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Este trabajo tiene licencia bajo CC BY-NC-ND 4.0
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Eran seis amigos. Fieles,
incondicionales, acudían como perros de presa ante cualquier disturbio que
amenazara su integridad. Mayores, bordeaban los 35 años; entre la reciedumbre
corpórea y la apariencia de luchadores sumo, ahuyentaban a quien osara alterar
su armonía grupal, cual modernos mosqueteros.
Amigos de la risa y de las mofas, sabían
los límites y no se adentraban en la familia, pues para ellos, cual código de
honor, la familia era sagrada.
Cierto día, uno de los amigos llegó en
auto a clases, como era su costumbre.
Mientras sus amigos lo esperaban en la
vereda, hizo el intento de ingresar en el espacio libre, sin embargo, tres
jóvenes le bloquearon el paso, argumentando que estaba reservado.
Incrédulo, les preguntó que a quién se
le ocurría reservar un estacionamiento con parquímetro a esa hora, que el que
primero llega es el dueño, que las
reservas no existían. Los jóvenes, en tanto, a veces agresivos, a veces
indiferentes, no hacían amago de moverse y se limitaban a encoger los hombros,
mientras aguzaban la vista esperando ver a la distancia al amigo a quien le
guardaban el espacio.
Repentinamente, un vehículo aparece casi
incrustándose en el parachoques trasero, metiendo ruido como solo los iracundos
saben hacerlo por el solo placer de activar las alarmas de los autos vecinos.
Con suavidad, nuestro protagonista
retrocedió con cuidado su auto y fue a estacionarse al frente, total, había
espacio. No iba tranquilo, no obstante. Mascullaba maldiciones y juraba
devolverse a poner a los mocosos en su lugar (¡qué se habrán creído los h...!)
No bien lo hizo, guardó las llaves y,
habiendo acumulado la suficiente ira, se encaminó hacia los jóvenes que
cuchicheaban en tanto miraban hacia todos lados.
- ¿Y qué pasó?
- Ya no iba tan molesto porque me quitaron el estacionamiento, sino porque el h.. del auto casi me chocó. Así que lo encaré. Por el rabillo del ojo que mis amigos estaban en las escalinatas, prestos a cualquier giro de los acontecimientos.
- Así fue – interrumpió uno de sus amigos. Lo gracioso es que le dijeron:
- ¡Salta, negro ql!
- Y adivinen qué fue lo que más le molestó.
- ¿Qué fue? – inquirieron
- ¡Negro, po’!
Una risotada abrochó la historia.
Todavía me río.
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