a quien vi algún día. Cada tanto, levanta la cabeza, ve si viene un colectivo, anota algo en un cuaderno y mueve a la gente: - A la Sol. – A Los Pinos. – A Marga Marga. Más a Los Pinos, es tanta la gente que hace largas filas a ese populoso sector, que manda dos o tres para allá y uno a los otros. 

Bajito, muy bajito, robusto, cara regordeta, un bigote incipiente puebla su cara, más por abandono que por elección personal, ostenta una frente amplia que – dicen – es muestra de inteligencia.  

Saluda con asentimientos de cabeza, de pocas palabras, voz sin tonalidades, seco, parco, con miradas huidizas que muy de tarde en tarde se posan en los rostros de los pasajeros que aguardan pacientes en las largas filas en las horas ‘peak’ a que él se decida a asignarles un auto. El recuerdo del geógrafo en El Principito, que cumplía rigurosamente su tarea llegó a su mente. Este era igual, solo lo hacía, sin involucrarse emocionalmente en lo que hacía. 

Una vez su polola estaba acompañándolo en su tarea. Se dio el tiempo para observarla detenidamente, total su fila era larga.  No tenía más de 23 años, bajita como él, delgada, pelo negro y liso,  muy agraciada, la vio sonreír y se dijo: - esta sonrisa es de otro mundo, fue lo único que se le ocurrió pensar, y se impresionó gratamente. 

Él solo tenía ojos para ella, incluso descuidaba su tarea de inspector. Se le pasaban los autos, se equivocaba en asignar pasajeros a tal o cual vehículo, lo retaban los choferes, los pasajeros se indignaban y salían exclamaciones de desagrado de las filas. Pero él, imperturbable, solo la miraba a ella, como en trance, como si ella lo envolviese con un manto de dulzura y lo enajenase del mundo exterior.  Y él sonreía, solo sonreía, como si ella fuera lo único en el mundo. Y caminaba con los mismos pasos cortitos con que lo conocí. Con el mismo meneo cadencioso, balanceo para acá, balanceo para allá. 

Ese fue un día único en su vida. Por lo menos, sus manos estaban quietas. No hubo whatsapp.

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