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Discurso del ascensor: La clave para presentar tus ideas con impacto

¡Negro...!




 Eran seis amigos. Fieles, incondicionales, acudían como perros de presa ante cualquier disturbio que amenazara su integridad. Mayores, bordeaban los 35 años; entre la reciedumbre corpórea y la apariencia de luchadores sumo, ahuyentaban a quien osara alterar su armonía grupal, cual modernos mosqueteros.

Amigos de la risa y de las mofas, sabían los límites y no se adentraban en la familia, pues para ellos, cual código de honor, la familia era sagrada.

Cierto día, uno de los amigos llegó en auto a clases, como era su costumbre.

Mientras sus amigos lo esperaban en la vereda, hizo el intento de ingresar en el espacio libre, sin embargo, tres jóvenes le bloquearon el paso, argumentando que estaba reservado.

Incrédulo, les preguntó que a quién se le ocurría reservar un estacionamiento con parquímetro a esa hora, que el que primero llega es el dueño,  que las reservas no existían. Los jóvenes, en tanto, a veces agresivos, a veces indiferentes, no hacían amago de moverse y se limitaban a encoger los hombros, mientras aguzaban la vista esperando ver a la distancia al amigo a quien le guardaban el espacio.

Repentinamente, un vehículo aparece casi incrustándose en el parachoques trasero, metiendo ruido como solo los iracundos saben hacerlo por el solo placer de activar las alarmas de los autos vecinos.

Con suavidad, nuestro protagonista retrocedió con cuidado su auto y fue a estacionarse al frente, total, había espacio. No iba tranquilo, no obstante. Mascullaba maldiciones y juraba devolverse a poner a los mocosos en su lugar (¡qué se habrán creído los h...!)

No bien lo hizo, guardó las llaves y, habiendo acumulado la suficiente ira, se encaminó hacia los jóvenes que cuchicheaban en tanto miraban hacia todos lados.

-       Llegué, po’ – siguió con su relato al auditorio compuesto por los amigos y uno que otro acompañante casual.
 -       ¿Y qué pasó? 
-       Ya no iba tan molesto porque me quitaron el estacionamiento, sino porque el h..  del auto casi me chocó. Así que lo encaré. Por el rabillo del ojo  que mis amigos estaban en las escalinatas, prestos a cualquier giro de los acontecimientos. 
-       Así fue – interrumpió uno de sus amigos. Lo gracioso es que le dijeron: 
-        ¡Salta, negro ql! 
-       Y adivinen qué fue lo que más le molestó. 
-       ¿Qué fue? – inquirieron 
-       ¡Negro, po’!


Una risotada abrochó la historia. Todavía me río.

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