- Obtener enlace
- X
- Correo electrónico
- Otras aplicaciones
Vistas de página en total
Tus comentarios
Licencia Creative Commons
Este trabajo tiene licencia bajo CC BY-NC-ND 4.0
La última publicada
- Obtener enlace
- X
- Correo electrónico
- Otras aplicaciones
|
Mi mamá
cose que cose: las charreteras, la lira en el brazo, revisa los pantalones
blancos, la chaqueta azul piedra, en tanto que yo lustro los zapatos, limpio el
terciado y doblo cuidadosamente la camisa blanca, la corbata azul y el resto de
la indumentaria que usaremos la mañana siguiente. Mi hermano mayor hace lo
propio, aunque su vestimenta es más compleja, pues él es caja. Yo pito nomás,
tanto por estatura como por edad (recién voy en octavo básico y no me empino
más allá del metro cincuenta).
La calle
Recreo, pleno Cerro Polanco, era un hervidero de chicos preparando el desfile
de las Glorias Navales. Las mamás por un lado y los hijos por otro.
Andrea interrumpió
su relato, me miró fijamente una millonésima de segundo y alzó su vista al
cielo, fiel a su dulce costumbre (nunca he conocido a otra mujer que tenga
arraigado este gesto).
Esta historia, me
advirtió, se la contó su amigo, el mismo de la incidencia laboral. No alcancé a
preguntarle cómo estaba él, cuando ella, cual torbellino de palabras, prosiguió,
interrumpiendo su narración principal, lo que ya no me confunde, pues la
escucho con todo el cuerpo:
¿Recuerdas
que ella alguna vez se acercó a saludarlo, como si no se sintiera responsable
de su despido, aunque sabemos que así fue? Pues bien, el ademán de rechazo de
mi amigo fue tan enérgico que ella retrocedió con el semblante desfigurado.
Nunca he visto a mi amigo enojado, pero imagino cómo debe haber estado aquella
vez.
No se
vieron en harto tiempo, aunque vivían relativamente cerca. Cierta vez, ella se
le acercó y pidió hablarle unos minutos. Se disculpó por la injusticia que
había cometido, adujo excusas, aunque, en el fondo, ambos sabían que el
despecho era el causante. Ofreció –y esto escapa a la razón, intervino
Andrea—reparar el daño, lo que él quisiera. Le ofreció dinero, influencias
para conseguir un nuevo y mejor trabajo, en fin, muchas opciones. Todas las
rechazó, pues su molestia era infinita. Ella insistió una y otra vez, hasta que
venció su resistencia y mi amigo aceptó su compensación. No me quiso contar
cuál fue ni cuánto le pasó. Lo cierto es que retomaron su relación de amistad. No
te cuento más, porque esto es secreto de sumario, riéndose. Sé que ahora se
juntan, aunque ella sigue con la espina del daño que le provocó y le pide
perdón cada vez que se ven.
Le costó
dormirse esa noche. No solo por la emoción del desfile del otro día, sino
porque temía quedarse dormido. El Colegio Salesiano, en plena Avenida Argentina
con el Pasaje Don Bosco (era que no, si es el patrono del establecimiento),
goza desde siempre de una fama invaluable en el Puerto, merced a sus desfiles
en las Glorias Navales, amén de la educación humanista y técnica, cada una de
las cuales con su propia banda: la primera, una de guerra, en tanto que la segunda,
una instrumental.
Más de cien
alumnos constituyen ambos destacamentos, a los que se unen los escuadrones de
estudiantes que marchan a los sones de la música militar.
En mis
tiempos, el Colegio era acompañado por brigadas del Colegio María Auxiliadora,
solo de mujeres, enclavado en Playa Ancha, lo que hacía un espectáculo digno de
verlo. Hoy, por lo que sé, el colegio de mujeres tiene su propia banda.
Se durmió,
por fin, soñando con la actividad del día siguiente. No pasaron horas hasta que
el reloj despertador los hizo saltar de la cama: bañarse y vestirse fue en un
santiamén, desayunar a la rápida, pues la emoción solo les permitió poner unos
chocolates en los bolsillos de la chaqueta, y partir. Su mamá los seguiría en
breve.
Bajaron por
calle Recreo, empedrada todavía, a la usanza de Valparaíso, esquivando los
baches, circunspectos, dándose importancia, mientras las vecinas se asomaban a
las ventanas a ver a estos dos mocosos vestidos de gala, que iban a rendirle
honores a la Patria.
La historia
la sabían al dedillo: 21 de mayo de 1879, Guerra del Pacífico (1879-1884)
enfrentó en Iquique a los navíos chilenos Esmeralda (Arturo Prat Chacón) y
Covadonga (Carlos Condell de la Haza) a los peruanos Huáscar (Miguel Grau
Seminario) e Independencia (Juan Guillermo Moore Ruiz).
Antes de
continuar --prosiguió mi Andrea querida--, te cuento que alguna
vez un profesor enseñaba la técnica del acróstico y nos dijo que con los
nombres de los navíos del combate se formaba la palabra CHILE:
Covadonga-Huáscar-Independencia-Lamar (transporte chileno fondeado en
Iquique)-Esmeralda. Curioso, ¿cierto?
La
Esmeralda era hundida por los espolonazos del Huáscar; previamente, Prat y
varios marinos saltaron al abordaje, donde fueron ultimados por los peruanos.
La Covadonga, en tanto, hizo encallar a la Independencia en los roqueríos,
gracias al menor calado de la goleta chilena.
Los restos
de los marinos chilenos están depositados en el Monumento a los Héroes de
Iquique, ubicado en la Plaza Sotomayor, Valparaíso, hacia donde se dirigen
miles de estudiantes, días antes del 21, y cientos de soldados, el mismo 21, a
rendir tributo a quienes dieron la vida por nuestra nación.
Solo para
culminar, el conflicto bélico entre Chile y la alianza Perú-Bolivia finalizó
con la ocupación de la capital peruana en 1884. Producto de ello, el país se
anexó territorio considerable.
En diez
minutos de caminata se llega al colegio: bajada por Recreo, Almirante Simpson y
Avenida Argentina. Día laboral, con mucho tráfico de buses, autos y un gentío
abismante, hacía presagiar un espectáculo para la ciudad.
Llegaron
ambos hermanos raudos al establecimiento. Fueron recibidos por el portero y un
inspector, quienes los dirigieron al patio central, escaleras arriba. A
zancadas llegaron al sitio y divisaron a muchos alumnos, ordenando sus
instrumentos y ordenándose en escuadrones. Ya eran las 9:45 y la salida estaba
programada a las 12:00 h.
Siempre
escuchamos –en realidad, nos parecía mito urbano—que el colegio que desfilaba
mejor el año anterior cerraba el desfile siguiente. Lo cierto es que nosotros
siempre lo hacíamos. Y se quedaba mucho público, mucho más de los centenares
que nos acompañaban desde el colegio al Monumento, y de regreso, a las tantas
de la noche, pues ya había oscurecido.
El
itinerario lo sabíamos: encajonamiento en el patio central, salida y formación
en el Pasaje Don Bosco, desde donde enfilábamos a Avenida Pedro Montt por la
Avenida Argentina. En el camino –pura coincidencia nomás—nos topábamos con el
Seminario San Rafael, con su uniforme verde distintivo, pero solo con banda de
guerra, incomparable con la gigantesca nuestra. Tocábamos más fuerte y
elegíamos marchas más estruendosas cuando pasábamos a su lado o al de otros
establecimientos, pues nos encantaba demostrarles que la nuestra era una banda
de verdad, sin quitarles mérito, por cierto.
Cada banda
nuestra llevaba su propio tambor mayor, lo que era un espectáculo en el
Monumento. Decenas de tambores (no usábamos cajas, más pequeñas, como todos),
pitos y clarines. Más atrás, la banda instrumental, con trompetas, trombones,
saxofones, tubas, bombos, redoble, platillos y la lira, cuyo hermoso tintineo
es inconfundible.
No olvidaré
a los tres niños que abren el paso, bandera pequeña al hombro, en una figura
llamativa a los pies del Monumento. Parece que ya no están, pues no los vi en
el video de este año.
Más atrás,
estandartes y escoltas, escuadrones con sus brigadieres y subrigadieres. Todos
con su uniforme de parada.
Ya en Pedro
Montt nos cruzamos con el Colegio San Ignacio de Loyola (en mis tiempos, Pedro
de Valdivia), La Salle, Scuola Italiana, San Pedro Nolasco, Santo Domingo de
Guzmán (Playa Ancha), Escuela de Tripulantes, Los SS. CC, Padres Franceses (en
ese entonces, en Valparaíso), Agustín Edwards y otros que olvidé, pues se
mezclan con recuerdos posteriores.
Años
después (es lo que recuerdo), se fueron agregando colegios a este desfile.
Escuela Industrial de Valparaíso (está en Avenida España), Legionarios y otros
establecimientos de Viña del Mar.
Compradores
y dependientes, transeúntes, vendedores callejeros (que en ese entonces había
muy pocos), todos se agolpaban a las calles a ver pasar la delegación de su
hijo, hermano, amigo o solo por curiosidad.
Uno de los
sellos musicales de nuestras bandas era el Traspaso alemán, con el que
iniciábamos nuestra marcha o servía de enlace a la melodía siguiente. Distinto
al común y corriente, comenzaba con tonos más bajos, pero finalizaba de la
misma forma. Nos alternábamos en los compases: primero, la banda de guerra;
luego, la instrumental y así, sucesivamente, todo lo cual impactaba a la gente
que nos veía pasar. Éramos imperdibles, vale reconocerlo, no solo por el número
de integrantes ni por las dos bandas, sino por la calidad que llegaba a los
oídos de quienes nos escuchaban. Era el producto de tantos ensayos, de tantos ejercicios
en nuestras casa y barrios, de tanto importunar a nuestros vecinos los fines de
semana, muy temprano en las mañanas, y de nuestra concentración en los
desfiles.
El viaje al
Monumento desde nuestro colegio era largo, tanto como el del Seminario San
Rafael, pues ellos partían desde la Subida Santa Elena, un kilómetro más arriba
de la avenida Argentina. Nosotros, y estoy revisando el Google, marchábamos más
de 3 kilómetros, solo de ida, lo que duplicamos con el retorno, a lo que
sumamos la espera casi todo el día. Lo cierto es que llegábamos de regreso ya
de noche, luego de una jornada inolvidable.
Ya en
Blanco, a un par de cuadras de la Plaza Sotomayor, nuestros corazones se
agitaban. La altura de los edificios hacía retumbar nuestras marchas, por lo
que la emoción circulaba por doquier. Además, los colegios estaban juntos, en
sucesión, por lo que entraban en conflicto. Por ello, cruzado un límite, la
orden de los marinos era solo mantener el redoble, para seguir el paso.
Miramos
hacia atrás. Nuevamente, éramos los últimos, con lo que nuestras presunciones
se confirmaron: fuimos los mejores del año pasado.
Nos
dispusimos a lo ancho de la calzada, de mayor a menor: una fila de tambores,
dos de pitos (yo, como uno de los más chicos, iba casi al final de la segunda
fila) y una de clarines. Más atrás, la banda instrumental, con su tambor mayor,
quien después se pondría al frente de la delegación, a unos metros del guaripola
de la banda de guerra. Así, éramos los únicos que desfilábamos con dos bandas y
dos tambores mayores.
El brigadier
mayor se ubica delante de la banda de guerra y comienza a dar las órdenes para
el encajonamiento. El silencio se apodera de las miles de almas que rodean el
sector y escuchan su ronca voz:
¡Banda, a
discreción!
¡A
discreción! ¡Fir…!
¡Alíneen,
ar!
¡Al hombro,
ar!
¡Por
secciones en línea, marquen el paso, con compás, Mar!
Con estas
voces se iniciaba nuestro encajonamiento. La banda de guerra irrumpía con la marcha,
mientras los dos tambores mayores movían diestramente sus bastones de mando
(guaripolas). más de alguno lo lanzaba a los aires, si no los dos al mismo
tiempo, y lo recibían en medio de los aplausos de la multitud. Esta era una
prueba de pericia no tan común. Alguna vez, recuerdo, a uno de otro colegio se
le cayó y la recogió con presteza, pero jamás olvidaría ese momento vergonzoso.
Luego del Traspaso
alemán, el mismo que se usaba para cambio de marchas, la banda instrumental
tomaba la conducción con Los Nibelungos, melodía oficial de la Escuela Naval
Arturo Prat Chacón, mientras se desplazaban en filas hacia el frente del
Monumento y las autoridades.
Allí venían
los tres niños, con no más de 12 años, cada uno con una pequeña bandera chilena
en un mástil, que se desplazaban en línea recta. A veinte metros, el de la
derecha giraba y se dirigía a la esquina del Monumento. Veinte metros más allá,
el segundo hacía lo propio, hasta que el último, a la misma distancia de sus
antecesores, ocupaba su lugar. Así, había uno al inicio, otro al centro y el
último al final de la representación del Colegio. Su paso de parada era
observado con un silencio religioso, que culminaba con los vítores de la
multitud, que se aprestaba a ver el desfile de las delegaciones, tanto del
Salesiano como del María Auxiliadora.
Primero
pasan los abanderados y escoltas, luego los escuadrones, en medio de marchas
hermosas y recordables. En mi fila de pitos, ya no teníamos acción, pues
tambores y clarines acompañaban los sones de la banda instrumental. Volveríamos
a tocar al regreso. Debíamos guardar fuelle, pues todos éramos más pequeños.
Antes de desencajonar,
los tres niños del inicio hacían todo el proceso a la inversa y se unían a los
destacamentos que nos esperaban metros más allá.
Desencajonamos,
paso de parada nuevamente y cierre de la presentación. Todos en silencio,
guiados por el redoble, que nos permitía seguir el tranco.
Caminamos
una cuadra más, doblamos a la izquierda y retornamos al Colegio haciendo gala
de los pasacalles (marchas que se interpretan en el recorrido) y la misma
galanura inicial. Nos seguían miles de personas, entre las cuales, agitando los
brazos y alegre, iba mi mamá. Fiel a su compromiso –y hasta el día de hoy lo
recuerda--, nos acompañaba en todo nuestro periplo.
El viaje de
regreso fue hermoso: a las felicitaciones de nuestros profesores, se sumaban
los clamores de los espectadores: El Colegio Salesiano se había lucido, como
siempre, en su homenaje.
Ya en el
patio central, luego de haber recorrido los kilómetros de vuelta, tal como lo
anticipé, nuestro despliegue fue absoluto, pues entonábamos la primera, la
segunda, la tercera y todo el repertorio de pitos y tambores, más los clarines;
cada tanto, el control lo asumía la banda instrumental, sobre todo cuando
pasábamos por calles flanqueadas de altos edificios, pues ahí el sonido se
multiplicaba.
El
encajonamiento final, las palabras del rector, una breve colación y un ¡Hasta
mañana! con el pecho inflado por el deber cumplido.
Esa noche,
mi hermano y yo dormimos plácidamente, Agotados, pero satisfechos y orgullosos.
Notas del redactor:
Agradezco las
imágenes de mi querido exalumno Fabián Marchant Soto, quien nació y creció en
el puerto principal, egresado del Colegio Salesiano de Valparaíso 2015, donde
cursó la especialidad de Mecánica Industrial en el 4°A.
Durante su paso por
su segundo hogar (colegio), tuvo la oportunidad de ser Tambor Mayor de la banda
de Honor, cumpliendo el cargo con responsabilidad, dedicación, respeto,
esfuerzo y pasión, valores que son inculcados y reforzados en el colegio. Esta
experiencia no solo marcó su trayectoria estudiantil, sino que también le
entregó herramientas fundamentales para su futuro, con un gran desempeño
laboral y profesional.
Por otro lado, en esta narración
utilicé el recurso de la Intratextualidad, es decir, referirme a otros cuentos
en los que Andrea es la narradora testigo y que sirven para contextualizar
aspectos aparentemente inconexos. Si quiere saber quién es y el desarrollo de
historias inmersas en la narración principal, puede adentrarse en esos
episodios a través de los siguientes enlaces:
Historia |
Vínculo |
Pichirropulli, o la historia de Andrea |
https://electivolit.blogspot.com/2019/06/pichirropulli-o-como-relatar-una.html |
El Hermano Ramón |
https://electivolit.blogspot.com/2019/08/el-hermano-ramon-cuento.html |
El pecho ‘e perra |
https://electivolit.blogspot.com/2019/10/el-pecho-e-perra-cuento-inconcluso.html |
Las historias que no contamos |
https://electivolit.blogspot.com/2024/12/las-historias-que-no-contamos.html |
La pensión |
https://electivolit.blogspot.com/2023/04/la-pension-cuento-primera-parte.html |
El Negro Bueno |
https://electivolit.blogspot.com/2024/08/el-negro-bueno-entre-sabores-y-secretos.html |
Alter ego |
https://electivolit.blogspot.com/2024/04/como-escribo-alter-ego.html |
El loco Pepe |
https://electivolit.blogspot.com/2025/01/el-loco-pepe-karma-y-prejuicio.html |
¿Es porteño y
quiere conocer más historias del Puerto?
Simplísimo. Visite
estos enlaces, en particular, aunque la mayor parte de las narraciones contenidas
en Cuentos de mi ciudad, volúmenes I y II, publicadas en Amazon, incluyen
historias ocurridas en Valparaíso.
https://electivolit.blogspot.com/2015/04/una-moneita-pal-judas.html
https://electivolit.blogspot.com/2015/04/juguemos-al-ring-ring-raja.html
Finalmente, lo invito a ver este video
disponible en YouTube, del encajonamiento en la Plaza Sotomayor, cuyo crédito
le corresponde a Eric Guerra Guenuman:
https://www.youtube.com/watch?v=qYjcqFtjswI&t=44s
Comentarios
Publicar un comentario
Aspectos lingüísticos de uso diario explicados con palabras sencillas y documentadas. Un sitio de fácil acceso.