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Este trabajo tiene licencia bajo CC BY-NC-ND 4.0
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Soy ‘cabeza de pelota’, me dijo, entre
compungido y resignado. No puedo ver los partidos acá, apuntando a la sala de
Profesores, pues los vivo, los sufro, celebro un gol con la misma pasión con
que reclamo un cobro equivocado del árbitro, salto desaforado, me tiro los
pelos, me agarro la cara con las dos manos, golpeo las mesas o el
suelo.
Hay quienes me dicen que soy exagerado,
por eso o los veo solo o no lo hago. No me gusta molestar a las personas que
están conmigo ni que me miren como bicho raro. Me entenderán si les pregunto
qué piensan cuando alguien los mira mientras recogen con suavidad el caldo
sustancioso de la cazuela de vacuno, tratando de abarcar los porotos verdes, un
trozo de seductora papa, el zapallo anaranjado, el ajo y un poco de perejil, que
les hacen guiños de complicidad mientras la cuchara rebosante se dirige a su
destino final, abres los ojos y ¡zaz! que te ves observado por un curioso
compañero de mesa que no tiene ninguna ocupación más útil que fijarse en la
cara de deleite con que aceptamos la invasión de este plato extraordinario.
Una vez, prosiguió, yo trabajaba en La
Serena. El fin de semana no me quise venir a Santiago, porque la ‘U’ visitaba
al equipo local y mis ansias por ver a los azules eran incontenibles, como a Johnny
Herrera, uno de mis ídolos. Compré la entrada y aguardé ansioso que pasaran
martes, miércoles, jueves, viernes y sábado hasta el domingo, pues el partido
estaba programado a mediodía, ya que dicen que los hinchas azules somos
peligrosos.
El Estadio La Portada es de regulares
dimensiones: caben dieciocho mil personas. Compré en Tribuna Andes, casi al
lado de la cancha. Veía los rostros de los jugadores, era increíble, y muy
distinto al Nacional, por ejemplo, donde esta experiencia es muy difícil de
vivir.
Lo que cuento debe haber ocurrido a
finales de la década pasada. Aún jugaba
el ‘Matador’ y coincidió con la llegada de Pedro Morales, ‘cabrito’, al
‘Bulla’, que venía de Huachipato.
Justo estaba al frente suyo y veía cómo
perdía pelota tras pelota; de pronto, se cansó y ya no se movía. Lo peor es que
su tarea era alimentar al ‘Matador’ que, por ello, estaba desabastecido de ocasiones de gol.
Era tanta mi rabia con ese mocoso que
cuando perdió un balón le grité:
- ¡Termina, po’ conch...! ¿Cuándo vai a
dar un pase bueno?
Sentí muchas miradas fijas en mi rostro,
en mi cabeza, en mi cuerpo. Algunos curiosos, no por nada estábamos en Tribuna,
se dieron vuelta preguntándose quién era el desaforado que gritaba.
Me azoré y bajé la vista, prometiéndome
controlar mis impulsos. Ya no más.
Otra
corrida de Morales, cuyo pase se va a los pies de un contrario, y salté de mi
asiento sin pensarlo:
- ¡Puta, wn! ¡Termina con tus paseos qls o
ándate pa’ la casa!
Grande
fue mi sorpresa – y mi emoción – cuando vi a varios erguirse como energúmenos,
como yo nomás, y enrostrarle a Morales su inercia en el campo de juego. Los
improperios se multiplicaron y ya no me sentí ni tan solo ni tan avergonzado.
Últimos minutos; Morales se había cambiado de lado y atacaba
por la franja contraria. Ya había salido el ‘Matador’, a los 67’, cuando fue
reemplazado por Joel Soto, con la clara intención del DT Salah de darle más
rapidez a la ofensiva.
El resultado era empate a 1, pero
quedaban los descuentos. Aún tenía esperanzas de traernos los tres puntos.
A
los 90 minutos, y el relator lo consigna así:
-
¡Moraaaaaales! Se lo perdió
solo Morales. Cuando ingresaba solo al área, se demoró mucho y perdió la gran
oportunidad de anotar. Mala tarde para Morales.
Ahí tiré mi gorro azul al suelo y me
mandé un rosario que ni yo mismo había escuchado salir de mis labios. Ni me
importó que la casi totalidad de la tribuna, reconocidamente azul por la masividad
de las protestas, se sumara a mis exabruptos, en el que descollaron su madre,
la parentela toda, sus vecinos, sus ancestros hualpeninos y hasta sus vidas
anteriores, tal fue mi decepción.
Salí cabeza gacha, rumiando mi
frustración, pateando las piedras que se cruzaban en mi camino, maldiciendo
hasta los vendedores de ‘sánguche de potito’ que bombardean con sus olores
sacrílegos los retortijones de las tripas luego de tres horas sin ingerir
bocado.
En mi estómago no había espacio para el
hambre. No, por lo menos, por ese día.
Entenderá, dirigiéndose nuevamente a mí
luego del relato, por qué no puedo ver partidos con otras personas, ¿cierto?
Soy, a mucha honra, ‘un cabeza de pelota’.
En mi fuero interno no pude menos que
asentir. Yo también lo soy.
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