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Discurso del ascensor: La clave para presentar tus ideas con impacto

Los siete espejos



Era uno de los prostíbulos más reputados del Puerto. Ubicado en la subida de la calle Clave, que parte en Errázuriz, ensaya un bostezo en la Plaza Echaurren, se reclina en los bancos añosos, mete las manos en la pileta, habla con los lustrabotas y paseantes,  tira migas de batido fresco a las palomas,  saca unas cuantas fotos, se despereza y enfila hasta lo profundo de las quebradas allá arriba, muy arriba, era visitado por estibadores en noches de juerga, marinos de la UNITAS, de esos que hablaban un español chapurreado en el que lo único que se reconocían eran ‘alcohol’ y ‘mujeres’, militares de todas las ramas, pescadores de cierta raigambre, dueños de algunos bongos,  y capitalinos del barrio alto, con sus billeteras abultadas que andaban de negocios por acá y a espaldas de sus mujeres pudorosas,  daban rienda suelta a sus fantasías propias de 'Justine o las desventuras de la virtud'  o 'Las memorias de una pulga'. 

Más de alguna vez presenciamos riñas entre los ‘milicos’ y los marinos; bravas, a puñete limpio, donde corrían los ‘abrazos de oso’, cabezazos, chuletas y hasta mordiscos;  otras tantas, una que otra protesta, aprovechada por mi papá – subversivo él, qué curioso – para aventar botellas desde el balcón, cayera a quien cayera, aunque sus blancos predilectos eran ‘los de verde’, algunos de los cuales recibieron en plena testa la muestra excelsa de puntería de mi viejo.

Mis amigos, mocosos como yo, en pleno amanecer hormonal de la adolescencia, fantaseábamos con las chicas del 'Siete espejos'. A mí me llamaba la atención una colorina - después supe que su pelo era teñido -, de pechos rozagantes y piernas bruñidas, que tenía un lenguaje donde campeaban las maldiciones como si fuera un rezo dominical. Igual la ‘yegua’ era bonita, decían los dependientes de ‘La Bandera Azul’, a la vuelta de Cochrane, a quienes conocía casi de nombre, tantas fueron las veces que acompañé a mi mamá a comprar loza y ollas de primera.


Mis amigos, en cambio, hacían cola – aunque, cabe decirlo, solo para mirarla, igual que yo nomás - frente a la ventana de una negra, pelo crespo y medidas anatómicas que de solo pensarlas daban  escalofríos.

La mía se llamaba Azucena, nombre campesino, pero siempre la nombré como ‘Lisa’, su alias artístico; la de mis amigos, Natividad, una morena monumental, ecuatoriana, que había llegado en busca de dinero para ayudar a sus padres, ya viejos, y dueños de un trozo de tierra que daba mezquinas cosechas de cacao y mal pagadas por los industriales del pueblo.

Ya habíamos aprendido a reconocerlas cuando bajaban al plan: vestidos a media pierna y ceñidos al cuerpo, medias negras y zapatos de taco alto, con los que se movían dificultosamente por las calles empedradas, caracoleando para no desparramarse guarda abajo; colorete en las mejillas y rojo furioso en sus labios; en sus manos, el infaltable bolso en una y una llave en la otra. Tiempo después sabríamos que era la llave de su cuarto, el que usaban para cambiar sus favores por dinero.

La ‘madame’, regenta del prostíbulo, era una mujer chiquita, ya entrada en años, pero con un escote que – decían los adultos – quitaba el aliento, tanta era la profusión de su ‘delantera’, como la llamamos los futbolizados, y caminaba meneando rítmicamente su voluminoso trasero que debe haber sido el ‘rompesueños’ de muchos parroquianos.

Cierto día, mientras mis amigos y yo jugábamos a las bolitas, la vimos venir cargada con dos bolsas repletas hasta los topes de verduras. Venía del mercado, ese que queda cerquita, inclinada por el excesivo peso, por lo que cada tanto dejaba las bolsas en el suelo y resoplaba, tragando el aire que necesitaban sus pulmones, ya agotados por el humo, el alcohol y una vida de juergas.

Con un gesto nos pidió que la ayudáramos, a lo que no nos hicimos de rogar; tomamos el pasado cargamento, uno con cada asa, y caminamos no sin dificultad hacia su casona, mientras nos intercambiábamos miradas de inteligencia, a ver si nos hacía entrar para ver a nuestras adoradas fantasías.

La ‘madame’ sacó un manojo de llaves, de esas con un agujero al medio, y que nosotros llenábamos de pólvora de fósforos y hacíamos explotar, y abrió la puerta de calle. Con un ademán nos hizo pasar y lo que vimos nos dejó turulatos: un inmenso salón con siete espejos gigantes, más grandes que nosotros, nos indicaban distintos ángulos y parecían mostrarnos las interminables juergas que se llevaban a cabo. Comprendimos que de allí venía su nombre, que la hacía conocida desde el Puerto hasta San Francisco, y no pudimos – pese a nuestros escasos años – resistir la emoción que asomó a nuestros ojos.

Mesas y sillas desperdigadas, botellas, vasos por acá y por allá, servilletas manchadas de vino, ceniceros repletos de colillas, prendas de vestir, una mezcolanza de objetos que daban cuenta del ambiente que horas antes se había vivido allí, en ese salón repleto de asiladas y clientes, preludio de jornadas íntimas que culminaban entre jadeos y maldiciones entre cuatro paredes, allí arriba, en sus piezas, mal llamadas dormitorios.

Una ‘rockola’, de esas Wurlitzer, inmensa, repletaba un rincón de la sala de baile; me acerqué furtivamente y pude ver algunos discos de Javier Solís, Armando Manzanero, Cecilia, Los Ramblers y otros que escuchaba en mi casa, por radio Portales, la preferida de papá.


En el otro, un piano, con la tapa a medio abrir descubría  su precioso contenido de teclas blancas y negras, y un taburete alto, muy alto, hacía suponer que las fiestas eran apoteósicas y muy movidas. Años más tarde, mi papá me contaría – con ello descubrí que antes de casarse con mamá era parroquiano del lugar – que un mozo de maneras refinadísimas estaba a cargo de pasar sus delicadas manos sobre el teclado, accediendo a las peticiones de tal o cual baile que los habitués le hacían.

Vimos algunos hombres, seguramente el ‘cafiche’ y unos cuantos travestis,  que con sus trajes de lujo pasarían por una mujer cualquiera. Sobrio sí, pues mi padre me contó que más de algún ‘curado’ se ensartó con un espécimen de estos sin darse cuenta, hasta despertar en un peludo abrazo masculino que los hacía salir horrorizados y a medio vestir, jurándose no volver nunca más.

Una mujer de mediana edad, y que no parecía del ‘ambiente a juzgar por su delantal albo y la cofia ceñida a sus cabellos, nos recibió los pesados bolsos, mientras la ‘madame’ nos llamaba con voz queda, seguramente para no despertar a sus asiladas, desde el interior:

- Niños, vengan.

Nos encaminamos no sin algo de temor. La reputación de la ‘mujer del ambiente’ y las prevenciones frecuentes de nuestros papás nos hicieron titubear, pero la curiosidad pudo más.  El pasadizo lucía vago con la penumbra, al fondo del cual nos esperaba. Se hizo a un lado y nos acompañó hasta una mesita de la cual recogió un monedero. Sacó algunas monedas y nos las tendió. Sin embargo, yo estaba petrificado: dos espejos monumentales, uno al lado de su cama gigantesca, nunca vista, con edredón albo como la nieve y cojines rojos, mullidos, inmensos, que invitaban a posar la cabeza sobre ellos, entrecerrar los ojos y sumirse en algún sueño nostálgico de lo nunca visto ni experimentado; los espejos, orlados de arabescos broncíneos, lucían como si el figurín del piano tuviese por tarea adicional frotar, frotar y frotar hasta conseguir un brillo enceguecedor. Miraba embobado, ante lo cual mis amigos hicieron lo propio y todos intercambiamos un guiño, pues habíamos pensado lo mismo.

Con las monedas en el bolsillo, corrimos a la heladería ‘La Yapa’, donde nos hartamos con unos barquillos gigantescos, mientras pensaba en que solo nosotros, nosotros, repetí, sabíamos que no eran siete espejos. El burdel se llamaba ‘Los nueve espejos’, y esto es verdad, lisa y llanamente la verdad, aunque los mayores dijeran lo contrario.

Pensé en contárselo a mi papá, pero me arrepentí de inmediato, pues me castigaría a correazo limpio por andar metido en la casa de ‘madame’. Me lo había prohibido expresamente: ‘- El día en que yo sepa que andas metido con esas putas, te descuero vivo’.

Guardé el secreto hasta hoy. Él no podrá saberlo.

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