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Me lo contaron. Palabras más, palabras
menos, así será narrado:
‘Acostumbraba salir media hora antes a
las clases vespertinas. Llegaba en diez minutos, pues el tránsito a esa hora no
era intenso, por lo menos para donde iba.
Mi perro, un robusto Labrador,
acostumbrado a mis salidas, se sentaba al lado del portón y allí esperaba que
sacara el auto, quietecito, sabedor quizá de que a los autos se les respeta.
Seis de la tarde marcaba el reloj, por
lo que guardé mis cosas en el bolso y me dispuse, luego de los consabidos
‘amononamientos’ a mi femenina coquetería, a partir sin prisa.
Tomé
las llaves, me despedí de mi hija que veía TV a esa hora, y abrí el
portón eléctrico.
No bien pongo la llave en la cerradura
cuando mi perro aúlla, salta y corre alrededor del auto. Mis órdenes son
inútiles, es tanta la euforia que lo domina. Comienza a arañar el capó, los
tapabarros, mientras sigue ladrando. Vislumbro que no quiere que me suba, pero
no atino a entender el porqué.
Mi hija se asoma al garaje alertada por
las carreras y los ladridos de mi perro. La miro desconcertada y por algunos
segundos tengo la premonición de que algo me pasará.
Ambas examinamos el vehículo, no sea que
tuviera un neumático desinflado, que los frenos, que el aceite. Abro el capó,
aguzo la vista, pues estaba casi oscureciendo,
y veo a un gato, atascado en medio del motor. Pequeño, no podíamos
sacarlo ni para arriba ni para abajo.
Sin saber de dónde, quizá alertado por
los ladridos de mi perro, quizá llamado por mi hija, aparece un vecino, de esos
que siempre están atentos a las emergencias del vecindario.
Con suma dificultad, poniendo todo
nuestro cuidado en ello, pudimos liberar al gatito.
Hoy acompaña a mis tres gatos, retozando
como si hubiera vivido toda su corta vida acá. Mi Labrador ya lo reconoce
como miembro de la familia y, estoy
segura, le tiene prohibido acercarse al auto. Debe sentirse su papá’.
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