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La gallina ponedora (cuento)

Extraída de Google: Gallinas ponedoras, una enciclopedia para avicultores


Sus abuelos vivían en pleno campo. Un canalcito marcaba el límite entre su parcela – nombre rimbombante para el modesto terrenito comprado con sumos sacrificios – y los vecinos, del que amigablemente compartían para regar sus pequeñas plantaciones y alimentar a sus numerosos animales de corral.

En aquella época, las verduras y frutos de la estación – ajenos a las exigencias del mercado y, por ende, a las manipulaciones tecnológicas tan comunes en nuestros días, que hacen aparecer tomates desvaídos o choclos esmirriados en cualquier temporada del año – campeaban y salpicaban de colores su campito, como el abuelo llamaba cariñosamente, como si fuera su hijo, a esa tierra fértil.

Todos los fines de semana, cual rito religioso, ella, su marido y sus tres hijas pequeñas abordaban el maltrecho y desvencijado microbús – dice el mito urbano que cuando el bus cumple el período de vida útil es enviado, indefectiblemente, a prestar servicios a la gente de campo - y entre saltos y bamboleos se dirigían a la casa de los abuelos.

No bien llegaron, ese sábado caluroso de verano, las chicas se desperdigaron por la chacra en dirección al gallinero, para saber cuántos pollitos habían nacido. Moviéndose en medio de la cabrita - cuyos cuernos nacientes señalaban que crecía y que pronto su leche matizaría sus desayunos -, se detuvieron a mirar el chiquero con cuatro cerditos que retozaban felices en el barro, y siguieron esquivando a los gansos, pavos, perros y gatos que convivían pacíficamente en medio de árboles repletos de jugosas ciruelas, aromáticos duraznos, de esos priscos, que se parten con la mano, unas cuantas alcayotas – ¡oh!, cuántos  recuerdos de aquella fibrosa mermelada con nueces -, un par de higueras con brevas oscuras e imponentes – recordé el famoso árbol de Florianópolis, Brasil, al cual debes rodear una vez para volver y dos para casarte -, una parra de uva blanca y una variedad de choclos, tomates, lechugas chilenas, toscas pero deliciosas, perejil, cilantro, betarragas y un sinfín de plantitas diversas. Así debe ser el Paraíso.

En un rincón, el abuelo tenía tomada a una gallina del pescuezo, mientras con la otra mano la afirmaba de las patas, cabeza abajo. Para el almuerzo, les dijo a las niñas, que miraban boquiabiertas la escena, pues nunca habían presenciado algo así.   

Al unísono, clamaron a su abuelo que no lo hiciera. Es que ya no da huevos, no le queda pelaje en las alas y está vieja, se justificaba, con la gallina aún asida del cogote. Nosotras la haremos poner, por favor, Tata. No lo haga.

Asintió casi sin resistencia – ¿habrá algo, me pregunto, que un abuelo no haga por sus nietos? – y se las entregó, no sin antes enseñarles algunos cuidados que debían tener, que el agua, que el maíz, que la jaula y un largo listado de cosas que las niñas anotaban mentalmente.

Lo primero que hicieron fue dejarle abierta la puerta de su jaula. Pasaron los días y no salía. Al séptimo, la vieron caminar temblequeante por el patio, mirando a un lado y otro, hasta llegar a unos matorrales donde permaneció hasta tarde, hasta que, a fuerza de llamados cariñosos, las niñas la hicieron volver, ya en la noche, a su corral.

En la mañana siguiente, unos gritos infantiles alborozados hicieron que ambos ancianos acudieran. Una de las niñas llevaba en su regazo tres huevos, de esos de color, mientras las otras saltaban y gritaban de alegría. Ve, abuelo, que pondría más huevitos, exclamaban.

La escena se repitió al día siguiente, y al otro, y al otro. La gallina, pensó el abuelo, pagaba la oportunidad de haber sobrevivido. Y lo hacía con sus salvadoras.

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