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La última publicada

El Luciérnaga: un cuento sobre la dignidad silenciosa del oficio docente

 

Extraída de Google: iStock

Cuento ambientado en un encuentro íntimo donde una historia escolar revela, a través de un apodo, la precariedad, la vocación y la dignidad silenciosa de un profesor chileno.

Frente a dos tragos, un cenicero y música suave de fondo, Andrea y yo nos mirábamos con esa complicidad que solo se da entre quienes han hecho del relato un ritual. Nos habíamos reencontrado por azar, o eso quisimos creer, cuando yo regresaba de mis compras. Ella, al volante, me reconoció de inmediato y me hizo señas amistosas, el pretexto perfecto para cumplir con lo nuestro: sentarnos a conversar y dejar que una historia se abriera paso.

El pub estaba casi vacío. Noche primaveral, calurosa, de esas tan propias del interior de la región, cuando el aire parece quedarse detenido y todo invita a demorarse un poco más. De fondo sonaba Disfruto, de Carla Morrison, y Andrea, apenas la reconoció, alzó la vista al cielo en su gesto habitual, como si quisiera atrapar algo que flotara sobre nosotros.

Quiero darte un beso

Perder contigo mi tiempo

Guardar tus secretos…

Me hice el desentendido, aunque no perdí una sílaba. Por el rabillo del ojo advertí que me observaba con intensidad, mientras se pasaba las manos por los ojos, intentando borrar unas lágrimas furtivas que amenazaban con deslizarse por sus mejillas suaves. No dijo nada. Tampoco fue necesario. La música hizo su trabajo y, cuando terminó, el momento dulcemente incómodo se disolvió.

—Ya —dijo, acomodándose en la silla—. Te voy a contar algo.

Antes, eso sí, nos pusimos al día. Lo justo. La vida, el trabajo, los pequeños cansancios acumulados desde la última vez. Luego, como siempre, Andrea comenzó su relato sin preámbulos.

El chileno es conocido por muchos rasgos, algunos admirables, otros no tanto. Entre estos últimos —no sé si será bueno o malo, pero es innegable— destaca la afición por poner apodos. Es una costumbre que se aprende temprano, casi como un juego de iniciación, especialmente en la escuela, donde los alumnos compiten por bautizar a sus profesores con sobrenombres que rara vez olvidan.

Aún recuerdo –y este es mi aporte--, en las juntas de exalumnos luego de muchos años de egreso, cuando hacen recuerdos de sus profesores, los añorables y los otros, recitando sus alias sin ruborizarse siquiera, entre risas estruendosas y menciones a las explicaciones de tales denominaciones.

Basta un gesto, un modo de hablar, una muletilla, cierto parecido con algún personaje de moda o, peor aún, algún rasgo físico evidente, para que el apodo se instale. A veces uno ni siquiera lo sabe; solo percibe las risas a la espalda. Y da gracias si el apelativo no resulta ofensivo ni apunta a un defecto que uno intenta ocultar con esmero.

—¿Te acuerdas del Macha? —me preguntó de pronto.

Asentí. Profesor de Educación Física. Nunca entendí bien el origen del alias, salvo por aquella boca ancha que parecía extenderse hasta rozarle las orejas.

Esta historia —continuó— me la contó un profesor mayor, con quien trabajé cuando recién empezaba. En esos años, hace ya bastante tiempo, el sueldo docente era escuálido, muchas veces insuficiente para vivir. Había que hacer malabares: clases en la mañana, en la tarde y en la noche, de lunes a viernes, y dejar el fin de semana para corregir, preparar materiales, planificar actividades y, con suerte, compartir algo de tiempo con la familia.

Ser profesor también implicaba una exigencia estricta en la apariencia. Había que vestir bien. Muy bien. Los hombres, chaqueta, camisa blanca, corbata, pantalón de tela y zapatos impecablemente lustrados; las mujeres, traje de dos piezas. Los estudiantes tampoco escapaban a la norma: varones de pelo corto, “a lo colegial”, nada de bigotes incipientes; las damas, pelo tomado, falda más abajo de la rodilla, sin maquillaje, impensable el pelo teñido.

El docente en cuestión hacía clases de Historia y Geografía. Decían que sabía mucho. Tanto, que tenía jornada completa, de lunes a viernes, con mañanas y varias tardes ocupadas, sobre todo en talleres electivos.

Todos los días, sin excepción, vestía la misma tenida: chaqueta negra, pantalón beige, camisa blanca, corbata azul marino y zapatos negros, siempre bien lustrados. Demasiado bien, diría alguno.

—Cuando llegué al colegio —me dijo Andrea—, recién salida de la universidad, uno de mis alumnos más pequeños me contó los apodos de todos los profesores. Me recalcó que yo todavía no tenía ninguno. No sabes el alivio que sentí.

El apodo de aquel profesor no tardó en aparecer entre la lista. El Luciérnaga.

—¿Y por qué? —le pregunté.

El niño fue categórico:

—Fíjese en su ropa, tía. Siempre le brilla. Parece luciérnaga.

Andrea no pudo contener la risa. Reconoció que era cierto. Otros alumnos añadían, con crueldad infantil, que si un gato intentara afirmarse en su chaqueta, resbalaría sin remedio, de tan llena de grasa que estaba.

Mientras lo contaba, hizo una pausa. Yo supe que ahí estaba el verdadero nudo de la historia.

En su fuero interno —me confesó— pensó en lo que costaría comprar un traje nuevo. Pensó en los turnos interminables, en los sueldos que apenas alcanzaban, en la dignidad sostenida a fuerza de lustre y repetición. Y se prometió algo en silencio: no burlarse nunca más de la apariencia de nadie. Porque antes de reír, antes de juzgar, hay que preguntarse qué historia hay detrás de cada persona.

Andrea guardó silencio. Afuera, una luz se encendió brevemente y se reflejó en el vidrio del pub. Pensé, sin decirlo, que incluso las luciérnagas brillan sin querer, no para ser vistas, sino porque no saben hacerlo de otro modo.

Levantamos los vasos. La música volvió a sonar, más suave ahora. Andrea me miró, y supe que el ritual estaba cumplido, al menos por esa noche.

 

En mis relatos más de alguna vez he consignado historias de estos, las que puede leer haciendo clic en los enlaces:

 

Nombre

Vínculo

La vida da vueltas

https://electivolit.blogspot.com/2014/07/historias-de-amigos.html

¿Con quién tení' clase?

 

https://electivolit.blogspot.com/2017/09/con-ese-cu.html

Profe, usted es un dictador

https://electivolit.blogspot.com/2016/05/profe-usted-es-un-dictador.html

Los golpes

https://electivolit.blogspot.com/2015/10/me-di-cuenta-de-que-estaba-mal-cuando.html

El español

https://electivolit.blogspot.com/2015/07/el-espanol-otra-historia-de-un-profe.html

Reverso, otra historia

https://electivolit.blogspot.com/2015/07/reverso-otra-historia-de-un-profe.html

El flesha

https://electivolit.blogspot.com/2015/07/el-flesha.html

Anverso, otra historia

https://electivolit.blogspot.com/2015/06/anverso-historia-de-un-profe.html

La profe de Biología

https://electivolit.blogspot.com/2015/05/la-profe-de-biologia.html

La Legua

https://electivolit.blogspot.com/2014/07/como-ser-profesor-en-la-legua.html

Toñito

https://electivolit.blogspot.com/2024/11/tonito-el-profesor-que-dejo-huella-y.html

Si quiere conocer el origen de Andrea, mi hermosa relatora ficticia, basta con que escriba su nombre en Buscar del Blog y hallará variadas historias, algunas maravillosas.


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