sábado, 17 de junio de 2017

‘¡Cállate, vieja cu…!’

 
Abrió la puerta sin prisa. Silenciosamente hizo girar la llave, mientras escuchaba los gritos de su hijo. 

-       ¡Ya soy grande, y vo’ no tení que meterte en mi vida! 
 
Apareció en el pequeño y humilde living, sonriente, como siempre lo hacía, aunque estuviera cansado. Que barre allá, que trapea acá, que sacude los escritorios, que limpia los vidrios, que saca esto de la camioneta, que guarda, que vuelve a sacar, que anda a comprar, que esto y lo otro. Llegar a su casa era el remanso. 

Saludó y no se lanzó sobre el sillón como acostumbraba a descansar unos minutos, pues caminar dos cuadras, desde donde lo dejaba la ‘micro’ destartalada - esas que mandan a los cerros del Puerto, donde viven los pobres, los olvidados de los gobiernos -  esquivando los hoyos y los huevillos, con sus 110 kilos, no era tarea fácil.

Besó a su mujer, a su hija de 12 y a su primogénito de 14, como siempre, con un abrazo y un ¿cómo ha estado tu día?

En unos pocos segundos retornaron los aires de normalidad.  Nada en el ambiente hacía suponer que allí hubo una violenta discusión. Quizá los ojos brillantes de su vieja, que esquivaba su mirada, pero se hizo el desentendido.

Llamó a su hijo y le pidió ayuda porque la ducha se había echado a perder. Se fueron al baño conversando alegremente. Cerró la puerta, lo miró a los ojos con semblante duro,  y en medio de una andanada de ‘cachuchazos’, le soltó:

-       ¡Mira, cabro conchet... ¡ Te voy a decir una sola hueá: esa vieja cu... es tu mamá. Y este viejo cu... es tu papá. Y mientras vivái bajo este techo, este par de viejos cu... te seguirá mandando. ¿Te quedó claro?
-        
Un  silencio coronó sus palabras. Su hijo aguantó su mirada profunda, pero cual cachorro que reconoce al amo apenas lo olfatea, bajó los ojos y musitó: 

-       Sí, papá. Perdona.

-       No me pidái perdón a mí. Pídeselo a tu mamá.

Más tarde, pasado el vendaval, habló con su vieja del alma. Entre sollozos, porque los golpes que le dio le dolieron más a él que a su hijo amado,  le dijo que tenemos que irnos de acá, que las amistades del C..., que todos están metidos en la pasta base o en la yerba, que no trabajan ni estudian, que a este mocoso le está yendo mal en el colegio, que no sé si va o hace la cimarra. Su mujer se sinceró y le contó muchas cosas que él no sabía, pues siempre entendió mal, que ser mamá era ocultar las tonteras de los hijos en lugar de compartirlas con él, que la habían llamado muchas veces del colegio porque peleó con este, con ese y estaba a punto de que lo echaran. 

Esa noche tomaron la decisión. Eran pobres, pero pedirían ayuda a un hermano que vivía allá por Playa Ancha, que el viento era terrible, pero era sano, el ambiente era mejor, total estaremos casi en la entrada. Llegaré más pronto a mi trabajo y lo cambiaremos de liceo, y lo iré a dejar y a buscar mientras pueda, y hablaremos todos los días y no te esconderé nada. 

Al otro día, se pusieron en campaña. Al mes ya estaban en su casa, su nueva casa.

Ya han transcurrido quince años. Cierta vez, visitaron el barrio donde vivieron. Caminaron por sus veredas de tierra y saludaron a los amigos de adolescencia, a los antiguos vecinos. Vieron cómo la droga había estragado los rostros de los chicos con los que jugaba C..., les contaron que algunos estaban presos, que otros robaban las propias pertenencias de sus casas para pagar las dosis de la muerte, que algunos se asentaban en las esquinas a ‘machetear’ para el vicio y unos cuantos habían muerto. 

Su hijo, hoy profesional de la construcción, le puso una mano en la nuca, lo acercó a su cara y le dijo:

-       Gracias, viejo. Muchas gracias por aquellos golpes cuando era pendejo. Me salvaste la vida.
 
Las lágrimas de aquel hombre rudo se fundieron con las del hijo de su corazón. 

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