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‘El cabeza de pelota’





Soy ‘cabeza de pelota’, me dijo, entre compungido y resignado. No puedo ver los partidos acá, apuntando a la sala de Profesores, pues los vivo, los sufro, celebro un gol con la misma pasión con que reclamo un cobro equivocado del árbitro, salto desaforado, me tiro los pelos, me agarro la cara con las dos manos, golpeo las mesas o el suelo.

Hay quienes me dicen que soy exagerado, por eso o los veo solo o no lo hago. No me gusta molestar a las personas que están conmigo ni que me miren como bicho raro. Me entenderán si les pregunto qué piensan cuando alguien los mira mientras recogen con suavidad el caldo sustancioso de la cazuela de vacuno, tratando de abarcar los porotos verdes, un trozo de seductora papa, el zapallo anaranjado, el ajo y un poco de perejil, que les hacen guiños de complicidad mientras la cuchara rebosante se dirige a su destino final, abres los ojos y ¡zaz! que te ves observado por un curioso compañero de mesa que no tiene ninguna ocupación más útil que fijarse en la cara de deleite con que aceptamos la invasión de este plato extraordinario.

Una vez, prosiguió, yo trabajaba en La Serena. El fin de semana no me quise venir a Santiago, porque la ‘U’ visitaba al equipo local y mis ansias por ver a los azules eran incontenibles, como a Johnny Herrera, uno de mis ídolos. Compré la entrada y aguardé ansioso que pasaran martes, miércoles, jueves, viernes y sábado hasta el domingo, pues el partido estaba programado a mediodía, ya que dicen que los hinchas azules somos peligrosos.

El Estadio La Portada es de regulares dimensiones: caben dieciocho mil personas. Compré en Tribuna Andes, casi al lado de la cancha. Veía los rostros de los jugadores, era increíble, y muy distinto al Nacional, por ejemplo, donde esta experiencia es muy difícil de vivir.

Lo que cuento debe haber ocurrido a finales de la década pasada. Aún jugaba  el ‘Matador’ y coincidió con la llegada de Pedro Morales, ‘cabrito’, al ‘Bulla’, que venía de Huachipato.

Justo estaba al frente suyo y veía cómo perdía pelota tras pelota; de pronto, se cansó y ya no se movía. Lo peor es que su tarea era alimentar al ‘Matador’ que, por ello,  estaba desabastecido de ocasiones de gol.

Era tanta mi rabia con ese mocoso que cuando perdió un balón le grité:

- ¡Termina, po’ conch...! ¿Cuándo vai a dar un pase bueno?

Sentí muchas miradas fijas en mi rostro, en mi cabeza, en mi cuerpo. Algunos curiosos, no por nada estábamos en Tribuna, se dieron vuelta preguntándose quién era el desaforado que gritaba.

Me azoré y bajé la vista, prometiéndome controlar mis impulsos.  Ya no más.

Otra corrida de Morales, cuyo pase se va a los pies de un contrario, y salté de mi asiento sin pensarlo:

-  ¡Puta, wn! ¡Termina con tus paseos qls o ándate pa’ la casa!

Grande fue mi sorpresa – y mi emoción – cuando vi a varios erguirse como energúmenos, como yo nomás, y enrostrarle a Morales su inercia en el campo de juego. Los improperios se multiplicaron y ya no me sentí ni tan solo ni tan avergonzado.

Últimos minutos;  Morales se había cambiado de lado y atacaba por la franja contraria. Ya había salido el ‘Matador’, a los 67’, cuando fue reemplazado por Joel Soto, con la clara intención del DT Salah de darle más rapidez a la ofensiva.

El resultado era empate a 1, pero quedaban los descuentos. Aún tenía esperanzas de traernos los tres puntos.

 A los 90 minutos, y el relator lo consigna así:

-              ¡Moraaaaaales! Se lo perdió solo Morales. Cuando ingresaba solo al área, se demoró mucho y perdió la gran oportunidad de anotar. Mala tarde para Morales.

Ahí tiré mi gorro azul al suelo y me mandé un rosario que ni yo mismo había escuchado salir de mis labios. Ni me importó que la casi totalidad de la tribuna, reconocidamente azul por la masividad de las protestas, se sumara a mis exabruptos, en el que descollaron su madre, la parentela toda, sus vecinos, sus ancestros hualpeninos y hasta sus vidas anteriores, tal fue mi decepción.

Salí cabeza gacha, rumiando mi frustración, pateando las piedras que se cruzaban en mi camino, maldiciendo hasta los vendedores de ‘sánguche de potito’ que bombardean con sus olores sacrílegos los retortijones de las tripas luego de tres horas sin ingerir bocado.

En mi estómago no había espacio para el hambre. No, por lo menos, por ese día.

Entenderá, dirigiéndose nuevamente a mí luego del relato, por qué no puedo ver partidos con otras personas, ¿cierto?

Soy, a mucha honra, ‘un cabeza de pelota’.

En mi fuero interno no pude menos que asentir. Yo también lo soy.

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