domingo, 27 de julio de 2014

"¿Garage o garaje?”




Leía la edición de ayer, sábado, de La Tercera, diario interesante por la cobertura y objetividad en sus noticias. Particularmente, le presté atención a la crónica sobre el nuevo DT de la UC, Julio César Falcioni, de autoría de WG y EG.  Nada más leer, advertí dos errores gruesos de sus redactores: “garage” y “la aula”.  


Garage es un galicismo, es decir, proviene del francés; hace bastante tiempo que la RAE lo transformó en garaje, para adecuarlo a la norma de palabras terminadas en aje. 


Los sustantivos femeninos, por otra parte, en singular exigen artículo masculino, por lo que no es correcto escribir “la aula” sino “el aula”. Del mismo modo, el águila, el arpa, el alma, el áspid, etc. (todos femeninos)


La rutina ya era conocida. Todos los martes y jueves, al atardecer, Julio César Falcioni estacionaba su auto en un garage ubicado en la calle Corrientes. Caminaba unos cincuenta metros, después recorría una cuadra, cruzaba Lavalle e ingresaba en un edificio situado a la derecha. Subía un piso por escalera y llegaba a destino: la Escuela de Periodismo Deportivo de los 2 Congresos.


Lejos del éxito que hoy ostenta como entrenador, el actual dueño de la banca de Universidad Católica estudió periodismo. Lo hizo en 1995, tras haberse retirado del fútbol. Atrás quedaban los títulos que había conseguido con América de Cali. En la aula, obviamente, la presencia del Emperador no pasaba inadvertida.

http://www.latercera.com/noticia/deportes/2014/07/656-588420-9-el-periodista-falcioni-la-faceta-desconocida-del-tecnico-de-la-uc.shtml

sábado, 26 de julio de 2014

“La vida da vueltas y las vueltas de la vida”




Me la contó uno, Profesor como yo. La consideré interesante y, sin su permiso, la reproduzco, pues nadie sabrá quiénes son, ni siquiera él:


“Hace mucho tiempo, en plena juventud, hacía clases en un liceo capitalino. Allí tuve a dos alumnos, hermanos: él, agradable, educado, pero pelusón; ella, una joven lindísima, rubia, ojos celestes, que causaba sensación entre sus compañeros y quienes la conocían. No recuerdo su nombre, de verdad, pues a ella no le hice clases, sí a su hermano, pero los veía juntos así que no fue difícil enterarme de su vínculo. Además, ella siempre me saludaba, seguramente por referencias de su hermano, lo que me agradaba.


Luego de dos años, salieron del colegio y les perdí la pista, como a muchos otros alumnos que he tenido. Una de las incertidumbres más notables en nuestra profesión es saber cómo los ha tratado la vida, cuántos proyectos han concretado y cuán felices son (nunca, siquiera, se me ocurre pensar que pudieran estar mal). Y a cuántos se les pierde la pista, hasta que en un recodo cualquiera te saludan con el infaltable ¡Hola, Profe!,  exprimes tu cerebro para saber quién es, aunque le respondes el saludo, y sigues tu camino o te detienes,  intercambias algunas palabras con el alumno perdido en la memoria, cuyo rostro apenas recuerdas. A veces, los llevas prendido en el corazón y te basta escuchar su voz o ver su rostro para recordarlos. 


Hace algunos años, de vuelta en la capital, por los rigores de nuevos trabajos debí trasladarme a una comuna próxima. La mala movilización hizo que prefiriera viajar en auto, por lo que me afané en buscar estacionamientos baratos y cercanos al colegio. Di, sin saber cómo, con una calle lateral, donde un hombre ya, que superaba la treintena, se acercó y afablemente me saludó con el consabido -¡Hola, Profe! ¿Se lo cuido?


Luego del reconocimiento, un abrazo selló el reencuentro y me enteré por sus labios que cuidaba autos, que era el mismo alumno “pelusón” del que guardaba gratos recuerdos. Trabajaba con su padre en la misma cuadra y ganaba lo suficiente para vivir con dignidad. No pude menos que apenarme, pues tenía condiciones para seguir estudiando. Ignoro qué pasó con su vida en el intertanto. 


Quince años atrás,  joven y soltero, salía de juerga los fines de semana con amigos “profes”. Cierta vez, uno propuso: -¡Vamos al “Topless X”! Todos asentimos, pues ya nos habíamos tomado unos cuantos tragos y queríamos seguir la jarana. 


Una vez allí, confieso que era primera vez que acudía a un sitio así, me impresioné por la música, las penumbras mientras se encendían y apagaban luces multicolores que rebotaban en las paredes. En el escenario, una chica con bikini bailaba cadenciosa y sensualmente una rítmica melodía, en tanto se iba despojando de sus ropas con una finura nunca vista después; otras, despampanantes y  voluptuosas,  distribuían tragos a los numerosos asistentes, hombres de todas las edades, cuyos rostros divisaba y perdía, por influjo de esas luces que hacen verte como caminando en cámara lenta. El ambiente era, lo confieso, seductor, pues el trago, la música, las luces y mujeres a medio vestir  que se paseaban al alcance de tu mano en medio del humo de los cigarrillos eran irresistibles. 

Nos hicieron pasar a un reservado; ingresó una chica quien, desprovista del sostén, bailaba más sugerente que la del escenario. Nos arrellanamos en los sillones, no éramos más de cinco. Sorpresivamente, se sentó en mis faldas, mientras frotaba su cuerpo al mío, lo que encendía mi naturaleza. No entendía nada. Acercó sus labios a mi oreja derecha y susurró: “Esto es para usted, Profesor”.


Quedé helado, no sabía quién era la hermosa jovencita. Luego del agobiante baile, pues sé que era centro de las miradas de mis amigos y, hay que reconocerlo, era una situación incómoda, terminó el número. La chica nos ofreció más tragos y pude hablar con ella. Era la misma joven que conocí, la hermana de mi alumno,  quien me había identificado  y no se avergonzó de ir a saludarme; su voz, algo gastada, su cutis lucía más ajado, pero su hermosura seguía invariable, como la bella chica amada por todo un colegio.  


Desde esa época, dejo mi auto al cuidado de mi exalumno, confiado en que lo protegerá como “hueso de santo”.  Nunca le he preguntado por su hermana. Y nunca lo haré. “

viernes, 25 de julio de 2014

“Las manos al fuego y nuestra cultura”




Noche de jueves. Entre “Las mil y una noches”, “Cazadores de tesoros” (History Channel) y “The Big Bang Theory” (Warner Channel),  llegué a Chilevisión y su ya típico “Manos al fuego”.

La curiosidad pudo más, lo reconozco, y me detuve algunos minutos para saber cuáles eran los casos:

Los tres  tenían elementos en común; a saber: mujeres jóvenes, en sitios de diversión discretos, ambientes relajados, varones (los encargados de proveer la tentación) de gimnasio y “cancheros”, la protección del  anonimato, tragos,  música sugerente y todas con parejas estables.

Sus pololos observaban, tras las cámaras y en sitios cercanos, cómo se desenvolvían sus mujeres; en tanto, apostaban, con escaso convencimiento y casi lindando en el  “voyerismo” (el que disfruta mirando parejas en “plena acción”),  que ellas saldrían ilesas de esos encuentros casuales y su amor saldría fortalecido.  Los billetes pasaban de una mano a otra, cien, doscientos, trescientos, cuatrocientos mil pesos eran utilizados como señuelo para dejar de mirar y llegar hasta allí. - No, era la respuesta unánime, les daba lo mismo exponer a sus mujeres al descrédito público (pobre mujer, no sería lapidada como en otras culturas, pero la sanción social se dejaba venir, quién entablaría una relación seria con ella, a sabiendas de ese tropiezo publicitado, las mirarían mientras pasaran y a sus espaldas dirían – Mira, ahí va la “gorrera”) y ellos mismos pasar a denominarse “cornudos”, apelativo con que nuestro pueblo – y nosotros mismos – denominamos a quien sufre los rigores de la infidelidad. Olvidaron la máxima del saber popular “ojos que no ven, corazón que no siente”.

Su única preocupación era que no besaran en la boca al fulano seductor, pues ese paso era la infidelidad; los coqueteos, movimientos cimbreantes, miradas directas a los ojos, toqueteos, habladas al oído, susurros en el cuello, manos en la pierna, bailes apegados (“rejuntos”  diría) no tenían mayor significado. No era razón suficiente para dejarla y, al contrario, era un buen síntoma de que la confianza se reforzaba. Ya me los imagino con sus amigos, en medio de los vapores de una buena “Cuba Libre”, defender a sus féminas con razones como: “-No, po’ loco. Si no lo besó.“ Les leería el último capítulo de “El Lazarillo de Tormes”, cuando es vox pópuli que la señora de Lázaro se acuesta con el Arcipreste de San Salvador y responde a un amigo: “- Mira: si sois amigo, no me digáis cosa que me pese, que no tengo por mi amigo al que me hace pesar, sobre todo si me hablan mal de mi mujer que es la cosa del mundo que yo más quiero y la amo más que a mí, que yo juraré que es la más buena mujer de Toledo. Quien otra cosa me dijere, yo me mataré con él.” 

Todas, a mi juicio, fracasaron: la bella, la gruesa y la mayor; la primera, no lo besó, pero si no cayó estuvo en el borde; la segunda, sí lo hizo; al igual que la tercera. Sus reacciones fueron dispares: mientras la primera sostuvo que siempre se mantuvo digna (?), la segunda asumió su error, aunque afirmó que siempre estuvo pensando en su pareja (?) y la tercera se fue “en la mala”, ya que le enrostró a su pareja “–No, papito. Yo te he perdonado muchas, así que no me vengai a criticar. Con qué moral” (?)

¿Seguirán juntas las tres parejas? ¿Su nivel de confianza se profundizó o el deterioro ya es evidente? ¿La revancha, por parte de los varones, se aproxima o, por lo menos, germina en sus mentes? ¿Es, por último, legítimo, poner a tu pareja en estas situaciones límites?

De todo se aprende, incluso de programas como este. Ni para decir “todas las mujeres son iguales” ni “de esta agua no beberé”.  Acuérdense de “Atracción fatal” y punto.

miércoles, 23 de julio de 2014

“¿Escuchastes?”




No soy, como señala el dicho “el que todo lo sabe y si no, lo inventa”, por si acaso. 

Esta negación adquiere relevancia cuando se trata de destacados periodistas que pertenecen a medios de prensa de nivel.  La entrevista fue  esta tarde, 18.00 hrs., específicamente al analista internacional Raúl Sohr, a propósito de la serie de atentados incendiarios  en el país, presuntamente causados por anarquistas. 

Antes de precisar los errores, recalco el tenor de los panfletos que dejaron los, a mi juicio, terroristas (aunque el comentarista insiste en que no buscan sembrar el terror – tesis curiosa y contradictoria),  que critican, por ejemplo,  la afición de los niños a los juegos de video, el uso de automóviles y otros adelantos tecnológicos por parte de la sociedad.

“… al Ministro del Interior, Rodrigo Peñailillo, y también terminábamos con él; entre medio, tú escuchastes  (9 segundos) todas las reacciones…” Más adelante,  prosigue “…que hablan de el temor,…” (33 segundos),   “…dadas las últimas acciones reindicadas por grupos anarquistas…”  (47 segundos), “…la revindicación…” (9 minutos, 25 segundos), entre las más importantes. 

Las correcciones, respectivamente:


  1. Escuchaste: la terminación correspondiente a la 2ª. persona singular (tú), Pretérito Perfecto Simple (Pretérito Indefinido)  de todos los verbos es sin s: cantaste, bebiste, viviste. Por ello, no es escuchastes sino escuchaste
  2. Del: la contracción de artículo y preposición se produce en dos oportunidades: al (a+el) y del (de+el). No se efectúa cuando el nombre incluye el artículo, por ejemplo: El Mercurio, El Tabo, El Salvador. En el caso señalado, sin embargo, lo correcto es “…hablan del temor…” 
  3. Reivindicar: (Del lat. res, rei, cosa, interés, hacienda, y vindicāre, reclamar). 1. tr. Reclamar algo a lo que se cree tener derecho. 2. tr. Argumentar en favor de algo o de alguien. Reivindicó la sencillez en el arte. 3. tr. Reclamar para sí la autoría de una acción. 4. tr. Der. Reclamar o recuperar alguien lo que por razón de dominio, cuasi dominio u otro motivo le pertenece. De aquí provienen reivindicación, reivindicaciones, reivindicativas.


Quien guste, puede verificar lo señalado, ingresando a la página de ADN Radio Chile y haciendo clic en el vínculo siguiente: Raúl Sohr: Grupos que colocan artefactos explosivos son de una inmadurez y romanticismo estúpidos donde está la grabación; si bien dura 13 minutos (y quizá no quiera oírla completa), los desaciertos están consignados en paréntesis luego de cada cita.

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