Cuento ambientado en un encuentro íntimo donde una historia escolar revela, a través de un apodo, la precariedad, la vocación y la dignidad silenciosa de un profesor chileno.
Frente a dos tragos, un cenicero y
música suave de fondo, Andrea y yo nos mirábamos con esa complicidad que solo
se da entre quienes han hecho del relato un ritual. Nos habíamos reencontrado
por azar, o eso quisimos creer, cuando yo regresaba de mis compras. Ella, al
volante, me reconoció de inmediato y me hizo señas amistosas, el pretexto
perfecto para cumplir con lo nuestro: sentarnos a conversar y dejar que una
historia se abriera paso.
El pub estaba casi vacío. Noche
primaveral, calurosa, de esas tan propias del interior de la región, cuando el
aire parece quedarse detenido y todo invita a demorarse un poco más. De fondo
sonaba Disfruto, de Carla Morrison, y Andrea, apenas la reconoció, alzó la
vista al cielo en su gesto habitual, como si quisiera atrapar algo que flotara
sobre nosotros.
Quiero darte un beso
Perder contigo mi tiempo
Guardar tus secretos…
Me hice el desentendido, aunque no perdí una sílaba. Por el rabillo del ojo advertí que me observaba con intensidad, mientras se pasaba las manos por los ojos, intentando borrar unas lágrimas furtivas que amenazaban con deslizarse por sus mejillas suaves. No dijo nada. Tampoco fue necesario. La música hizo su trabajo y, cuando terminó, el momento dulcemente incómodo se disolvió.
—Ya —dijo, acomodándose en la silla—. Te
voy a contar algo.
Antes, eso sí, nos pusimos al día. Lo
justo. La vida, el trabajo, los pequeños cansancios acumulados desde la última
vez. Luego, como siempre, Andrea comenzó su relato sin preámbulos.
El chileno es conocido por muchos
rasgos, algunos admirables, otros no tanto. Entre estos últimos —no sé si será
bueno o malo, pero es innegable— destaca la afición por poner apodos. Es una
costumbre que se aprende temprano, casi como un juego de iniciación,
especialmente en la escuela, donde los alumnos compiten por bautizar a sus
profesores con sobrenombres que rara vez olvidan.
Aún recuerdo –y este es mi aporte--, en
las juntas de exalumnos luego de muchos años de egreso, cuando hacen recuerdos
de sus profesores, los añorables y los otros, recitando sus alias sin
ruborizarse siquiera, entre risas estruendosas y menciones a las explicaciones
de tales denominaciones.
Basta un gesto, un modo de hablar, una
muletilla, cierto parecido con algún personaje de moda o, peor aún, algún rasgo
físico evidente, para que el apodo se instale. A veces uno ni siquiera lo sabe;
solo percibe las risas a la espalda. Y da gracias si el apelativo no resulta
ofensivo ni apunta a un defecto que uno intenta ocultar con esmero.
—¿Te acuerdas del Macha? —me preguntó de
pronto.
Asentí. Profesor de Educación Física.
Nunca entendí bien el origen del alias, salvo por aquella boca ancha que
parecía extenderse hasta rozarle las orejas.
Esta historia —continuó— me la contó un
profesor mayor, con quien trabajé cuando recién empezaba. En esos años, hace ya
bastante tiempo, el sueldo docente era escuálido, muchas veces insuficiente
para vivir. Había que hacer malabares: clases en la mañana, en la tarde y en la
noche, de lunes a viernes, y dejar el fin de semana para corregir, preparar
materiales, planificar actividades y, con suerte, compartir algo de tiempo con
la familia.
Ser profesor también implicaba una
exigencia estricta en la apariencia. Había que vestir bien. Muy bien. Los
hombres, chaqueta, camisa blanca, corbata, pantalón de tela y zapatos
impecablemente lustrados; las mujeres, traje de dos piezas. Los estudiantes
tampoco escapaban a la norma: varones de pelo corto, “a lo colegial”, nada de
bigotes incipientes; las damas, pelo tomado, falda más abajo de la rodilla, sin
maquillaje, impensable el pelo teñido.
El docente en cuestión hacía clases de
Historia y Geografía. Decían que sabía mucho. Tanto, que tenía jornada
completa, de lunes a viernes, con mañanas y varias tardes ocupadas, sobre todo
en talleres electivos.
Todos los días, sin excepción, vestía la
misma tenida: chaqueta negra, pantalón beige, camisa blanca, corbata azul
marino y zapatos negros, siempre bien lustrados. Demasiado bien, diría alguno.
—Cuando llegué al colegio —me dijo
Andrea—, recién salida de la universidad, uno de mis alumnos más pequeños me
contó los apodos de todos los profesores. Me recalcó que yo todavía no tenía
ninguno. No sabes el alivio que sentí.
El apodo de aquel profesor no tardó en
aparecer entre la lista. El Luciérnaga.
—¿Y por qué? —le pregunté.
El niño fue categórico:
—Fíjese en su ropa, tía. Siempre le
brilla. Parece luciérnaga.
Andrea no pudo contener la risa.
Reconoció que era cierto. Otros alumnos añadían, con crueldad infantil, que si
un gato intentara afirmarse en su chaqueta, resbalaría sin remedio, de tan
llena de grasa que estaba.
Mientras lo contaba, hizo una pausa. Yo
supe que ahí estaba el verdadero nudo de la historia.
En su fuero interno —me confesó— pensó
en lo que costaría comprar un traje nuevo. Pensó en los turnos interminables,
en los sueldos que apenas alcanzaban, en la dignidad sostenida a fuerza de
lustre y repetición. Y se prometió algo en silencio: no burlarse nunca más de
la apariencia de nadie. Porque antes de reír, antes de juzgar, hay que
preguntarse qué historia hay detrás de cada persona.
Andrea guardó silencio. Afuera, una luz
se encendió brevemente y se reflejó en el vidrio del pub. Pensé, sin decirlo,
que incluso las luciérnagas brillan sin querer, no para ser vistas, sino porque
no saben hacerlo de otro modo.
Levantamos los vasos. La música volvió a
sonar, más suave ahora. Andrea me miró, y supe que el ritual estaba cumplido,
al menos por esa noche.
En mis relatos más
de alguna vez he consignado historias de estos, las que puede leer haciendo
clic en los enlaces:
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Nombre |
Vínculo |
|
La vida da vueltas |
https://electivolit.blogspot.com/2014/07/historias-de-amigos.html |
|
¿Con quién
tení' clase? |
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|
Profe,
usted es un dictador |
https://electivolit.blogspot.com/2016/05/profe-usted-es-un-dictador.html |
|
Los golpes |
https://electivolit.blogspot.com/2015/10/me-di-cuenta-de-que-estaba-mal-cuando.html |
|
El español |
https://electivolit.blogspot.com/2015/07/el-espanol-otra-historia-de-un-profe.html |
|
Reverso, otra historia |
https://electivolit.blogspot.com/2015/07/reverso-otra-historia-de-un-profe.html |
|
El flesha |
|
|
Anverso, otra historia |
https://electivolit.blogspot.com/2015/06/anverso-historia-de-un-profe.html |
|
La profe de Biología |
https://electivolit.blogspot.com/2015/05/la-profe-de-biologia.html |
|
La Legua |
https://electivolit.blogspot.com/2014/07/como-ser-profesor-en-la-legua.html |
|
Toñito |
https://electivolit.blogspot.com/2024/11/tonito-el-profesor-que-dejo-huella-y.html |
Si quiere conocer el origen de Andrea, mi hermosa relatora ficticia, basta con que escriba su nombre en Buscar del Blog y hallará variadas historias, algunas maravillosas.

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