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Este trabajo tiene licencia bajo CC BY-NC-ND 4.0
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Guardó la cajetilla de cigarrillos y el
encendedor blanco – siempre pide blanco, nunca azul, en el kiosco, ¡Dios
Santo!, que no se le ocurra darle uno de
otro color - en el bolsillo derecho de
su pantalón, los documentos y se
dirigió al estadio, mochila a la espalda, donde llevaba uno de los tesoros más preciados
de su vida, la camiseta alba, no la última, sino la de Giovanni Hernández,
volante colombiano que llegó después de MacNelly Torres, figura cafetalera, de
esas inolvidables, dispuesto a cambiársela cuando ya estuviera en
la Ruca, no fuera que se encontrase con hinchas de la ‘U’ y que tuviera líos,
los que no rehuiría, por cierto.
No bien llega al estadio, miles de
hinchas, camisetas blancas, como la suya, negras – las de recambio –, amarillas
de los arqueros, rojas de alguna época perdida en el tiempo, se dirigen a las puertas: Arica, Tucapel,
Cordillera, Océano, Magallanes, Lautaro,
Galvarino, Caupolicán y Rapa Nui están
demarcadas, aunque la afluencia es tan numerosa que cuesta moverse.
Pasa el primer control: carné y entrada
impresa. La joven con una chaqueta de Blanco y Negro chequea ambos
documentos y lo deja pasar, no sin antes
esbozar una sonrisa.
Se dirige presuroso al segundo: luego
del saludo, una mujer, con vestimenta de guardia privado, lo saluda
escuetamente y le pide que saque los objetos que lleva en los bolsillos. Ve el
encendedor y le dice que no podrá entrar con él. Resignado, lo entrega, no sin
antes resistir, que esto, que lo otro, que aquello, que lo de más allá. Es inútil. La mujer, obedeciendo
instrucciones, calla y estira la mano.
Su cabeza está en otro lado, cómo
diantres encenderá los cigarrillos que, pese a la normativa, acostumbra hacer,
es que el partido me pone nervioso, que en el entretiempo me aburro y mato el ocio. No hay caso. Ya verá cómo.
Al solo ingresar, su vista se desparrama
viendo algún inconfundible humo. Estéril esfuerzo. Nada hay, ni cerca ni lejos.
Al rato, ve a un hincha del que se
desprenden bocanadas de humo azulado. Presuroso, se dirige a él y le pide
fuego. Sonriente, se lo pasa, lo enciende y, como es de caballeros hacerlo,
hablan del partido que se viene, del DT,
de los jugadores, de los buenos y los malos. Se atreve y le cuenta que le
quitaron el encendedor a la entrada. Riendo, su ocasional amigo le da el dato:
- No, po’, compadre. Siempre se lo van a quitar. No ve que es un arma potencial
y después puede terminar en la cabeza de algún jugador. Lo que debe hacer es
guardarlo acá – apuntando con el índice hacia abajo. No miró, ni siquiera hizo
el intento, pues adivinó dónde era el escondite. – Tenga cuidado, sí – agregó –
en que no se le encienda, pues sería horrible quemarse justo allí, pues se
acabaría su descendencia -, terminando su comentario con una risotada que lo
hizo enrojecer.
Una vez terminado su cigarrillo, corrió
a lavarse las manos, mientras se maldecía por la ingenuidad.
Ahora lleva fósforos.
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